Guerras absurdas.

  1 noviembre 2.025 Todos los Santos

     Murcia, sábado. fiesta y sin novedad en casa, gracias a Dios, que otras están de juicios por la Política, por las Danas, por Okupas, por no atender Mamografías solicitadas, etc., etc.  Te cuento de otros años:

 

   15 de diciembre 1.977.- Estamos en los días más cortos del año. Son las ocho de la mañana y es casi de noche. Nadie se mueve en la casa. Fuera, a juzgar por la ausencia de ruidos, tampoco. La gente descansa.

   ¿Cómo es posible que esta misma gente salga luego con gritos en algaradas callejeras? Ayer en Murcia vimos por la plaza de Santo Domingo una manifestación. Un centenar de estudiantes estaban reunidos.  Cerca había policías con escudos protectores.

   -¿Qué pasa?, dijimos a un joven.

   -Solidaridad con el estudiante muerto ayer en Tenerife, nos dijo.

   Y es que en Tenerife las fuerzas del orden dispararon en otra manifestación de estudiantes y murió uno de ellos.

   Mal deben pasarlo los guardias, jóvenes también, con familia, en una guerra absurda,

disparando a sus propios paisanos. Creo que estos policías saldrán de casa rezando porque no haya disturbios.

   Dirán a gritos: “Insensatos, que no queremos enfrentamientos. que sentimos llegar a las manos y menos a las armas, que somos personas como vosotros, que es absurdo y monstruoso que tengamos que disparar!

   Creo que los policías dejarán sus casas pidiendo a Dios que no ocurra nada y que puedan volver con la mujer y los hijos por la noche. Vida azarosa y cruel la de estos hombres que solo quieren la paz, el orden y el bien de sus ciudadanos.

   Me los imaginaba ayer tras los cascos que cubrían su cabeza tras los escudos que tapaban su cuerpo, suplicando que nadie gritara, que nadie se alterara, que el grupo de estudiantes se fuera pacíficamente.

   Me los imaginaba contentos, de vuelta a casa con el deber cumplido. sin haber usado gases ni cachiporras, besando a sus hijos y a su mujer como héroes.

   Pero pensaba que mañana saldrían otra vez de casa con la zozobra de quien tiene el peligro en la misma puerta, en la plaza próxima, en la esquina.

   Malos momentos para estos hombres que viven en tensión, con el miedo de no volver con los suyos en cada despedida.

                                                                                                      

Francisco Tomás Ortuño.


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