Sociedad de consumo.
3 Marzo 2025 San Marino 62 - 303
Murcia, lunes, sin novedad en casa, que fuera sí las hay: Trump no apoya a Zelensky contra Rusia; mi nieta Ana Isabel se va a Madrid de monja, el Papa sigue en el hospital, y otras cosas mundanales y celestiales. Yo te cuento recuerdos que conservo de mi Diario.
25 septiembre 1984.- Mamá va a clase de Máquina. Me explico: compramos una súper Máquina marca Alfa para coser y bordar. La casa enseña a manejarla en varias sesiones. Ayer estuvo por la tarde un par de horas. Lina fue con ella.
Hoy ha vuelto. Pienso que el final de la máquina será dormir el sueño de los justos. Cuando Lina sea mayor -y ese luego llegará- los tiempos no serán de máquina de coser. Y Lina, con ilusión porque era de su madre, la guardará en un lugar preferente de la casa. Más allá no llegará.
“¿Qué hace aquí este trasto que no sirve para nada?”, dirán luego. Y la máquina de coser Alfa que hoy se estrena, irá con mi Copa y otros objetos al cementerio de cosas inútiles. No son estos, no van siendo ya, tiempos de máquinas de coser.
Yo recuerdo que mi madre por las tardes, y por las noches sobre todo, usaba la suya, no tan elegante ni tan cómoda. Era pequeña, sin pie, que tenía que mover a mano. Luego llegó a tener otra con pie, más grande, más presuntuosa.
Desde que murió Emilia -como única hija, todos pensábamos que la máquina sería para ella- por respeto a su memoria, quizás, no ha vuelto a usarse. “Enhébrame la aguja hijo”, decía, para terminar con el consabido “que Dios te conserve la vista”.
De pequeños, ¡cuánta ropa con remiendos: pantalones, camisas, calcetines… La máquina de coser era necesaria, hasta imprescindible. Las niñas aprendían a coser como hoy se aprende a escribir a máquina. Hasta aprendían a bordar. La ventana de Esperanza, mi vecina, era un jardín.
Por las tardes, las jóvenes reían y cantaban sin cesar mientras que cosían y bordaban. Ahora son otros tiempos, de usar y tirar. Nadie remienda. Y es lógico: vale más el tiempo y el trabajo que uno nuevo. Y me estoy refiriendo lo mismo a zapatos, maquinillas de afeitar, o muebles.
Nadie recompone. Cuando no sirve una cosa, se tira y santas pascuas. Se vive deprisa, se vive bien. diría que demasiado bien. Nos sobran cosas que tenemos. Los jóvenes creen que todo es poco y exigen sin contemplaciones. No han conocido otros tiempos.
No saben lo que es vivir con menos cosas, pero se vive con muchas superfluas. Volvería al terreno de la sobriedad, No a la miseria, pero sí a lo justo. Vivir hoy exige tener más que nunca para comprar coches, casas, televisiones, vídeos, de todo. Es difícil vivir porque necesitamos mucho.
La sociedad de consumo. Queremos tener de todo, y ello exige mucho. Tiempo difícil vivir hoy, aún cuando se viva mejor que en jamás de los jamases. ¿Quién no tiene hoy su televisor en color? Sé de quien pone los muebles de su casa, aún nuevos, en la puerta para que se los lleven.
Un dormitorio que no me gusta, un comedor que no me va el color. Son tiempos de usar y tirar, de vivir bien, al día, de ahorrar poco, de gastar, de viajar, de comer bien… No son tiempos de máquinas de coser. Las cosas se compran nuevas y se tiran pronto. La gente no cose.
Lina con sus 10 años lo comprende así. Ayer acompañó a su madre, hoy no ha vuelto. La ola nueva la arrastra. Su madre quiere que aprenda a coser, a coger la aguja, a bordar, pero no se da cuenta de que el tiempo es fugaz y con él vuelan costumbres y modas.
Lina es de ahora y de mañana, nosotros de ayer. La máquina es de nuestro tiempo y aunque cueste reconocerlo, murió con nuestra juventud. Querer arrastrarla contra viento y marea es locura.
Cada época tiene sus necesidades y sus costumbres. No nos empeñemos en revivir lo que está condenado al olvido. Nuestra flamante máquina de coser será, eso sí, un objeto de adorno o una pieza de museo, pero nada más.
Francisco Tomás Ortuño.
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