Los niños, niños son.
14 Marzo 2025 San Alejandro Año: días idos 73; por venir 292
Murcia, viernes, sin novedad en casa, a Dios gracias, y que duren las pilas quiera Dios: Os cuento de los tiempos pasados, cuando todos corríais por la segunda decena de vida:
14 octubre 1984.- Domingo vestido de niebla espesa que apenas deja ver. Miguel juega al ping pong arriba con su amigo Javi. Lina espera a María Elena. Ángel juega al golf con la garrota. Los niños se buscan unos a otros. Su mundo son ellos y sus juegos.
Los mayores para ellos no contamos. No somos de su mundo. Vivimos cerca pero lejos. Con ellos pero aparte. El mundo de los niños está próximo y tan distante del nuestro que no se vislumbran. En otra órbita, en otra galaxia.
Repito lo que he dicho ya otras veces: el niño recorre en pocos años la historia de la humanidad. El adulto ha llegado. Así que entre un niño y un adulto hay siglos de distancia, aunque vivan juntos.
Y esto a veces no se tiene en cuenta y se trata al pequeño como a un mayor. Los padres, los maestros, los adultos en general deben saber que los niños no comprenden nuestros problemas ni tienen por qué vivirlos.
Cuando observo que les hacemos participar de nuestro sofisticado mundo de personas mayores creo que estamos cometiendo con ellos la mayor injusticia que pueda darse. Ellos deben obrar en niño, vivir en niño, ver cosas de niños y hacer cosas de niños.
Pero, por abuso de fuerza y de autoridad, la sociedad está montada por mayores y a la medida de los mayores, y queremos que los pequeños vivan en ella, con sus problemas, aunque no puedan.
Me imagino que a los hombres del Paleolítico les hubiera ocurrido algo parecido si los trasplantan a una gran ciudad de las nuestras. Aquellos rudos seres se hubieran asfixiado con nuestra avanzada tecnología y nuestros modos de vida.
Lo mismo ocurre a los niños con las cosas de mayores. Todo a su debido tiempo. “Que aprendan pronto o que vivan más”, tremenda equivocación. “No por mucho madrugar amanece más temprano”, dice el refrán.
Los niños son niños y deben ser niños. Querer para ellos cosas de adultos es no comprenderlos y no quererlos. Al niño juegos, lecturas, palabras, alimentos y hechos de niños. “¿Qué quiere de mí este viejo?”, pensarán.
¿Cómo quiere que comprenda lo que no está en mí de comprender? ¿Cómo quiere que corra si no sé andar todavía? ¿Cómo se empeña en que haga lo que no es tiempo que haga? Los niños viven con nosotros, pero en otro mundo.
Su mundo, geográficamente cerca, próximo, confundido con el nuestro, pero distante, alejado, tan alejado que no se puede distinguir.
La niebla se deshace, el sol aparece, los pequeños siguen jugando por el monte. Lina salta con una cuerda. Miguel riega las plantas. ¿Qué piensan los niños? ¿Cómo piensan? Todos lo hicimos antes, fuimos como ellos, pero pasó tan deprisa la edad, como un meteoro en la noche, como un obús, que apenas se recuerda.
Lo que les ocurrirá a ellos luego. ¿En qué piensan los niños? El adulto lleva una marcha lenta porque ha llegado. Diría que reposa. Si quieres, va al paso de la humanidad, lento paso, lento caminar de carreta.
Pero el niño vuela, va deprisa, corre vertiginosamente. En pocos años recorre siglos de vida, A mil por segundo. ¿Cómo pueden pensar los niños? ¿Se puede dar mayor milagro? ¿Cómo pueden descansar a tal velocidad? Su vida es un disparo, un pistoletazo, hasta que llegan arriba con los mayores. Psicológicamente, mentalmente.
Un milagro cada niño que hemos de respetar y mirar con asombro. Si pudiéramos entrar en ellos un instante, creo que nos perderíamos, nos asustaríamos. Salir después sería para venerar por siempre sus vidas meteóricas. Respeto y asombro para los niños.
Escribir para niños es empresa ardua y arriesgada. Nada fácil. Llegar al niño con acierto, pura casualidad. Se expone uno a pasarse o a no llegar a su terreno. Quizás lo mejor sea ofrecer, simplemente ofrecer, y que él recoja lo que necesite.
Darle “porque es lo suyo”, me parece demasiada presunción por nuestra parte. La niebla se ha disipado del todo. La niebla es un símbolo de la niñez.
Francisco Tomás Ortuño.
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