¡Adiós, Cordera!

9 Marzo 2025  Semana 1 de Cuaresma

   Murcia, domingo, sin novedad en casa, g.a.D. Cuento de ni Diario:

   5 octubre 1984.- Viernes, un perro ladra en la vecindad. Es un perro que vemos desde el balcón en una terraza. Un perro que no puede salir ni saltar de donde se encuentra. Un perro preso ladra con ladridos fuertes de protesta. Quizás el perro no deja en paz a los vecinos, pero nadie se queja.

   Anoche tuvimos la visita de los señores Rubio Polo. ¿No os molesta el perro?, dijeron en su momento. No dijeron un perro, sino el perro. Y es que este perro para nosotros no es un perro cualquiera. Deberíamos ir a hablar con el dueño del animal, que dormirá tranquilo sin oír  las mil y  una lamentaciones del furibundo animal.

   El día de mi onomástica pasó, esto es claro. Pero además pasó bien. Los compañeros en el Colegio me felicitaron. A la salida, los invité en el bar de los Peñejos. Sole hasta me mandó a casa una tortada.

   Santiago llamó desde Alicante. Felicidades, dijo; y añadió: las llaves del piso las hemos recogido. El padre llamó desde Jumilla: felicidades, yo no me encuentro bien. Es su cantilena. que hace daño pero que no se puede remediar. Dijo otra cosa que me quitó el sueño: “A ver si por fin el año que viene…”. No terminó la frase pero sé lo que quiso decir.

   ¿Es que de verdad lo desea? Pobre padre, a lo que ha llegado, a no sentir ilusión por nada.

   ADIÓS, CORDERA:

  Ayer leí “Adiós, Cordera”, de Leopoldo Alas Clarín. un relato tierno. Cordera es la vaca de Rosa, Penín, con otra hermana. Los tres siempre juntos en el Prado, desde que murió la madre de los niños.

   Un día, el padre tiene que venderla, y los niños lloran desconsolados. Se ven huérfanos de nuevo. Los hilos del telégrafo se les hacen odiosos porque piensan que a través de ellos la gente trata, compra y vende. El tren que pasa es otro símbolo de tiranía para ellos desde entonces, porque transporta animales y hasta personas.

   Penin, ya mayor, va la guerra. Rosa queda sola, solísima en su Prado. Un día pasa el tren con militares. “¡Rosa, Rosa!”, grita Penin alargando el brazo para tocar la mano de su hermana. Los dos se miran y exclaman llorando: “¡Adiós, Cordera!”, en un susurro que llega a sus corazones.


                                                                                                       Francisco Tomás Ortuño


   6 octubre 1984.- Sábado ventoso. Molina -don Antonio- me ha regalado un libro de Zunzunegui. Don Antonio es atento y buen compañero. La reunión que tuvimos ayer los profesores del centro fue paradigma o ejemplo de lo que deben ser las reuniones.

   En unos minutos estaban nombrados los representantes del claustro para formar parte del Consejo de dirección y de la Junta económica, único punto del Orden del Día. Así tuvo que…  haber terminado y aquí paz y después gloria y cada cual a su casa.

   Pero no, ¿por qué seremos tan cerriles? ¿No será que el hombre tropieza no dos veces en la misma piedra sino cien?, pensé. ¿Que era ocasión, una vez reunidos, de hablar del tiempo como quien dice y de estar otro rato juntos?

   Reuniones, reuniones. Se habló del orden por los pasillos cuando los niños entran o salen; que si se debe entrar con el profesor; que si los niños deben beber agua; que si hace falta una puerta por detrás; que si los bloques molestan a los más pequeños; que si los mayores atropellan a los parvulitos; que si vallas para aislar la zona de preescolar; que sí…

   ¿Cómo caemos en la tentación de alargarlas por pasar un rato juntos? ¿No sirve la experiencia? ¿Caeremos de nuevo otra vez? Reuniones, lo imprescindible, ¿me entiendes? lo im-pres-cin-di-ble: puntos a tratar y a casita.

   Por sacar conclusiones, al dicho orden de los niños alguien propuso que los más pequeños estén abajo. ¡Que bondad de espíritu, qué sabía pedagogía! Lo malo es que detrás se esconden aviesos propósitos! Reuniones, dichosas reuniones, cuando se habla se hace con puras miras altruistas o con intenciones viles y rastreras? That is the question..

  No quiero reuniones por eso, porque no son siempre sinceras, limpias, sino que esconden odios y ruindades.

  

   CELESTINO;

   -¿Qué hora es?, preguntaba yo.

   -Temprano, respondía él. Me refiero a Celestino, buena persona donde las haya y buen amigo. Celestino y yo, cuando teníamos 20 años, dimos juntos muchas vueltas al jardín de abajo y muchas también a la calle de la Feria desde el teatro Vico a la farmacia de Guillén.

   ¿Está Celestino?, preguntaba yo desde la puerta de su casa. ¡Celestino!, gritaba su hermana Margarita. Y Celestino bajaba despacio por unas escaleras grandes que había a la izquierda del porche de losas conforme se entraba de la calle.

   Su madre al fondo, en una estancia que daba al patio cosía encogida, con gafas, como un pequeño bulto sobre su hacienda. Hermógenes, el padre, figura patriarcal de los antiguos, leía frente a ella en un sillón, en su papel de jefe de familia.

   ¡Qué paz se respiraba en esta casa! Casi sin hablar, salíamos calle abajo y nos íbamos al Paseo de la Estación. Sí lucía el sol, cogíamos la vía y llegábamos a la Estacada. Cuántas veces habremos ido al Puente de Hierro y más allá en mañanas de domingo.

   ¿Te acuerdas, Celestino? Nuestras conversaciones eran comentar una noticia, recordar otros tiempos, y cosas así. Nunca temas de discusión acalorada. Apacible siempre. Apacible como el paseo, con espacios de silencio, contemplando la huerta y la vía, la vía y la huerta, confundidas la Estacada, el Puente de Tres Ojos y vuelta atrás despacio, callados o diciendo cosas que apenas esperaban respuesta.


                                                                                                      Francisco Tomás Ortuño

 

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