Mosén Federico.

12 Marzo 2025  San Maximiliano  71 -  294

   Murcia, miércoles, sin novedad. Te cuento de mis recuerdos:

  11 octubre 1 984.- Il n´est pas encore sept heures.  El día de ayer fue de signo Magisteril:  comienzo y final con “Alumnos en Prácticas”. Por la mañana vino otra vez el Inspector. Estar con los alumnos de Magisterio en mi despacho le serviría para justificar su visita.

   “¿Usted de dónde es?” “, “Oh, buena tierra”. “Yo estuve allí por el año tal con motivo de unos cursillos”. “¿Y usted?”. En fin, interminable. “¿Qué les dice a ustedes la Inspección?”. Era la pregunta que no podía faltar.

   A los Inspectores hoy les preocupa mucho lo que piensen los demás del Inspector, y, sobre todo, siendo alumnos de Magisterio. Don Pedro es un mar revuelto, pienso que un hombre propenso a los mayores desequilibrios mentales y a los cambios más radicales de conducta.

  

   CON DON FRANCISCO ASENSIO:

   Ayer estuve con don Francisco Asensio. Parece que el electro de Ángel no es preocupante. Más bien revela que se normaliza una situación que nos ha venido preocupando. Don Francisco es siempre el mismo: no cambia de una visita a otra, de un año a otro.

   “Hola, ¿qué tal?, siéntese”. Como la primera vez, mira el historial con los mismos gestos y repite las mismas cosas. Don Francisco es serio, educado, elegante. Es de estos hombres que viven la profesión con tal intensidad que terminan adoptando una manera peculiar en su forma de ser.

   Como una máscara que estrenaron el día de iniciar la carrera y no se despojaran de ella ni para andar por casa. Pienso que la mujer le dirá a veces: “¡Hombre, Paco, que estamos solos! Deja de hablar en médico”. Y él no sabrá.

   Hay Maestros a los que pasa lo mismo. A fuerza de tratar con niños, no saben luego hablar con adultos, sino desde ese pedestal en que se colocan para explicar en su escuela: “Como muy bien dices”. “Es que debemos saber que …”

   “Algunos curas lo mismo, hablan como padre y muy señor mío: “Hijo, yo te aconsejo…”. No hay forma de hablar con el otro que llevan anulado, escondido o perdido en alguna parte. Debemos hablar según las ocasiones, bien con el engolado señor de palabras altisonantes bien con el otro más informal, menos rimbombante.

   Hablar siempre lo mismo es haber anulado a nuestro más íntimo dueño, a nuestro más simpático y sincero yo que todos tenemos.

  

   UNA CARTA:

  He escrito una carta al padre. Entre otras cosas le hablo de Rillo por la noticia, como pretexto, de la muerte de don Miguel Iniesta Corredor. Cuando fui a Rillo, el cura me llevó a la Escuela.

   Don Federico o Mosén Federico como allí le llamaban, era subido de color, regordete, y usaba sotana. “Nenes, este es el señor Maestro”, y nos dejó solos. Habría 30 o 40 críos. La Escuela era una sala rectangular, lóbrega, con bancos sucios, medio rotos y una pizarra en la pared.

   Nos pusimos a limpiar y a ordenar lo que había en armarios y mesas. A los pocos días el aspecto de la Escuela había cambiado. Don Miguel vino pronto por la tarde, a la hora de salir. Vino también con el cura. “¿Han rezado los niños?” dijo serio. No sé si porque estaba allí delante el cura o porque decía lo mismo en todas las escuelas.

   Es cuanto recuerdo de este Inspector. Es más, creo que no dijo más en su visita ni volvió por la Escuela después en los dos cursos que yo estuve en Rillo. Su aspecto era de un hombre cuarentón y no muy alto. nunca más volvimos a cruzar palabra. Quizás porque fue la primera visita de un Inspector en mi Escuela, lo recuerdo.

   Don Federico me llevó varias veces a su casa.Vivía con él, para lavarle la ropa quizás, limpiar la casa y preparar comidas, una señora ya mayor, como el ama de Don Quijote. Antes de entrar a la casa había un patio o corral que daba a la calle, con gallinas y conejos.

   Mosén Federico era un típico cura de pueblo, bueno en el fondo, que comía bien, bebía mejor y jugaba a las cartas en el bar. Contaba chistes subidos de tono y se reía él mismo de ellos estrepitosamente. La saliva se le escapaba a raudales por la comisura de los labios.

   Y los puros habanos se sucedían sin descanso, como sus chascarrillos. Entendía bien la vida el mosén. Estaba, creo yo, a medias con Dios y con el diablo. Al final -según me con contaron luego- murió de accidente en una moto.

   Un día, me dijo, que lo mandó llamar el Obispo. “Me han dicho, don Federico, que juega usted en el bar con los mineros. Me han asegurado que bebe usted como un cosaco. A lo que él respondió: “Es cierto, Eminencia. Si no fuera yo al bar, no tendría ocasión de hablar con los hombres de mi pueblo. Ellos no pisan la iglesia”.

   Así era este hombre que presumía de saber cantar la jota aragonesa en doce estilos diferentes. A mí me cantó algunas, pero es mejor no recordar: Voz chillona, ojos vidriosos, y pies que no podían con él por haber abusado de la bebida.

   El día que llegué a Rillo, don Federico me invitó a cenar en su casa. Con nosotros estuvo no recuerdo su nombre pero era el anterior Maestro, don Eduardo quizás. Con el cura se llevaba bien. Estaban muy compenetrados. Bebieron, cantaron y contaron chistes que tuve que reír sin hacerme gracia.

   A mis 20 años, con ilusiones sin estrenar, aquellos chistes y aquellas bromas me hacían daño, me sentaban como una bofetada.

                                                                                                     Francisco Tomás Ortuño

   12 octubre 1984.- Viernes y fiesta, mañana espléndida sin asomo de nubes, ni de viento. día de campo. Miguel tira el zompo en la terraza. Ángel juega con el gato. Mamá tiende ropa en el tendedero y dice que el gato araña los muebles.

   El zompo de Miguel hace mucho ruido encima de nosotros. Los alumnos en prácticas aplicaron ayer una rueda en la clase de Serafina. Se trataba de conocer con 10 preguntas el nivel de los alumnos de cuarto.

   El próximo lunes harán lo propio con los alumnos de sexto. Puede ser interesante. Más adelante en el aula de octavo preguntarán a los alumnos y alumnas qué quieren ser de mayor. Otra prueba consistirá en pedir a estos muchachos que digan por escrito lo que más querían saber y no se atreven a preguntar.

   Preguntas que irían sin nombre de quienes la fórmula. Preguntas que irían sin nombre de quienes la fórmula. Preguntas que después serían comentadas por personas muy preparadas ajenas al centro, como médicos, sacerdotes o expertos en drogas.

   Con don Jacobo se acabaron las funciones del Colegio. Me refiero a las funciones suntuosas y espléndidas que representaba con niños en el Romea. Me temo que no vamos a encontrar a quién lo sustituya. Con don Jacobo termina sin duda una época en el Colegio. Será recordado mucho tiempo por alumnos, padres y compañeros.


                                                                                                       Francisco Tomás Ortuño.

   

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