Perico.

12 Febrero 2025:  San Melecio  43  - 322;  Sol: 8´12 a 18´47;  Luna: 18´47 a 08´47 del 13.

   Te cuento del siglo pasado:

   22 agosto 1.984.- El disco rojo aparece en el horizonte. ¿Qué nos deparará el nuevo día? Un abejorro aletea en los cristales. ¿Será algún presagio? No soy supersticioso, pero sé que hay hechos que escapan a la lógica. Mira que si lo del abejorro fuera uno de ellos.

 

   DE HABLAR MUCHO:

  Fulanito habla demasiado. Hablar mucho puede ser una forma de disfrazar la propia ignorancia. Lo vengo observando en algunas personas. Cuando uno habla, no deja hablar a los demás, y de esta forma solo dice lo que sabe, lo que repite en distintos cenáculos.

   Suele ocurrir que esta persona deslumbre a algunos oyentes poco avezados a estas sutilezas del espíritu: “¡Qué bien habla!”, “¡Cuánto sabe!”, dicen luego.

 

    23 agosto 1.984.- El sol quiere salir, pero unas nubes se lo impiden. Hace fresco y viento, como siempre por estas fechas: “¡Por agosto, frío al rostro!”, dice el refrán. El calorcillo de la casa contrasta con el fresco de fuera.

   Todos duermen, o por lo menos permanecen en sus posiciones de horizontalidad. No se oye un ruido, ni cerca ni lejos. Aquí los coches no molestan. Sí, oigo pasos en la casa del vecino. María Dolores es madrugadora. Ya dos noches que duermen aquí.

   María Dolores y sus dolores reumáticos. El manganeso dice que es bueno para la artrosis, para la artritis y similares. Vive la pobre pendiente de dietas y de medicamentos. La típica casa con goteras. Y es que nadie se libra del desmoronamiento físico: parches, remiendos, apuntalamientos, hasta que el edificio se cae.

   Lina ha dormido con sus amigas María Elena y María de Los Ángeles. Se fue con la familia Valero al campo y vinieron tarde. Fina le dijo que se quedara en su casa. El sol asoma la cara entre rojo y amarillo.  Me recuerda esto que siendo yo como ellas dormí casa de mi amigo Perico, enfrente de la nuestra, Calvario, 71. Perico era entonces mi mejor amigo: jugábamos juntos, íbamos juntos de paseo los domingos…

   No sé por qué sus padres -Jesús y Pepa- lo dejaron solo y quisieron que yo le acompañara. Esa noche no se olvida. Yo he entrado a esta casa otras veces, infinidad de veces antes y después.  Cuando la recuerdo es como la viví aquella noche.

   Con el misterio de sus luces encendidas y el simple hecho de estar solos mi amigo y yo en una casa tan grande. En la habitación de los padres de Perico, en la mesilla de noche, había un paquete de cigarros. Eran cigarros “Ideales”, de papel amarillo.

   Nosotros que vimos los cigarros nos pusimos a fumar. Fue algo sin pensar, instintivo. Encendimos y traigamos humo, tosimos y casi nos ahogamos. Fue, lo juro, mi primer cigarro.

    Perico iba al campo con sus padres. Tenía una mula cansina, que tiraba de un carro con toldo azul. Los sábados cuando volvía yo le ayudaba a entrar cosas a su casa y, sobre todo, la mula a la cuadra. Cómo me gustaba verla beber agua en un cubo y tocarla hasta donde alcanzaba.

   Era mansa y me miraba con sus ojos grandes como si me conociera. Su padre preparaba un pienso y lo echaba en el pesebre. Recuerdo el olor de la cuadra, como recuerdo el ruido que hacía el animal cuando comía.

   El campo vino a menos y quisieron como muchos probar fortuna fuera. Primero fueron a Valencia donde vivía una hermana de su madre. Luego a Badalona. En 30 años solo nos hemos visto una vez. Fue cuando fuimos a Francia mi hermana y yo a pasar unos días con unos familiares.

   Fue por el año cincuenta en Santa Coloma de Gramanet. Pasamos unos días mi hermana y yo casa de mi tío Manuel. Mis primos me dijeron que cerca vivía Perico y fuimos a verlo. Su padre y él trabajaban de albañiles en una obra.

   Pepa, la madre de mi amigo, era grande y pechugona. Sus piernas, más bien finas y excesivamente largas. Era un tanto desproporcionada sin duda. Cuando andaba lo hacía de una forma muy particular, como con zancos.

   Sí, sus piernas no guardaban relación con el resto del cuerpo. Algunas veces jugábamos a las bolas en el corral de su casa. Si perdía su hijo jugaba ella y nos las ganaba. Y recuerdo que nos mojaba una rebanada de pan con vino y decía: salid a la puerta a comeros la merienda.

   Un día Perico se cayó de una mesa y se rompió el brazo derecho, casi a la altura del codo. Su madre lo llevó a Turpín, un carnicero que entendía de huesos, a que lo curara. Le puso unas tablillas tan fuerte que le dejaron una señal para toda la vida.

   El médico luego le dijo a la madre: “Señora, cuando a mí se me rompen los zapatos voy a un zapatero a que me los arregle”. Estuvo tiempo levantando pesas y haciendo ejercicios. Escribía con la mano izquierda,. Cuando la mano vino a lo suyo era ambidiestro.

                                                                                                                 Francisco Tomás Ortuño.


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