Hágase tu voluntad.
Murcia, martes, temprano y sin novedad. Te contaré de aquellos años lo que pensaba:
8 de agosto 1980.- Amanece un día nuevo en la historia sin fin de los siglos. El sol baña de nuevo nuestro mundo. El día promete ser de calor, como los que vamos teniendo. La gente llenará las playas, dejará sus pisos, hará kilómetros en coche.
Es día de fuga, de escapar y de llegar, de buscar un sitio fresco, de respirar montaña o de bañarse en el mar. La gente busca huir. Su mayor alivio es escapar, sin darse cuenta de que escapar es un sueño. Algo que no tiene sentido, que no tiene realidad.
Cuando se escapa se tiene la impresión de que vamos a otra parte, y no es así. La tierra es tan pequeña que no ofrece rincones donde huir. Todo es la misma cosa. Huir es el sueño de los que no se encuentran a gusto donde están.
Se huye de las cosas y de uno mismo, pero las cosas siguen ahí y nosotros vamos siempre con nosotros. No se puede huir. Lo mejor es quedarse uno donde está. Las personas nacen en un lugar y en un tiempo. Ese lugar y ese momento les marca para toda la vida.
Es la fuerza de su sino, el horóscopo de su historia, el destino que le lleva de la mano. Querer soltarse de sí mismo, dejar de ser, escapar o huir en locura. Juega sobre nosotros una fuerza firme, segura, que nos lleva a orar y hacer. Por eso repito con delectación las palabras del Padrenuestro:
“Hágase tu voluntad”. Ese adjetivo posesivo encierra un misterio. Ese “tu” va dirigido a Dios, al destino, al fatum, al segundo irrepetible de nuestro nacimiento, al mentor de nuestros pasos. Ese “tú” es la misteriosa fuerza que vive por encima de nosotros y que nos lleva a hacer o a no hacer, a hablar o a recibir, a conseguir o a renunciar aceptando con agrado no con resignación.
Esa voluntad que nos dirige, recibimos de buen grado los acontecimientos de la vida. Y la sorpresa tiene su encanto.
Antes rozaba un punto que creo que debe ampliarse. Ese “Hágase tu voluntad” encierra su filosofía, o si quieres, toda una forma de entender la vida. Yo quisiera que mis hijos se empaparan, se llenarán de ese modo de sentir, para ser felices.
Hay personas que navegan a la deriva, sin rumbo, sin meta, sin sentido, sin ilusión. A estas personas les falta quizás solo llenarse de este modo de concebir su existencia. Dejar hacer la voluntad, dejar llevarse por la voluntad, del hágase lo que tú quieras.
Aceptar con gusto esa voluntad. Si, en la vida diaria, en nuestros actos, nos sentimos llevados por esa voluntad que dirige nuestra vida, y nuestros más pequeños movimientos y deseos habremos comprendido la filosofía profunda del hágase tu voluntad.
No es pesimista, no es fatalista, yo no quiero decir que debemos resignarnos a vivir la vida que nos llega misteriosa, no aceptar la voluntad de vivir cada día nuestra vida el momento y sentir a nuestro lado la mano firme y amiga de un ser superior, es reconocer que a pesar de creer que hacíamos lo mejor, estábamos equivocados.
Es aferrarse con amor a la voluntad y querer sus mandatos, sus decisiones, sus cachetes o sus premios. Es hacerse niño y dejarse llevar de la mano por el padre. La filosofía honda y trascendente del ”hágase tu voluntad” es una forma de vivir seguros, sin miedos.
Es sentirse acompañados por el más sabio y mejor amigo que pueda imaginarse. Es tener a nuestro lado siempre a quien todo lo sabe. Es vivir confiado y tranquilo, sin tensiones ni miedos, sin resentimientos ni envidias. Es aceptar como sabia la decisión de la voluntad que nos gobierna. Es hasta jugar a conocer nuestras limitaciones, comprobando si acertamos o no con nuestros propósitos. Es vivir sereno siempre. La filosofía del hágase tu voluntad es, si quieres, creer en Dios.
Ayer estuvo por la tarde José María. Vino con su mujer y con dos pequeños, José Mari Y Juan Francisco. La visita se repite ya varios días. Ellos lo pasan bien, ven a los padres y nosotros los echamos de menos si no vienen.
Luego, sobre las once, la mamá cantaba con diez o doce niños de la colonia, en la puerta de la cocina. Yo veía un capítulo de Cañas y Barro, de Blasco Ibáñez, en la tele. De pronto, oí un estrépito fuera. como de gritos, como de risas, como de miedo.
Pensé que se trataba de alguna salamanquesa o algo por el estilo; pero siendo poco corriente el griterío de los niños me asomé, Enfrente, conforme se viene de los pinos chiquitajos, había dos fantasmones de pie, quietos, que eran los que producían el susto y los gritos de los reunidos.
Eran como dos hombres de la prehistoria bien caracterizados con una alfombra rodeando su cuerpo por la cintura, una careta de plástico con agujeros en la cabeza y un embudo grande en la parte superior haciendo de sombrero.
Una broma de los vecinos Juan y Fulgencio que todo quedó en risas. Después se entretuvieron en hacer con palos sendos monigotes como si fueran fantasmas. Francisco Amós y Mari Carmen fueron los encargados de llevar hasta la casa de Valero estos palos largos con cabezas.
Las vecinas tomaban el fresco fuera, debajo de los arcos. El susto fue esta vez para ellas que celebraron con risas, con gritos, también la broma. Pascuala y yo estuvimos después a tomar una Copa con ellos. Se nos hizo bastante tarde.
Juan me enseñó su coche recién comprado. En fin, un día sin historia que pasó a la misma felizmente. Ahora oigo a Lina, a Pascual Jesús, a las dos hijas de Roque, a Ángel Inocencio, que se bañan en la piscina de goma. Es para ellos una gran fiesta.
En mi cabeza aparece por primera vez la idea de construir una piscina de verdad al lado de la cochera.
Francisco Tomás Ortuño
UNA CASITA EN EL CAMPO:
El tío Tom era un buen hombre. Su sueño era tener una casita en el campo, cómoda y acogedora. Visitó varios lugares y, por fin, eligió uno para ver plasmado su sueño.
Empezó a levantar la casa con muchas ganas. Tenía tanta prisa por acabar su trabajo que no tuvo paciencia para cavar lo suficientemente profundo hasta llegar a la roca.
Todo lo que quería era disfrutar cuanto antes de la comodidad de su hogar. Por fin su sueño se hizo realidad. Construyó una casita muy bonita, un pequeño palacio donde vivir. Estaba orgulloso de su trabajo y era objeto de admiración y envidia del vecindario.
Un buen día estalló una terrible tormenta. Dentro de la casa se sentía seguro. Era la mejor en kilómetros a la redonda. Cerró las ventanas, atrancó bien puertas y ventanas y se quedó plácidamente dentro esperando a que pasara el huracán.
Pero la tempestad derrumbó la casa y quedó se preguntaban por qué era la única que se había derrumbado. ¿No era la mejor de todas?
Francisco Tomás Ortuño
Comentarios
Publicar un comentario