El lolo Amós.

20 Enero 2025

   Murcia, lunes, temprano y sin novedad. Te contaré de atrás, de los tiempos pasados:

   6 de agosto 1980.- Los padres llevan unos días con nosotros en el chalé. No pensábamos que la yaya pudiera permanecer aquí tantos días, y menos que durmiera cómo lo hace, sin resistirse.

   Cinco noches seguidas es un récord, ¿Es que estará peor y ya no sabe resistirse? Creo que no, pues ella duerme mucho por la noche, come bien, toma sus gotas y sus pastillas con regularidad, todo ello puede influir en su estado. sería un milagro que volviera a mirar como antes.

   De frente, a los ojos, que volviera a reír, que volviera a hablar y a recordar. Algunas veces la miro y pienso que puede llegar el milagro; otras creo que no es posible. Un ligero destello de su risa, una palabra acorde, un nombre acertado, me hacen forjarme ilusiones.  

   Pero luego veo que vuelve a su mundo de sombras. Si, contaré como es su vida hoy con el fin de comparar más tarde. Lo escribo a conciencia ahora que la veo y que la observo a cada momento del día y de la noche:

   Se acuesta a las 9; no ofrece ya ninguna resistencia. Hasta pensamos que le agrada dormir aquí. Duerme profundamente de un tirón sin despertarse hasta las 8 del día siguiente. Se asea con ayuda del padre o de Pascuala y va a tomar el desayuno.

   Una taza grande de leche y, dos magdalenas. Le ayudó a tomarse la leche con sus magdalenas. Lo hace sin rechistar, con apetito, con ganas. Luego pasa la mañana tranquila sentada en el comedor.  Entra a la cocina o va al aseo.

   Es cuando mejor se encuentra. Sus ojos se fijan más, sus palabras son más seguras, su estado general más sereno. La comida la hace sobre la 1:30 h. Come abundante, pero con alguna resistencia. Pronto dice: Ya no más.

   A fuerza de palabras y de insistir completa su comida. La siesta es fatal: o no se acuesta o se levanta pronto, intranquila va y viene, sube y baja, entra y sale. No para. Está nerviosa, los ojos inexpresivos. Luego, cansada, se aquieta. Cena bien a las ocho. Viene después su vaso de leche. Y después, ella sola pide que la acuesten.

                                                                                                                   Francisco Tomás Ortuño 

   7 agosto 1980,  Hoy hace 2 años que el monte de Santa Ana se quemó. Una mancha parda y amarilla nos recuerda el siniestro. La radio por estas fechas nos da noticias de incendios similares por toda España.

   La madre nos absorbe el seso. Todos hablamos de ella, todos preguntamos cómo está. Si está mejor, si está tranquila. La madre nos preocupa y nos ocupa. Todos pendientes de sus cosas. De su cabeza, de si dice más o menos, de si ríe, de si ve, de si oye.

   Y esta obstinada preocupación nos aleja la atención del padre con estar siempre a su lado. Creo que es justo que hablemos hoy del padre. La madre no piensa, el padre sí. Tiene mucho tiempo para pensar y estoy seguro de que lo hace.

   Hoy está mejor de su vista. Parece que vuelve a ver, pero ha pasado 10 días con sus ojos sin luz. Casi 80 años, casi ciego, con la madre al lado sin la compañía que podría proporcionarle en otras circunstancias, siquiera fuera escuchándole leer,  el padre necesita más atención.

   Es una persona que ha luchado, que ha sufrido, que ha ganado unas veces y que ha perdido otras. ¿Cómo vive el padre hoy? ¿qué hace?  Se acuesta sobre las 10:00 h. Duerme de un tirón hasta las ocho. Desayuna, pasa la mañana sentado por el comedor, come bien.

  La siesta es ligera, la madre apenas lo deja descansar. Tarde larga en la terraza. Cena sobre las 8:00 h Tertulia y a dormir.  Creo que es poco hacer. Fuera de la vista el padre está perfectamente bien. Iría a la Pinosa a vendimiar o a quitar salicornios como otras veces ha hecho.

   Pero la tensión como espada de Damocles lo tiene amedrentado Las subidas de tensión, los derrames a la vista y la ceguera consiguiente, se repiten y él sabe que debe llevar cuidado. ¿Qué piensa el padre? Para mí que no quiere pensar.

   Se  limita a reparar en que va mejor. Tiene obsesión por la enfermedad, miedo a la vejez, terror a la muerte.  Quiere creer pero le falta fe. Con fe sería otro. Sin ella siente pánico. El miedo a morir no le deja vivir tranquilo.

                                                                                                                 Francisco Tomás Ortuño

   ¡SABÍAS QUE…

   el cerebro trabaja más cuando mentimos?

   La Escuela de Medicina de la Universidad de Pensilvania descubrió zonas del cerebro que se iluminan al mentir.

   Los especialistas aseguran que al mentir aumentan la presión arterial, la frecuencia cardíaca y respiratoria y aumentan la sudoración.

   Los pies y las piernas son las partes del cuerpo más sinceras. A continuación, se encuentran el torso y la gesticulación, difíciles de controlar cuando se miente.

   Sin embargo, el movimiento de las manos y la expresión facial son más fáciles de dominar de manera voluntaria.

   La voz sufre también cambios sin que podamos evitarlo.

   El cerebro de quienes recurren a la mentira a menudo es diferente del de  las personas sinceras.          Un estudio de la Universidad de California encontró que los mentirosos compulsivos tienen más sustancia blanca que gris en el lóbulo frontal del cerebro.

                                                                                                               Francisco Tomás Ortuño 

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