Desde que dejé el colegio llevo barba.
10 Febrero 2025 : Santa Escolástica. PIENSA: No es lo que tienes, sino cómo usas lo que tienes, lo que marca la diferencia.
Murcia, lunes, las nueve y sin novedad. Os cuento del pasado:
19 agosto 1984.- Domingo, día de resaca para muchos, por la fiesta del vino y el desmadre de ayer. La calle del Calvario se vio más concurrida que en jamás de los jamases. La locura. Resulta que el desfile empieza allí: desde la calle de las Cruces a la Avenida de Murcia.
Como quien dice toda la calle a rebosar de gente joven, ataviada con refajos y trajes camperos, de tractores adornados con uvas de la tierra, de mayores en las puertas sentados en espera del desfile, de movimiento, risas y ofrecimiento de botas, porrones y vasos de vino.
Todo un cuadro romano en honor al dios Baco. Una bacanal, un estampido cala carroza. Y hubo más de sesenta. Era un mundo de juventud, un trabajo aparte, días de preparar su obra. Diez, veinte, treinta jóvenes ataviados con bellos trajes, banda de música.
Vino a rebosar en toneles o cubas, embutidos y pan para ofrecer, saltos, cantos, bailes, risas y un dar constante a cuántos miraban o pasaban cerca. Por eso digo que hoy es día de resaca para muchos. La fiesta de ayer es grandiosa, alegre, fenomenal, Atrae a mucha gente de fuera y es para recordarse.
Pero tiene su parte negativa o peligrosa: las borracheras que se derivan de ella con sus consecuencias. Insisto en la necesidad de que se vigile mucho, que se controle por mayores y autoridades la bebida, que haya servicios médicos para atender posibles casos de mareos, lipotimias o caídas desafortunadas.
Los padres de Cervantes han estado aquí. Su hijo pasa unos días con nosotros. Vino de Murcia con Francisco Amós. Veo prisa en ellos. Llegan y quieren irse: José María padece de la misma enfermedad. Amós, lo mismo. No reposan. Van de un lado para otro constantemente.
Apenas han llegado y ya están diciendo que se van. No conocen los encantos del reposo. La felicidad de ver pasar el tiempo sin prisa, oyendo el rumor del monte, viendo desde el mismo sitio salir el Sol y esconderse por la tarde.
El padre de Paco, amigo de Francisco Amós, es policía secreta. Va a los bingos y a los actos públicos de paisano. Nadie repara en él como tal policía. Creo que en estas personas hay varios disfraces superpuestos, por si fuera poco, la ropa. Al rostro, los gestos, las palabras, añaden el del cargo.
Si te descuidas te llaman al orden o te empapelan. Pero no vienen mal estas personas. Son las que de verdad proporcionan seguridad en la sociedad. Con el miedo a que nos vigilen, no hablamos mal. Muchas veces “el miedo guarda la viña”, dice el refrán.
Son algo así estas personas como la propia conciencia: “No la hagas y no la temas”. Policías de paisano repartidos por calles y plazas, bingos, espectáculos y reuniones de todo tipo. Muchos policías que cuidan del orden en silencio, pero con firmeza constantemente.
Ir sacando fuera de la circulación aquellos elementos que entorpecen la buena marcha, la armonía social, pueden ser la solución a muchos problemas que existen de orden público, Hoy no hay miedo, no hay respeto, no hay tranquilidad.
Elementos subversivos alteran la paz de muchas formas: en las carreteras, en la calle, en las viviendas. Con muchos policías disfrazados de paisano sería otra cosa: Miedo a que salgan de entre los presentes un Guardia y nos coja.
Bien venidos, guardias secretos: multiplicaos, por favor, y actuad con dureza por el bien de los que amamos la paz. Comprendo perfectamente a quién dice: “Solo deseo una casa en el monte y un buen libro”. Esa calma de espíritu es síntoma de salud. No poder descansar como ocurre a tantos es tener los nervios alterados
Francisco Tomás Ortuño.
20 agosto 1984.- Lunes, cielo sin nubes. Los vecinos han madrugado: sus risas llegan hasta aquí. Sobre todas las risas la de Juan. Juan es el animador oficial de la familia. Si vienen de fuera otras personas, Juan es imprescindible. Si van a alguna parte, Juan debe ir. Es pieza clave. Fulgencio es comparsa. Antonio, siempre formal, en su papel de cabeza.
Creo que se complementan. Por eso tienen que venir juntos al chalé cada verano. Los tres forman un grupo bien conjuntado. Anoche, bien tarde, los gritos, las risas y las tracas, no me dejaban dormir. Serían unos en la obligación como anfitriones de hacer reír, y los otros como invitados, a responder.
