La viña del abuelo.
22 Febrero 2025 San Maximiano
Murcia, sábado, sin novedad. Te cuento de otros tiempos:
12 septiembre 1984.- ¿Qué nos reservará este día? Las noticias de la mañana hablan de un gran incendio en la isla de Gomera; de que sigue la huelga de los balompédicos; de viajes de ministros, etc. Francisco Amós y Ángel madrugaron para subir al picacho. No han vuelto todavía. Creo que se llevaron el almuerzo.
Pascual Jesús sigue en posición horizontal. Miguel juega con el gato, y Lina toma su leche. Mamá, como siempre, en todas partes. Ayer bajé dos veces al pueblo: una con la moto, a ver al abuelo. Lo afeité y vi que su aspecto es saludable, que su cabeza razona y que su ánimo es un tanto apocado.
La segunda para llevar a la Yaya y a su nieta. Isa lo ha pasado bien con su primo Pascual Jesús. No sé qué tiene Pascual que atrae tanto a sus primos. Digo que Isa lo ha pasado bien con él porque no ha habido otra cosa en todo el tiempo que ha pasado con nosotros que la haya distraído.
¡Su sombra, vamos! Embobada. Los de Joaquín cuando vienen, lo mismo. ¿Qué les das, hijo, para ganártelos de esa forma?
En uno de mis viajes al pueblo estuve con la tía Salvadora. Fue por la mañana y nuestro encuentro casual. Desde que leyó lo de su padre en la revista de feria que tanto la afectara, no nos habíamos visto. ¡Hola, tía!, le dije. ¡Hola, sobrino!, me contestó. Ya sé que se enfadó, seguí.
Hablamos. Pronto estaba suave como un guante y casi invitándome a comer. “Es que lleva razón, tía, no debí escribir eso”. Claro, que mi intención era otra muy distinta. Yo solo quería hablar de unas personas, pero no en el orden que las han puesto. Todo quedó, como digo, en humo de pajas.
Hay que ser políticos. “Cuando tratamos con gente, enfrentarse esgrimiendo nuestras razones como intocables, no es político”; “chocar gritando cuando las iras lanzan rayos por los ojos, no es político. Yo aconsejaría tiempo a las discusiones el tiempo apacigua los ánimos y hasta resuelve los asuntos sin palabras en el caso de la tía salvadora lo he visto claro.
Anoche pusieron en la tele una comedia de Jardiel Poncela titulada “Cuatro corazones con freno y marcha atrás” en homenaje al actor fallecido Ismael Merlo. Mira por dónde me recordó a mi “Moviola”, cuentecillo que escribí ya hace algún tiempo para el periódico “Servicio”.
Un sabio inventa unas sales con las que el hombre no muere. Cinco personas estaban en el secreto -entre ellas Merlo- con lo que pasan del siglo viendo a los otros -hijos, nietos, amigos- envejecer y morir.
Se cansan tanto de la vida que abominan del invento y quieren ser otra vez mortales. “Los demás luchan y triunfan viendo sus metas conseguidas, sus ilusiones realizadas, sus hijos mayores”. Quieren ser otra vez como antes, como todos, y se rebelan contra el invento que los condenó a vivir por toda una eternidad.
Como había que darle solución, don Enrique la encuentra en otro menjurje que inventa el médico para ir perdiendo años y volver a la nada entretenida con las situaciones que se presentan a lo largo del guión. Merlo, como siempre, natural y expresivo actor sin esfuerzo. ¿Será verdad que la vida sería un fastidio si no acabará? Es que está tan delicadamente bien hecha ya, está en la muerte hay perfección. ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos que morir? Lucharíamos por conseguir o terminar algo o caeríamos en el más aburrido de los hastíos. Para mí que detener la marcha del tiempo a gusto del consumidor sería lo mejor. Controlar nuestro tiempo a voluntad, como un cronómetro: aquí me detengo y aquí paso rápido.
Entre los libros que había en casa, prefiero con mucho un Quijote que me traje al chale hace algún tiempo. Es uno de los 100.000 ejemplares que lanzó la editorial Sopena de Barcelona en su cuarta edición especial para conmemorar el tercer centenario de la muerte de Cervantes.
Quiere esto decir que el libro es de 1916. La importancia para mí de este Quijote la tiene el hecho afectivo de recordar cuando éramos pequeños leer al abuelo sus capítulos junto al fuego en las noches de invierno. Tenemos otros quijotes pero ninguno me recuerda como este al abuelo reír de las ocurrencias del ilustre manchego y de Sancho.
En casa no hubo más Quijote que este, del cual me son familiares los dibujos, su tipo de letra y su tamaño. Y es que las cosas que vemos de pequeños se nos graban para siempre de una forma especial. Ahora ojeo el libro y me parece todo él parte de mí mismo, hasta más interesante y más ameno que los otros. Me transporta su lectura a aquellas noches alrededor de la mesa camilla con el brazo de luz y el padre entre nosotros leyendo.
¿Cómo no voy a preferir si es que con él aparte de sus historias vuelvo a la niñez? ¡Cómo me agradaría que al paso de los años este libro se conservase y pasara a casa de uno de mis hijos; que se guardara entre sus cosas las que fueron para mí de tanto aprecio y cariño!
Francisco Tomás Ortuño
13 septiembre 1984.- La viña del abuelo no es una viña más. Ayer fuimos Miguel y yo a verla. Estaba sucia y llena de salicornios. Menos mal que el abuelo no puede verla. Lloraría sin duda. A nosotros, sus hijos, la viña nos resulta familiar, a él más todavía.
A mí me dio pena dejarla así con barro seco de lluvias, hierbas entre las cepas. El abuelo no se hubiera vuelto sin limpiarla. Esa es la diferencia entre él y nosotros para con la viña o es la diferencia entre 2 generaciones simplemente. Yo veo otras viñas y me dejan indiferente, pero esta viña, nuestra viña, es otra cosa.
Desde siempre la hemos conocido con su higuera en el centro, que se arrancó, y sus cepas de uva de aljamía, de uva blanca, y de uva de aleo, con el rincón al fondo y unos hilos antes de llegar, es parte de la casa, como los muebles.
Recuerdo que el abuelo nos llevaba a la Penosa de pequeños por la vía -3 km - muy temprano. Por el Arsenal cogíamos el camino largo de curvas y rectas que tan bién llegamos a conocer los postes de hierro que marcaban los kilómetros junto al camino. La Molineta casi al final.
La casa, a la izquierda, con el horno, el pozo, la era con el trillo y por fin la viña. También íbamos en carro -el carro del tío Paco- y en bicicleta, bajando en las cunetas que había de trecho en trecho para que el agua de lluvia discurriera.
Nuestra viña no puede ser una más. Para el abuelo menos todavía. Ël ha trabajado mucho en ella mirándola siempre con cariño. No puede ser lo mismo. Si él pudiera, la viña no estaría como está, con barro y salicornios.
Francisco Tomás Ortuño.
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