¡Estos Ángeles!

16 Marzo 2025 Santa Leocricia  A pesar del Santo, el sol sale a las  7 horas y 26 minutos  y se va a las 7´39 de la tarde.  Del año, van 74 días vividos y 291 sin vivir.

      Murcia, domingo, sin novedad por aquí, que fuera anda suelta una Dana como loca, que no deja dormir a los vecinos. Pregúntale a los de Lorca o Cartagena. Yo te cuento:

 

   16 octubre 1984.- Lina ha empezado sus clases en el Conservatorio. Miguel con ella. Primer Curso de Piano y Segundo de Solfeo. Ángelino y Francisco Amós ya tienen sus horarios. El curso ha iniciado su rodaje. Muchos estudiantes y la carrera en marcha.

   El pelotón en música, en idiomas, en bachillerato, en todo. Luego se irán aclarando los grupos. Muchos los llamados y pocos los escogidos. ¿Quién llega al final? ¿Los valientes? ¿los constantes? ¿Los listos? Creo que la misma naturaleza va seleccionando a los mejores.

    Luego dirán: “Es que estudió mucho”. “Es que tuvo ayuda de sus padres”. No es así. La vida misma selecciona, el tiempo se encarga de ir dejando en el camino a los competidores. Muchos los que salen y pocos, poquísimos, los que llegan.


  CASOS:

  Los padres del niño decían que era normal.  “No molesta, no enreda, no se mete con nadie”. Solo que su coeficiente es de 70 y su retraso de un par de años. No lee, no escribe, y tiene dificultades para expresarse”.

   Llevaban el diagnóstico del Equipo Multiprofesional, que trabaja en la Delegación:  “Para estar con niños de 4 años y recibir apoyo del Profesor de Educación Especial”.

    -¿Qué edad tiene su hijo?

   - Seis años.

   - ¿No será lo que llamamos superproteccionismo?, inquirí. A los 6 años, el niño normalmente no lee, no escribe y tiene dificultades para comunicarse con los demás.

   - No, nuestro hijo es de la saga de los tarados.

   - ¿Qué quiere decir?, pegunté.

   Entonces el padre me contó su problema: tiene cuatro hijos y los cuatro son subnormales. Los médicos han visto ahora que es problema el suyo de cromosomas:  una hija de 10 años; un hijo   de 8,  este de 6, y otro de 4 años. La saga de los tocados cromosómicos.      

   Por la tarde fueron con el niño. A la legua se veía que no podía estarse quieto. La madre lo sujetaba y, por otro lado, quería aparentar que no era tan fiero el león como pudiera parecer.  

    - “Quieto, rico”, que estamos en el Colegio.

     Que si quieres. Por poco me tira la máquina de escribir y me rompe los papeles que había sobre la mesa. Miraba con ojos nerviosos a todas partes y las manos, con endiablada agilidad, iban tras ellos. ¡Qué zozobra de crío!

   La madre le hablaba y no podía con él.  ¿Cómo te llamas?, le preguntó. Su padre, aparentando una tranquilidad que no tenía, me miraba de vez en cuando. Su hijo, en su loco deambular, los ojos pasaban por los míos, pero cran décimas o milésimas de segundo, como una luz de linterna alocada en la oscuridad, no podía dejar quieta la mirada.

   -¿Cómo te llamas, rico? Que si quieres.

   La madre le instaba a contestar con las rodillas, porque no podía dejarlo de las manos. En esto se sonrió con una risa perdida, sin fijeza, y dijo Paco.

   -Muy bien, repetía la madre orgullosa. ¿Ve usted? Ha dicho Paco. El instante que siguió no es para contarlo. Se tiró al suelo como poseído por el mismo demonio, en un pataleo peligroso para los que estábamos cerca.

   Temí por cuanto había en el despacho; temí por su madre; se levantó ágil y se lanzó contra mí.

   -¡Señora, señora, su hijo! ¿Es que había forma de sujetarlo? Era una furia de pocos años, pero una furia de atar. Conseguimos llevarlo con doña Carmen, la Profesora de primero. No podía con los niños, que se peleaban y se tiraban al suelo,

   -Cuando abrimos la puerta: ¡Estos Ángeles, estos Ángeles, repetía! Son Ángeles de Dios los niños, 39 angelitos.

  - Pues otro Ángel más traigo, doña Carmen, le grité para que me oyera.

  - Muy bien, don Francisco, muy bien, lo que usted mande: donde caben 39 caben 40. ¡Que viene un Ángel más! Se lo entró arrastrando.

                                                                                                       


Francisco Tomás Ortuño.



   ¿Un chiste para terminar? Dedicado a mi nieta Alba:

   Están dos ovejas jugando a la pelota en la ladera de una montaña y se les escapa rodando la pelota, Entonces dice una:

   ¡Beeee!

   Y dice la otra:

   ¡Ve tú!                                                                     


Tu abuelo.

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