La suerte de cara.

7 marzo 2025  San Basilio  Año: 66 – 299:  Sol: 7´39 a 19´33;  Luna: 12´o9 a 4´ 18 (8)

   Murcia, viernes, igual que ayer de salud, un día más viejos; 33.500 noches environ (aproximadamente) desde que nací. Te cuento de mis recuerdos:

   1 octubre 1984.- Lunes, otro mes fuera, otro mes atrás, otro mes vencido. Un minuto más en mi reloj particular; lo malo es que nunca se detiene, que no se toma un respiro. Hoy empezamos el curso ya en serio, clases de mañana y tarde.

   La misa de ayer, en El Salvador, la dijo don Joaquín. Mucha gente conocida, ¿Hemos faltado de Jumilla? Las vueltas tienen la virtud de hacer olvidar el tiempo pasado fuera. Yo ayer creía no haber faltado de Jumilla.

   El cambio de lugar apenas deja huella en nosotros. Cuando pasen años y volvamos a la tierra de nuestra infancia, a la casa donde crecimos, tendremos la sensación de haber perdido años de nuestra vida. ¿Qué no será a los emigrantes?

   Los que salen lejos con otras gentes y otras lenguas y costumbres se darán cuenta cuando vuelvan de lo que quiero expresar. Es un tiempo muerto, vacío, que hay que restar. A lo más un sueño sin consistencia, una niebla,

   Yo aconsejaría vivir siempre donde nacemos y nos criamos. Es la mejor forma de alargar los años, de no desperdiciar horas, de vivir intensamente, en profundidad la vida.

   A Lina le gastaron sus hermanos una broma. Cuando montamos en el coche no estaba “Patoso”, nuestro gato. Le dijimos que lo habíamos dado. Lina sintió que algo suyo le arrancaban y se puso a llorar. Su llanto era como si hubiera perdido a un hermano.

   Tuvieron que ir a buscarlo y volvieron con él. Renació la paz. Volvimos ya de noche. Los coches, en fila india, se cruzaban con nosotros deslumbrándonos. Fin de mes y de semana. Día de retornos familiares. muchos coches que van y vienen. Muchas luces en la carretera.

   Muchos adelantamientos, muchas prisas y muchos nervios. Cada coche un manojo de nervios pronto a saltar, a dispararse. Muchas luces de frente. En cada coche personas con problemas a flor de piel. Muchos nervios en cada coche.  

   No me gusta viajar de noche con tantos vehículos. Es fácil un fallo en alguno de ellos: un pinchazo, una luz que no funciona, una curva que se toma mal. No quiero viajar de noche. Es una temeridad el viaje de ayer con las luces encendidas desde que salimos.

   Resultó perfecto, pero pudo no serlo.

                                                                                                   Francisco Tomas Ortuño



   2 octubre 1984.- Ayer estuvo en el colegio un equipo de médicos. La revisión a los niños de Primero se hizo como otros años en la biblioteca, Los críos, esperando su turno, estaban pálidos. Llegaron con su miedo incluso a desmayarse.

   ¿Qué pensarían que iban a hacerles? Temen sobre todo a los pinchazos. Si ven una jeringuilla se asustan. Y esto les ocurre a muchos que no son tan niños. Lina lleva unos días preocupada con la vacuna. ¿Cuándo nos toca a los de Quinto?, me pregunta hoy.

   No vais vosotros. Se anima su rostro, Los sustos es mejor pasarlos pronto. La espera es lo peor. En estos casos se llega incluso a las úlceras de estómago o cosas peores. Creo que tener a una persona esperando tiempo algo que teme es bastante para acabar con ella.

   ¿No nos ocurre a todos esto con la muerte? ¿No será que estamos tristes porque el final es siempre el mismo? ¿No tendremos una juventud pasota y rabiosamente rebelde porque su futuro es poco claro? ¿Procederá nuestro mal humor siempre del miedo, como un niño que espera su turno en la puerta de la biblioteca?

   Lina no come apenas, no duerme bien unos días, y es que le dije que a las niñas de Quinto les iban a poner una vacuna. ¿Qué piensa Lina estos días? Lina es propensa a enfermar de miedo. Los demás niños serán igual. Ahora duerme. Si pudiera entrar en su cerebro, lo más seguro es que viera el miedo retratado en él.

   Lo mejor será que lo pase pronto, que lo alumbre, que lo arroje. Entonces volverá a reír de nuevo y a ser feliz. ¿Quién no ha sentido lo mismo con los exámenes? Los que estudiamos hemos sufrido esta especie de martirio.

   En una Oposición recuerdo que el compañero de turno estaba pálido, daba vueltas al programa que tenía en sus manos y no decía una palabra. “¿Se encuentra mal?”, le dijo un miembro del tribunal.

   No hubo respuesta.

   “Tráigale un vaso con agua”, dijo el mismo dirigiéndose al conserje.

   Llevado el vaso con agua, se la bebió de un trago. Seguía blanco como el papel. Pasaron unos diez minutos sin decir ni pío. “Se le ha agotado el tiempo”, dijo el Presidente de la mesa.

   El examinando se levantó de la silla descompuesto y se dirigió a un armario que había a su derecha. Se le tuvo que ayudar para salir por la puerta.

   Y es que los exámenes, a algunos o a todos, los deprime o los enferma. No hay derecho a sufrir tanto muchas veces para nada. El que tiene suerte sale y el débil o que ha dormido mal se queda en la cuneta. Los exámenes no dicen la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

   ¿Quién no conoce casos para contar? Yo presencié el siguiente y doy fe de que fue así: Un señor espera su turno para examinarse ante un tribunal formado por tres hombres serios, mudos, impenetrables. “Me sé todo el programa menos la lección 32 que trata de las correlaciones. No tendré tan mala suerte”, nos dijo a varios compañeros.

   Lo llaman en su momento para desarrollar su tema y eso que piensas: “La lección 32”. Da media vuelta y se marcha por donde había venido.

   ¿No podría ser al revés? Saber una,  tener la suerte de cara, y sacar esa bola. de verdad que en los colegios con los niños que tan solo aprender y no a opositar los exámenes son crueles y agobiantes a más no poder cuando tienen para darnos cuenta de que el niño vive mejor sin ellos un examen es sufrir gente para acabar con la salud de una persona el niño se desmorona y enferma no lo vemos claro´

   Hoy traen los periódicos la noticia como medida del Gobierno: “Exámenes y Deberes para casa”, fuera. Es suficiente que el Profesor lleve una ficha de seguimiento para conocer al niño y enseñarle lo que necesite según aptitudes conforme con sus posibilidades.

   Fuera, pues, sustos, miedos y amenazas, porque, señores, la Escuela es un lugar para aprender no una celda de tortura.

                                                                                                         Francisco Tomás Ortuño

 

 

 

   

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