El expolio de la bodega.

 28 Abril 2025   118 – 247  San Toribio

   PIENSA: Nuestras mentiras nos arrastran más que ninguna verdad.

   Murcia, lunes, sin novedad en casa. Te cuento de atrás:

   27 julio 1985.- Sábado de calor asfixiante, día de piscina o de playa. En Murcia, donde no se podrá vivir ni escondidos a la sombra, hoy estarán a tope las escapadas a los chalés por el calor, por el fin de semana o por el cambio de mes. Nosotros nos quedamos aquí, que esto no lo cambiamos por nada.

   La procesión de ayer en Santana me recordó a las que se hacían antes implorando la lluvia. Con motivo de la festividad, subimos por la tarde a oír misa. Subieron con nosotros Fina y Mari, la abuelita.

   Subió mucha gente. Después de la misa se paseó a la Abuela por el monte en procesión “La hierba no nace y los borreguitos se mueren de hambre”. Los frailes son así, como la procesión y las rogativas: poco complicados.

   “Abuela Santa Ana nuestra, esposa de San Joaquín, mándanos el agua pronto, que la esperamos aquí”.

    

   LA BODEGA:

   En la casa de los padres se han quedado José y Julián desarmando los toneles, para llevárselos. La historia de la bodega se rompe a pedazos. Yo los he dejado solos por no presenciar el expolio, o si se quiere el final de un gigante.

   Menos mal que el padre no vive para verlo. La bodega tuvo su época floreciente con el abuelo José María y después con el padre; luego se apagó relegada por las cooperativas del extrarradio. Hoy la bodega no puede levantar cabeza: su desplome es inevitable.

   Los toneleros hoy -José y Julián- como desalmados sepultureros, los descuartizan sin ningún miramiento. Si las cosas tienen alma, hoy en la bodega habrá revuelo de espíritus atormentados y tristes.

   La tumba en que se había convertido la bodega desde años se profana con ruidos y golpes de muerte. Yo no he querido verlo. Los finales son tristes y a veces hasta trágicos, como en el caso de nuestra querida bodega.

   PETRA:

   Con nosotros ha subido Petra al chalé. Pascuala y Petra preparan la comida en la cocina. Petra es una mujer buena, que sabe estar con los amigos. Es inteligente, ¿qué duda cabe? Les une a las dos amigas una estrecha amistad.

   Yo creo que tienen almas gemelas. Parecen hechas con el mismo patrón. Son las dos devotas, sencillas, trabajadoras… ¡Qué lástima que no fuera el suyo el único modelo para todas las féminas del orbe!

   Estas personas son así por naturaleza. En el Mundo hay muchas clases de personas, pero en un acrobático esfuerzo de síntesis, podemos reducirlas a dos: personas como Petra y Pascuala y las que no son así.

   En el grupo primero, indudablemente menos numeroso de lo que se piensa, no hay mal, ni guerra, ni cuidados en la tierra; el otro bando, mayor, sin duda. y más ruidoso, por decirlo de alguna forma, es el de la cizaña de la parábola. Gracias mil a las dos amigas por hacerme ver esta realidad.

   JULIA:

   Julia “la del lorito” con sus 98 años me ha reconocido. Tiene su vista buena y sus piernas lo mismo, dentro de lo que cabe. Su memoria es fantástica: “Tu madre quería mucho a tu mujer”, me ha dicho en un alarde de desafío al tiempo ido.

   Pobre Julia, su hora se perdió en la historia de los relojes, se aferra a la vida con ilusión y con miedo. Porque Julia no puede vivir. “El joven puede morir, pero el viejo no puede vivir”, decía la yaya Lina. Y es así. Julia ya ha llegado al final. Hoy, mañana, quién sabe si el mes que viene, tendrá que dejarnos para siempre.

   Hará unos 40 años que Julia tenía un lorito. “Lorito real, ¿con qué te pega el maestro?, le preguntábamos los zagales. Y el loro contestaba: “Con la correa, con la correa”. ¿Y tú qué haces? seguíamos nosotros: ¡Ay, ay, ay!, respondía. Por los corrales le oíamos parlotear a todas horas: “Julia, Julia”.

   Tenía un pico recio, fuerte, que a nosotros nos daba miedo. “No os acerquéis a él”, nos decían; que de un picotazo te arranca un dedo. Y nosotros le huíamos como al mismo demonio.

   Pero, por el corral, desde la terraza, nos gustaba escucharlo. No le he preguntado a Julia por el loro. Seguro que le hubiera gustado recordarlo y contarme historias suyas. Adiós, Julia, hasta siempre.

                                                                                 Francisco Tomás Ortuño.

 

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