Encamado.
21 febrero 2025
Murcia, viernes, temprano, sin novedad en la salud, pero con el cambio correspondiente a un día. En ese cambio te cuento:
10 septiembre 1984.- Lunes, temprano. Viene Roque con su hija. Ella se queda con su Yaya y los primos. Mamá, Lina, Francisco Amós, Pascual Jesús y yo, vamos a Murcia. A Lina le compramos el libro de música que llevará este curso.
Francisco Amós va al oculista y le manda llevar gafas. Mamá busca trabajo y no lo encuentra Pascual Jesús va a entrenar. Yo voy al Colegio, atiendo a algunos padres que me buscan ojeo la prensa. Volvemos ya de noche.
No es posible que una máquina piense o sienta, por muy sofisticada que sea. Nunca un ordenador un robot dirá ¡ay! si se le pisa una pieza, ni se reirá de sus propios chistes. Hay quien dice que el hombre es una máquina, pero esto no es cierto.
El hombre piensa, siente y ama, cosas que escapan a los más perfectos aparatos construidos por el hombre. Hay ese algo que los diferencia y los distingue que nunca podrá ser inventado o construido: la razón, los pensamientos, los sentimientos.
Ese algo que falta en toda máquina y que faltará siempre, lo espiritual. Una computadora calcula al segundo cuántas son 8 por 9, pero necesita que antes se haya operado en ella, que se haya programado, que el hombre haya dispuesto su complicado mecanismo.
Es un efecto de la disposición previa de unas piezas. La radio, la televisión, el video, maravillas de la luz, de la electricidad, de las ondas magnéticas, de la física y de la química, pero no pasa de ahí. El hombre es todo ello y algo más, algo específico.
¿Cómo podría una máquina juzgar como yo los pensamientos y los sentimientos de los otros? ¿ me distrae introducirme en las demás personas y conocer su vida espiritual y sentimental que piensa que siente? Y esto no cabe en una máquina.
María Dolores Abizanda le ha regalado a Lina un libro precioso por lo del Santo: Antonio Machado y los niños. Creo que con este libro se descubre a Machado en nuestra casa. Me refiero a mis hijos. Sé que todos lo leerán y desde hoy les será familiar la figura y la obra del gran poeta sevillano.
No es que Machado estuviera ausente en nuestra biblioteca: lo tenemos en varias colecciones y en diversos textos de literatura; pero ocurre que los libros que están ahí se convierten un poco en mobiliario, como las sillas y las mesas: a fuerza de verse no se repara en ellos.
Hace falta que nos llegue un libro nuevo, como una luz en la oscuridad, para que la ven para que lo veamos como distinto. Esto puede haber ocurrido con Machado y los niños de María Dolores. Por esto yo se lo agradezco infinito.
Regalar un libro puede tener esa virtud de reparar en su contenido, aunque antes tuviéramos otros que hablaran de lo mismo. Comprar un libro igual: si compro un libro me siento momentáneamente al menos, obligado a leerlo.
Si te dan, supongamos, una biblioteca repleta de volúmenes, lo más fácil es que no los leas. Si te dan uno o diez, lo más seguro es que te encierres a leerlo. Gracias otra vez María Dolores por habernos traído a casa con tu libro a tan ilustre huésped.
11 de septiembre 1984.- Las doce de la mañana y encamado. La primera vez en muchos años. Puede que sí; de este verano por lo menos, seguro. Sin estar enfermo, quedarme en la cama un día tiene su encanto. Aquí oímos el inglés Ángel y yo -lección eighteen-; aquí tomé el desayuno; aquí oí las noticias -el actor Ismael Merlo ha muerto-;
sigue la huelga de futbolistas; escuché música; leí, y escribo ahora. Desde aquí se sigue la marcha de los demás en la casa: mamá que va y viene. Francisco Amós que toca el órgano, Pascual Jesús que va con su prima Isabel al pueblo en la moto; Miguel que se cura la herida que se hizo ayer con la bici en el muslo izquierdo; Lina que oye música con sus amigas.
Un discurrir tranquilo y alegre en una mañana sin sol y sin viento. Una experiencia vivir una mañana en la cama siguiendo a los demás sin molestarlos. Ahora toca leer a Machado. ¿Ves? Si no es por el libro nuevo, esta lectura no había existido. Ahora un libro, una lectura, y quién sabe lo que de ella se derive luego.
Francisco Tomás Ortuño.
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