¿Pensarían los unos que la ocasión era de acostarse tarde, y los otros que de seguir levantados, porque no dijeran? ¿Serían papeles montados así cerebralmente pero no sentimentalmente? Esta mañana he dicho a Pascuala que hay dos formas de gozar: una ruidosa y silenciosa otra. Ella me ha respondido: o exterior e interior. Vienen a decir lo mismo, pero con matices.
La de nuestros amigos es exterior o ruidosa. La risa lo importante es que seas sincera, que salga de dentro. Si es fingida la alegría, el ruido, la alharaca, todo queda en humo. Creo por lo que he oído decir, que se marchan esta tarde. Luego en el recuerdo llevarán esos momentos para contar. La vida seguirá, como dice la canción.
Ofrecerá su realidad cruda de nuevo y todo habrá quedado atrás, pura anécdota como un chascarrillo que se oyó de paso.
CONFESIÓN DE ÁNGEL:
Ángel anoche me intrigó. -Te quiero decir una cosa, me dijo cuando escuchábamos la lección de inglés.
- Dime lo que sea, le contesté.
- Ahora, siguió él. Ese ahora se fue alargando. Quizás no sabía cómo decírmelo.
- Bueno, luego te lo diré. Llegó a intrigarme.
-¿Pero es bueno o malo?, le dije.
-Muy bueno, replicó. Quedé más tranquilo. Por fin, en la cocina, sentados en un banco, casi a oscuras, cerca el uno del otro, como en confesión, me dijo su secreto.
Yo no lo esperaba, ni poco ni mucho. Me hice el distraído, como restándole importancia. Solo le dije: “Eso es muy bueno, Ángel”. Quedó tranquilo y yo me fui tranquilizando.
-Le has quitado el sitio a Francisco Amós, seguí luego.
-O él a mí, respondió pronto. Y antes de salir lo retuve aún para decirle: “Eso que me has dicho, no se lo digas a nadie más, será nuestro secreto. Tú madura la idea y cuando pasen unos años me lo repites o me dices que no era cierto”.
Salió despacio. Antes de cruzar la puerta volvió la cabeza y dijo: “Ya lo he pensado bien”.
MI BARBA:
No sé si he dicho antes que me he dejado la barba. Que desde que dejé el Colegio en junio llevo barba. Los primeros días en Murcia no salía de casa, me daba vergüenza presentarme así en ninguna parte. Temía que me vieran los amigos.
La barba en los primeros días no parece barba; más bien, poco aseo, descuido. En tal estado de incipiente crecimiento fuí con Pascual Jesús a la Cruz Roja, a la revisión para sacar su carnet de conducir motocicletas. El médico que nos atendía me dijo: ¿Se está dejando usted la barba?
¿A usted qué le parece?, le respondí riendo.
Pues que debe usted afeitarse, porque le sienta peor que a un Cristo dos pistolas. Lo del Cristo me hizo gracia y lo comenté en casa. Sentí deseos de claudicar, pero seguí la broma.
Por la noche me tropecé con unos compañeros en la puerta de casa. ¿Es barba?, dijeron incrédulos. Y es que, ya digo, en esos días ni parece barba ni parece nada, solo desidia.
En Cartagena me dijo Lina con asombro cuando me vio llegar a la piscina donde se bañaba con Ana; ”¡Qué feo estás, papá!”. Fue sincera. Luego se rió y me dijo que no me afeitará.
Mariano, por su parte, dijo que me parecía a un chatarrero. y el padre de Marisol, que no me conocía, me vio subir de tal guisa por la escalera y como persona sospechosa se atrevió a decirme: “Qué, maestro, ¿de la siega? Sí, le respondí. Buena siega por la Mancha, buena siega.
Mi sombrero de paja, gafas oscuras, un pañuelo al cuello y barba de 8 días eran elementos suficientes para despertar sospechas.
La barba fue creciendo. Llegó un momento en que la cara era toda una barba sin atender, un oso peludo o un loco de atar debía de parecer por aquellos días de julio. Cuando fui a Santa Pola, gozaba yo pensando en la cara que pondría José María cuando me viera.
Hoy mi barba es otra cosa. En su momento buscamos modelos de barbas en libros y catálogos. Dimos con Larra, escritor y periodista del siglo XIX: Esta es mi barba, me dije. Pascual Jesús me la arregló. Cuando salí a la terraza, Miguel se tiraba al suelo de risa observando la nueva forma que había tomado.
Solo por ese rato de alegría de Miguel valió la pena dejármela. Hoy mi barba sigue en pie más crecida, más cuidada y más resuelta, si quieres. Despreocupada de la gente y de sus opiniones, y es curioso que la barba hace que los demás reaccionen de muchas maneras ante ella: Los amigos te miran más serios; los menos amigos te hablan de usted; los mayores te ceden el paso y las mujeres te miran con mayor interés. Psicológicamente merece un estudio la barba.
Francisco Tomás Ortuño
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