Día de barbacoa.
23 febrero 2025 San Policarpo 54 -311
Murcia, domingo, sin novedad por aquí gracias a Dios. Os cuento recuerdos de hace 40 años:
14 septiembre 1984.- Hoy es día con historia, de esos días con cosas que contar y recordar después. Los papeles de mamá que llevé a la Delegación pueden dar su fruto; la reunión de Claustro inicia prácticamente el Curso; el periódico confirma la decisión del Gobierno de prohibir los trabajos para casa a los niños.
Los profesores ponen el grito en el cielo. Yo pienso que era de esperar esta medida antes o después. La lógica me hizo ver hace ya tiempo, y lo escribí en varias ocasiones, que los trabajos para niños fuera del colegio eran como exigir a un albañil hacer más obras tras su jornada de trabajo. Léase injusto. Recuerdo que escribí un Cuento, que publicó “La Verdad”, donde me pronunciaba en contra de los deberes para casa:
La otra medida ministerial fue la de acabar con los exámenes tradicionales. Cuántas veces habré dicho que no tienen objeto, por cuanto el profesor durante el curso conoce y sabe lo que da de sí cada alumno. ¿Para qué torturarlo con notas finales derivadas del azar? No hacen falta, pues. Al cesto de los papeles con los exámenes.
A la escuela se va a aprender y no a examinarse. La escuela debe ser un centro de trabajo, libre de tensiones para el niño, donde cada cual aprende según su propia capacidad, sin tener que avergonzarse de sus propias limitaciones de ser menos inteligente que el vecino o más lento para comprender.
Ocurre como con los dictados. Se venía haciendo de los dictados un examen diario en vez de una clase de gramática. El maestro subrayaba con lápiz rojo las palabras mal escritas. ¿Quién no recuerda sus planas de escritura como campo lleno de amapolas?
Debajo, como una sentencia, se colocaba un 20 o un 35 que eran las faltas, la tortura del niño sin ningún provecho. A la escuela se va a aprender no a sufrir la tortura de una prueba tras otra. No concibo. de verdad, lugar menos indicado que la escuela para fomentar en los niños vanidades y complejos de culpa.
Mi mujer a la vuelta de Murcia me tenía preparada la sorpresa. Una barbacoa en la puerta de la cocina hecha por ella misma. ¿Pero es que mi mujer sabe de todo? ¿Qué lleva adentro? Es que es artista nata. No puede no crear. Eso es: no puede no crear. Su naturaleza es crear lo que sea.
Cada día algo, sin proponérselo, sin darle importancia. Es que fluye de su persona como agua de manantial, lo más inverosímil: un retrato, una escalera, una barbacoa o una muralla China. La capacidad de asombro con ella se pierde. Eres un cielo, mamá.
Los primos de mis hijos han pasado aquí el día. Ana Isabel, José, Pascual Jesús los acapara. Tiene gracia cuánto dice para sus primos. Creo que los primos desconocen a Miguel, a Lina, a Ángel, a Francisco Amós. Solo tienen un primo: Pascual Jesús.
Yo me pregunto por qué es esto. ¿Qué tiene Pascual Jesús que no tengan los demás? Quizás su brusquedad, su afán de mando, no sé. Algo tiene Pascual que ni él mismo sabe que le hace ser el preferido de sus primos.
Francisco Tomás Ortuño.
ADIVINANZAS:
-Redondo, redondo, barril sin fondo, ¿Qué es? Un anillo
-Lleva años en el mar y aún no sabe nadar. La arena
-Dos hermanitos muy igualitos. Llegando a viejecitos abren los ojitos. Los zapatos
-Sobre la mesa se pone. Sobre la mesa se parte. Y entre todos se reparte. Pero nunca se come. La basura.
-Ave tengo yo por nombre. Llana es mi condición. El que no acierte mi nombre es porque no presta atención. La baraja.
-Muy chiquito, muy chiquito, él pone fin a lo escrito. El punto
-Cuando apenas he nacido, mi vida se acaba al punto, aunque no soy el primero lo sigo por todo el mundo. El segundo.
15 septiembre 1984.- María Dolores Abizanda, nuestra vecina, ha leído mi libro “A la sombra del “Roalico”. Dice que le encanta. A lo mejor es verdad. Y dice que ella también hace años empezó a escribir un diario como el mío en el que reflejaba la vida de su familia.
La verdad es que escribir un poco cada día, aparte de ser un buen ejercicio, o un pasatiempo o distracción, es un recuerdo como las fotos para saber más tarde cómo éramos entonces y en qué ocupábamos nuestro tiempo.
Hay personas que coleccionan sellos, o llaveros, o monedas. Yo colecciono hechos. El fin es quizás el mismo: estar ocupados. Mi ocupación, para mí, es superior a las otras. Primero porque colecciono frutos míos, y segundo porque servirán más tarde a mis hijos para recordar cómo vivían cuando eran niños y cómo lo hacían sus padres.
Mi gran ilusión sería que estas hojas que escribo ahora sirvieran con el paso de los años para reunir a mis hijos de vez en cuando. Supongamos que fijan un día cada año como obligado encuentro los cinco: Francisco Amós, Pascual Jesús, Ángel Inocencio, Miguel y Lina en este mismo chalé, donde tantos recuerdos hablan de encontrar de sus años de la infancia.
Mis cinco hijos con sus familias. Y en ese encuentro, unos minutos los dedicaran a leer de este diario. El retrato de los padres presidiendo, todos reunidos como ahora. Su madre y yo gozaríamos desde el cielo el encuentro de cada año. Si esta idea se cumpliera, mi pasatiempo de hoy habría servido de mucho.
Hoy ha sido el día de la barbacoa, parrilla o como venga a llamarse luego. La criatura está tan recién nacida que está sin bautizar. Ángel llama al neófito simplemente el sillón porque tiene esa forma. Mamá duda entre barbacoa o parrilla. Los demás no se pronuncian. Para mí es la barbacoa.
Lo cierto es que ha quedado bien. Esta tarde se revestirá por fuera de cemento y colorín colorado otra obra más al bote para la historia del chalé. Mamá ha sido el artífice, aunque nosotros le hayamos ayudado a traer piedras y amasar cemento. los vecinos miran de lejos como diciendo ¿que estarán haciendo ahora?
Francisco Tomás Ortuño
Comentarios
Publicar un comentario