Pobres curas.
26 Febrero 2025 San Alejandro de Alejandría
Murcia, miércoles, sin novedad en casa. Te contaré de mi Diario de unas fechas importantes:
18 septiembre 1984.- A don Silvestre del Amor se le prepara una fiesta en el barrio de San Antolín por sus Bodas de Plata como Sacerdote,
Don Silvestre es una figura importante aquí. Los Curas como él se convierten en Confesores y Directores espirituales o Consejeros de muchas gentes y hogares. Mujeres que preguntan y hombres que piden luz en sus problemas de hogar.
Ellos solos, los Curas, saben de consultas íntimas y de situaciones límite. Luego estas personas seguirán o no sus consejos, pero lo más importante es, quizás, servir de saco donde cada uno descargue sus preocupaciones.
Los Curas son, en los barrios como en los pueblos, Directores de vidas o Confesores de faltas. `¡Cuántos chismes, por decirlo de algún modo, tendrán que escuchar estas probas personas! Me imagino que, como los médicos, tendrán sus clientes asiduos, más o menos chiflados.
Yo me cambiaría una temporada por uno de estos Curas, por saber de cerca esas cuestiones hogareñas que ellos solo conocerán. “¡Ya viene esta otra vez!, dirán para sus adentros. ¿le habrá pegado al marido?”.
Los hijos darán temas, me figuro, para llevar al confesionario; Y los celos; drogas; y las peleas derivadas del alcohol; y los padres ancianos; y la misma Escuela… ¡Pobres curas¡ ¿será posible que puedan soportar tal cúmulo de miserias humanas sin hundirse?
Ser Cura es ser ejemplo, pero más que eso es ser consejero. Siempre ha asumido este papel de consejero. Si lleva un archivo -como los médicos- de casos resueltos, sería curiosísimo meter las narices y leer preguntas, respuestas y resultados.
Porque en cada ficha o caso diagnosticado deberá estar al final el resultado conseguido. Como el médico: “Me duele el estómago”. “Tómese estos polvos disueltos en agua antes de las comidas”. “Caso X: Resultado favorable o con resultado negativo”.
¿Conocerán los Curas el final de su prescripción? Porque pienso que muchos pacientes terminan la visita con su porción de medicamentos en el cuerpo y el médico sin saber si le fue mejor o peor lo prescrito. ¿O la no vuelta del paciente es caso bien resuelto para él?
No siempre es así, porque hay muchos enfermos que van a varios médicos por saber si coinciden en la enfermedad. Pero de esto saben un rato largo los galenos, y saben que la mayoría de las enfermedades son imaginarias, y ellos, como lo saben, placebo va, placebo viene y no se acuerdan ya del paciente.
En el caso de los Curas, hombres formales por obligación ministerial -del cura haz lo que diga y no quieras saber lo que haga-, los enfermos serán también de placebos la mayoría. Curioso el confesionario, pozo de chismes y de inmundicias, cloaca de suciedades o rincón de intimidades.
El Cura debe ser inteligente y humano. Si no es lo primero no podrá jamás comprender a sus hermanos que le piden Consejo. Si no en lo segundo, puede echar por en medio en cuestiones delicadas, y enfrentar en vez de unir, romper en vez de reparar.
El Cura debe ser extraordinariamente conocedor del alma del hombre, de la persona. Debe ser psicólogo nato. Si carece de esta facultad se limitará a decir su Misa y asperjar a los muertos con el hisopo. Y esto, para mí, es ser un Cura de Tercera División.
Ayer fuimos a Misa por la hermana de Ildefonso. Dijo don Silvestre en la homilía algo que me hizo pensar: “Que el hombre teme a la muerte por sus ansias de eternidad, porque va contra su divino o natural destino de gozar enteramente de Dios”.
Si es así, la muerte viene a ser un accidente solo en la eternidad reservada a cada uno de nosotros. Y como llevamos en el fondo de nuestro ser la idea eternal de nuestro destino, la muerte es como una valla inoportuna, como un accidente desgraciado, que nos impide momentáneamente gozar de la eternidad.
¿Son elucubraciones filosóficas? ¿Son verdades reveladas? ¿Cómo sabemos la verdad del más allá de nuestra vida?
Francisco Tomás Ortuño.
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