Guerra silenciosa.
28 octubre 2025 San Simón Cananeo y San Judas Tadeo
Murcia, martes y sin novedad familiar gracias a Dios y a la corte celestial que le ayuda. Te cuento cosas que ocurrieron hace ya muchos años:
15 de diciembre 1977.- Estamos en los días más cortos del año. Son las 8:00 h de la mañana y es casi de noche. Nadie se mueve en la casa. Fuera, a juzgar por la ausencia de ruidos, tampoco. La gente descansa.
¿Cómo es posible que esta misma gente salga luego con gritos, en algaradas callejeras? Ayer en Murcia vimos por la plaza de Santo Domingo una manifestación. Un centenar de estudiantes estaban reunidos. Cerca había policías con escudos protectores y cascos. Una guerra silenciosa.
-¿Qué pasa?, dijimos a un joven.
-Solidaridad con el estudiante muerto ayer en Tenerife, contestó.
Y es que en Tenerife las fuerzas del orden dispararon en otra manifestación de estudiantes y murió uno de ellos.
Mal deben pasarlo los guardias, jóvenes también, en una guerra absurda disparando a sus propios paisanos. Creo que estos policías saldrán de su casa rezando porque no haya disturbios. Dirán a gritos: “Insensatos, que no queremos enfrentamientos!
¡Que sentimos llegar a las manos, y menos a las armas! ¡Que somos personas como vosotros, que es absurdo que tengamos que llegar a disparar! Los policías dejarán sus casas pidiendo a Dios que no ocurra nada y que puedan volver con la mujer y los hijos por la noche.
Vida azarosa y cruel la de estos hombres jóvenes que no quieren pegar ni que les hagan daño. Que solo quieren la paz, el orden y el bien de sus ciudadanos.
Me los imaginaba ayer tras los cascos que cubrían su cabeza, tras los escudos que tapaban su cuerpo, suplicando que nadie gritara, que nadie se alterara, que el grupo de estudiantes se esfumara pacíficamente. Me los imaginaba contentos, de vuelta a casa, con el deber cumplido, sin haber usado gases ni cachiporras, besando a sus hijos y a su mujer como héroes.
Pero pensaba que mañana saldrían otra vez de casa con la zozobra de quien tiene el peligro en la misma puerta, en la plaza próxima, en la esquina. Malos momentos para estos hombres que viven en tensión, con el miedo de no volver con los suyos en cada despedida.
Francisco Tomás Ortuño
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