Amigas.

27 Enero 2025

   Murcia, lunes, las ocho y media y sin novedad. Te cuento de mi Diario:

   27 de agosto 1980.- Lluvia a la vista. Llevamos varios días con el cielo cubierto, pero no lluevese  Ayer por la tarde unas gotas con mucho aparato eléctrico. Hoy parece que habrá truenos otra vez. Si viene el agua a,quí la esperamos .

   Miguel ha tenido un grano feo en la mano izquierda, pero se ha evaporado él solito. Así que la visita a don Francisco Aensio no tiene ya objeto. Lo del grano de Miguel es aleccionador. Ya he dicho repetidas veces que el cuerpo obra por sí.

   Tiene sus defensas y sin que nosotros nos enterremos libra sus batallas contra males que aparecen, La fiebre detecta que algo no va como debiera, que algo en nosotros no funciona bien. Pero ocurre con frecuencia que incluso la fiebre nos pasa inadvertida.

   Es el cuerpo con sus defensas que lucha contra el mal, que produce la fiebre. Nosotros seguimos mejor, creemos que hemos dormido mal, que algo nos ha hecho daño, y no reparamos en que se ha librado una gran guerra dentro, en que nuestras defensas vigilan nuestra salud.

   En el caso de Miguel, un grano alarmante porque está fuera y se ve, nos ponemos en guardia, queremos ir al médico. Y luego resulta que él solito se cura. Sí, es ejemplar el caso. No debemos correr con nuestros pequeños males. Creo que el mejor remedio es dejar a nuestro cuerpo que entre en liza.

   Si el mal se sale de sus cauces normales, o dura mucho; si se ve que es necesario ayuda, entonces acudiremos a los médicos. ¡Cuántos casos podrían curarse sin potingues, inyecciones o pastillas! Eso lo sabrán mejor que nadie los propios médicos.

                                                                                                               Francisco Tomás Ortuño

   27 de agosto 1980.- He leído unas cartas mías devueltas, escritas en el año sesenta y cuatro.  Iban dirigidas a Fina Garrido Palazón, de Archena. Por las fechas he buscado con avidez las de abril. Cuento mi estado depresivo que siguiera a la muerte de Emilia. Hubiera roto las cartas, pero hubiera roto con ellas parte de mi vida sentimental, algo más que unas cartas.

   Las cartas que escribía a Fina dicen quién era yo entonces a mis treinta años, cómo pensaba, lo que ocurrió en la familia y la enfermedad nerviosa que me sobrevino. En las cartas que escribía a Fina, coincidiendo con estas fechas, vuelco mis emociones.

   Yo escribía a Fina y transmitía en mis cartas la fuerza y las ilusiones de mis 30 años. Hubiera podido escribir las mismas cosas a otra persona, mi amor brotaba como algo natural, como una exigencia de mi persona.

   Y ese amor necesitaba un blanco a dónde dirigirse, en quien volcarse. A Fina me la presentaron en Ricote. Luego le escribí. Después la visité. Más tarde, las cartas sustituyeron a los encuentros. Como Fina hubiera podido ser otra chica. No enciende la pasión esa mujer sino la edad.

   Creemos entonces, engañados, que solo ella era la mujer de nuestro destino. De mis recuerdos desfilan como Fina Garrido de Archena, Carmen Beltrán de Zaragoza, Emilia Lora de Sevilla, Pura Navarro de Abarán, Aurora Maicas de Teruel y otras. Creo sinceramente que el amor es fruto necesario de la Juventud.

                                                                                                                 Francisco Tomás Ortuño

   28 agosto 1980.-  Esta mañana fuimos a Murcia el padre y yo. El viaje ha sido francamente bueno. La oculista le ha recetado unos cuántos medicamentos para aclarar la vista. Yo pensaba en la consulta que estar ciego es prescindir del Sol, renunciar a los colores, otra forma de vivir.

   Debe ser duro al principio, luego, quizás, encerrarse en uno a mirar por dentro, a vivir intensamente la vida interior. Se pierden valores bellos, pero se ganan facetas hermosas de nuestro ser. Al invidente le queda el consuelo de que Dios lo ha querido así, un consuelo grande para el que sienta a Dios en su vida.

                                                                                                                 Francisco Tomás Ortuño .

  

    SONRÍA, POR FAVOR:

   Llevaban 60 años de casados. No habían tenido hijos. Se habían conocido con 25 años cada uno. Se conservaban muy bien, gracias al cuidado que habían llevado con la comida. Sin embargo, tuvieron un accidente y fueron directamente al cielo.

   En la puerta les esperaba San Pedro, que les recibió muy bien. Vieron una hermosa mansión con todas las comodidades y un magnífico campo de golf afuera. Les llamó especialmente la atención la cocina y la despensa en las que había de todo: mariscos, variedad de carnes, dulces…

   -Esto es vuestro nuevo hogar, vuestro premio en el cielo, dijo San Pedro.

   - Pero ¿dónde están los alimentos bajos en calorías y grasas, los descafeinados y los edulcorantes? preguntó ella,

   -En el cielo se puede comer de todo sin engordar o enfermar sin necesidad de hacer ejercicios, insistió San Pedro.

   - ¿Y los controles médicos?

   -Estamos en el cielo, concluyó San Pedro.

   -Entonces él reclamó a ella: ya ves, sin la dieta y los ejercicios podríamos haber estado aquí hace días 10 años sin dejar de comer jamón ibérico.

                                                                                                          Francisco Tomás Ortuño

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