Sexto de piano, suspenso.

12 Agosto 2025 San Aniceto Año: 224 – 141  Sol; 7´23 a 21´16  Luna: 22´56 a 11´59


   Santana, martes, sin novedad en casa. Ayer merendaron con nosotros, en la terraza, unos    amigos de Lina que vinieron de Murcia: Eva, David y su hijo Pablo.  Te cuento de atrás:      

 

     9 de septiembre 1984: buen día para estar aquí, precioso día, espléndido. Bajamos al pueblo y volvimos pronto a comernos los suculentos gazpachos con caracoles. Ahora, en la siesta, cada cual se ocupa en lo que quiere: la yaya Isabel lee en la terraza, Francisco Amós y Ángel arman el columpio, Pascual Jesús ve la tele, Miguel y Reina juegan al ping pong, mamá en todas partes, y yo en un rincón de la casa escribiendo estas hojas.

   El padre está como alelado. Su estado no me gusta nada. Dicen que Amós ha discutido con él. No me lo creo. Amós está, como todos estamos, disgustado de ver al padre así. Se abrazaba al padre y le daba, si pudiera, vida de la suya. Nuestra desazón es por la impotencia de no poder verlo resurgir con nuevos bríos y nuevas ilusiones.

 

   Ayer, por fin, llegó Pascual Jesús de Murcia, y trajo la papeleta de Música de Francisco Amós. “No llamé porque estaba suspenso”, dijo. Quedamos aturdidos. Él lo esperaba: “Me puse nervioso y me equivoqué varias veces”.

   -“Sería lo mejor”, le dije. “Que te sirva de lección en el futuro”.

   Creo que es el primer Suspenso de su historia. “Que te sirva para pensar que la vida no es un juego y que hay que trabajar fuerte”, le dije. “Que no se preocupara, que no era ni el primero ni el último en suspender, pero que tampoco era para bailar de contento”.

 

   La fiesta de las Marías resultó bien: bebidas y pastas casa de Valero, música y comedias. Juan quería ser gracioso y casi lo consigue. Juan me hizo pensar de nuevo que cada cosa en su tiempo y uvas…

   Cuando estuve en Elche de la Sierra de maestro, yo contaba 25 años. Mi amigo y compañero - más compañeros que amigo entonces- don José Rodríguez tenía 48. Don José me llevaba a su casa de campo con buena piscina, donde merendábamos y nos bañábamos.

   Para mí don José era un viejo. Así de claro. Lo recuerdo perfectamente. Yo no comprendía que a su edad pensara en bodas y en noviazgos. A los 20 años se ven así las cosas.

   Cuando fui al Colegio de “San Francisco” había entre nosotros un compañero mayor. Era Ángel Ripoll. Cuando los demás teníamos 10 años, él tenía 27. No quieras saber cómo se ven a los 10 años los 27 que tenía Ángel. Era el abuelo del curso.  Nos costaba trabajo hablarle de tú. Y es que la diferencia nos parecía abismal.

   Esto que me viene a la memoria es por lo de ayer. Juan quería hacer gracias a los niños pequeños y no podía. El fallo estaba en que Juan se veía como ellos y eso no era posible. Lección que hay que aprender para ir por la vida: no olvidar que cada uno tiene sus años y que los niños nos ven muy mayores y podemos fácilmente hacer el ridículo. Cada cosa en su tiempo.

                                                                                                

Francisco Tomás Ortuño

 

 

   10 septiembre 1984: lunes. Temprano vino Roque con su hija, que se quedó con su yaya y con sus primos.  Mamá, Lina, Francisco Amós, Pascual Jesús y yo fuimos a Murcia. A Lina le compramos el libro de Música que llevará este Curso.

   Francisco Amós va al oculista y le manda llevar gafas. Mamá busca trabajo y no lo encuentra. Pascual Jesús va a entrenar. Et moi? Yo voy al Colegio, atiendo a algunos padres que me buscan, ojeo la prensa y volvemos ya de noche.

 

   No es posible que una máquina piense o sienta, por muy sofisticada que esa. Nunca un ordenador, un robot, dirá “¡ay!” si se le pisa, o se reirá con un chiste. Hay quien dice que el hombre es una máquina, pero eso no es cierto. 

   El hombre piensa, siente y ama, cosas que escapan a los más perfectos aparatos construidos por el hombre. Hay ese algo que los diferencia y los distingue, que nunca podrá ser inventado o construido; los pensamientos, los sentimientos…

 

   Ese algo que falta en toda máquina y que faltará siempre: lo espiritual.  Una computadora calcula al segundo cuántas son 18x95; pero necesita que antes se haya operado en ella, que se haya programado, que el hombre haya dispuesto así su complicado mecanismo. Es un efecto de la disposición previa de unas piezas.

   La radio, la televisión, el video, maravillas de la luz, de la electricidad, de las ondas magnéticas, de la física y de la química. Pero no pasa de ahí. El hombre es todo eso y algo más, algo específico. ¿Cómo podría una máquina juzgar como yo los pensamientos y los sentimientos de los otros?

   Me distrae introducirme en las demás personas y conocer su vida espiritual y sentimental. “¿Qué piensa?”” ¿Qué siente?”. Y esto no cabe en una máquina.

 

   María Dolores Avizanda le ha regalado a Lina un libro precioso por lo del santo: “Antonio Machado y los niños”. Creo que con este libro se descubre a Machado en nuestra casa. Me refiero a mis hijos. Sé que todos lo leerán y desde hoy les será familiar la figura y la obra del gran poeta sevillano.

   No es que Machado estuviera ausente en nuestra biblioteca; lo tenemos en varias colecciones y en diversos textos de literatura. Pero ocurre que los libros que están ahí se convierten un poco en mobiliario, como las sillas y las mesas.

   A fuerza de verse no se repara en ellos. Hace falta que nos llegue un libro nuevo -como una luz en la oscuridad- para que lo veamos como distinto. Esto puede haber ocurrido con “Machado y los niños“ de María Dolores. Por esto yo se lo agradezco infinito.

   Regalar un libro puede tener esa virtud:  aunque antes tuviéramos otros que hablaran de lo mismo. Comprar un libro igual. Si compro un libro me siento, momentáneamente al menos, obligado a leerlo.

    Si te dan, supongamos, una biblioteca repleta de volúmenes, lo más fácil es que no los leas. Si te dan uno o lo adquieres en la librería, lo más seguro es que te encierres a leerlo. Gracias otra vez, María Dolores, por habernos traído a casa a tan ilustre huésped

                                                                                                    

Francisco Tomás Ortuño

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