Comentarios de corrillos. Cartas y papeles viejos.
20 abril 2025 Pascua de Resurrección San Aniceto
Murcia, domingo, sin novedad. Te cuento:
8 julio 1985.- Jueves precioso, tranquilo, feliz. La madrugada, viendo nacer el sol por la loma de enfrente, la pasé leyendo bajo los pinos, junto a la piscina. Un sueño convertido en realidad a la sombra de los pinos de dos metros que pusimos nosotros mismos hace unos años. ¡Qué bien se estaba bajo el toldo, oliendo a pinos propios, que parecían más pinos que los demás!
Baltasara -nombre ficticio- no simpatiza con el Opus. Habla mucho Baltasara; creo que demasiado. Las personas deben cuidar en extremo lo que dicen. Las palabras pueden hacer daño. Son nuestros pensamientos y nuestros sentimientos los que afloran en forma de lenguaje. Y nuestro mundo interior debemos mirar muy mucho si conviene sacarlos afuera.
A las personas se les conoce por lo que dicen. Callar es siempre una virtud. Hablar más de lo debido es necedad. Baltasara dijo algo que rayaba en la calumnia: que si esta chica pasaba horas en la discoteca, que si fulano se divorció por ella, que si el hermano es del Opus… La opinión que nos merece una persona puede cambiar fácilmente.
Todos pensaban bien de aquel, hasta que habló por primera vez. Y es que lo que somos se escapa por la boca y hay que llevar mucho cuidado con abrir el grifo sin ton ni son, sin pensar en lo que decimos. La murmuración siempre es odiosa y revela envidia y podredumbre en quien la profiere. La calumnia es peor aún.
Murmurar es exponer a los demás defectos de nuestros semejantes; calumniar es inventar, decir falsedades de otros, para que se los desprecie y señale. Tanto la murmuración como la calumnia dicen poco del cristianismo de uno.
Baltasara, como tantos, debiera callar lo que reparte como semillas que se lanzan al aire. Lo Cristiano es buscar remedio a los males en silencio. Lo menos Cristiano es divulgar la noticia con calor en cada esquina como vulgar pregonero.
Es canallesco y ruin hablar de esta guisa de nadie, como canallesco y ruin escucharlo sin rebelarse. La postura cristiana ante la maledicencia, es decir: “No sigas, por favor, que eso es murmurar”.
Yo no digo que no sea verdad lo que se cuenta, pero es posible que una serie de circunstancias o imponderables obliguen a actuar de tal forma. ¿Quién le dice a quien murmura los motivos de la falta que pregona? Este es quizás el último en conocerlos, o tal vez desconoce en absoluto los motivos que indujeron a esa persona a obrar así: “Lo he oído decir”, “Me lo han contado” …
¡Cuánto daño y cuánta irresponsabilidad en los comentarios de corrillos! ¿No sabes que ser cristiano, amiga Baltasara, es sentir con amor o con caridad y no destruir a otras personas, sino buscar hacerles bien sin que nadie se dé cuenta? ¿O en el peor de los casos callar, disimular?
Ayer cayeron en mis manos, buscando entre papeles viejos, unas cartas. Por las fechas en que fueron escritas estas cartas, las leí con interés desde enero de 1964 a agosto del mismo año; un paquete de cartas que después rompí y eché al fuego. Fechas de la muerte de Emilia.
Por estas cartas he recordado también un salto poco afortunado que di en el patio del Colegio de Cehegín, del que por mi rodilla derecha estuve meses sentado en una silla y faltando a mis obligaciones profesionales.
La muerte de Emilia, la estancia en casa de mi prima Mercedes durante una temporada; también describía en ellas cómo era el Colegio Pérez Villanueva de Cehegín y cómo eran las calles y la huerta de este pueblo.
Muchos recuerdos agolpados de hace 20 años, que parecían de ayer mismo. Además de las cartas que escribí, he visto unas recetas de don Raymundo Muñoz y del doctor Valenciano.
Las mismas me han sacado de una duda que tenía a la muerte de mi hermana. Justo entonces, que no después, siguió para mí un periodo de nervios descontrolados, de visitas a psiquiatras, las recetas de Tofanil, Valium, Diazepan, Tryptizol y otros calmantes me lo confirman.
Desde la muerte de mi hermana Emilia, mis nervios me sumieron en miedos y sobresaltos hasta mi boda. De marzo del 1964 a enero 1967, un largo período de casi tres años que no quiero ni recordar.
Fue el doctor Valenciano, muerto recientemente, quien me dijo a mi pregunta de si podía casarme: “No solo puede, sino que debe hacerlo, por su bien”. A los 15 días de su consejo contraje matrimonio.
Después ya no he vuelto al psiquiatra ni a tomar pastillas de aquellas que atontillaban o daban sueño.
Francisco Tomás Ortuño.
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