Hablar en público.
5 Abril 2025 San Vicente Ferrer
Murcia, sábado, sin novedad por aquí. De mocedades:
18 noviembre1984.-
Amanecemos en el chalé mamá, Lina y un servidor. Los demás quedaron en Murcia con la yaya Isabel. Hemos puesto cipreses de la piscina para arriba haciendo de valla. Los compramos ayer en un vivero que hay a la salida de Molina.
Un vivero grande, fenomenal, con plantas de todas las clases habidas y por haber. Los cipreses que compramos tienen 50 cm poco más o menos. La tierra, mojada por las últimas lluvias, inmejorable. Han quedado plantados, pues.
Las manos expertas de mamá, con la ayuda inestimable de Lina y mías, que le bajamos piedras y le arrimamos tierra. María Dolores ha pedido un permiso por enfermedad. Quizás se jubile. Retirarse del trabajo para nunca más volver, puede ser muy delicado de asumir.
Puede cogerse tristeza, añoranza o morriña. Dice Victorio Esteban que en el Ayuntamiento no se entienden los concejales. ¿Pero, es posible que esto ocurra? Quién te iba a decir, querido pueblo, que te verías así.
Que si esto no se hace; que si aquello lo dices porque quieres. Que no, amigos míos, política de pacotilla es esa, como hay muchas por ahí, de chatarra, de poco peso, nada práctica. Discutir por discutir no es serio. Cuando se gobierna un pueblo hay que pensar más allá y mejor.
Da pena saber que no os reunís a pensar seriamente en lo que puede hacerse por el pueblo, para bien de los ciudadanos. ¿Quién ha renunciado a cobrar un duro para que de él se beneficie el pueblo? Si hay uno que lo haya hecho, ahí está el primero que demuestra ser el mejor político de su tierra.
Cuando alguien haya renunciado a figurar en listas de relumbrón, pensaremos que hay políticos que miran por Jumilla.
Francisco Tomás Ortuño
19 noviembre 1984.- Hoy hemos hablado con los Alumnos en Prácticas. Se ha acordado nombrar a cada futuro maestro un Tutor que lo oriente. Este, en su día, emitirá la Calificación de sus Prácticas en el Colegio.
Se quejan los Profesores de la Escuela de Profesorado de EGB, que nos visitaron, de que otros años se ha calificado igual, con la máxima nota, a todos los alumnos, como si fuera posible que todos respondan a las mismas brillantes cualidades pedagógicas.
Y es verdad: nadie es igual a nadie. No se puede decir que todos fueron igual en sus Prácticas, como no podemos decir de los niños que se saben lo mismo la lección, o que trabajan de la misma forma. Uno destaca en esto y otro en aquello.
Ahora bien, si de lo que se trata es de emitir un juicio de los alumnos durante su periodo de Prácticas, creo que bien pueden merecer la misma Calificación. De esto a que luego vayan a ser excelentes maestros media un abismo.
Los alumnos saben muy bien que están siendo observados, que serán calificados luego, y por tanto que deben actuar en consecuencia. Y lo consiguen la mayoría: son buenos actores que las prácticas sean una garantía del éxito posterior.
Jamás la Calificación de tres años en la Escuela debe decir gran cosa a la hora de ponderar virtudes en el estudiante de magisterio. Debía de ser simplemente así: asistencia a unas clases para conocer sobre el terreno lo que después habrá de ser su medio de vida y de trabajo.
Ver cómo trabaja un maestro y ver cómo son los niños de cerca, creo que en esto deben estribar las prácticas. En cuanto a la Calificación creo que no debe salir de la escuela una Nota para el que practica -practicante o qué hace las prácticas-.
Hay otro punto que me preocupa. Si el alumno debe ser calificado por el Tutor que le toque en suerte, ya tenemos diferencias, ¿Califican igual todos los profesores? ¿lo que a uno merece un 8 a otro merece un 6; lo que para uno es un 10, para otro es un 7. ¿Y que se merece el alumno de que su Tutor sea un tacaño a la hora de ponerle Nota?
El problema de las notas nos lleva de cabeza muchos años. Y las llevamos a los pobres alumnos de prácticas para que ellos sigan. ¿Notas para qué? Dale un 10 y luego será maestro de 5. Dale un 5 y luego resultará ser un fuera de serie.
Antonio sale con los niños fuera del aula. Recogen informaciones que luego llevan a sus cuadernos de trabajo, como hacen con plantas e insectos en las clases de Ciencias Naturales. Antonio es profesor de Lengua.
La lengua es un área interesante y necesaria para la vida. El niño que aprende bien a hablar y a escribir lleva mucho adelantado. Quiero decir que luego sobresaldrá en la sociedad. El lenguaje es necesario. Antonio enseña bien la lengua, como jugando.
Los niños recogen noticias de la radio, de la televisión, de los periódicos, de la calle, que después llevan su trabajo bellamente ilustrado a la clase. Aprenden a redactar, a decir, a escribir, a resumir, a conocer la esencia de las cosas en la clase de Antonio.
Hay otro aspecto que valoro en extremo. Es el que se refiere a hacer hablar a los niños delante de los demás. Para mí enseñar a hablar, a expresarse, a decir algo delante de personas, ya es interesante. Muchos mayores que no tuvieron este aprendizaje, no se atreven a leer y menos hablar sin papeles ante el público.
Es miedo lo que sienten. Creo que estos niños que se acostumbran a hablar en la escuela delante de sus compañeros están aprendiendo a no tener miedo de mayores delante de los demás. Buena labor en fin la de Antonio.
Leí en “Como ganar amigos “de Dale Carnegie que un médico se sintió enfermo cuando tuvo que hablar por primera vez en público: enfermo de miedo, no pudo ni abrir la boca. Lo cual le hizo pensar en esta situación y por si volvía a repetirse se preparó en el arte bonito y delicado de hablar en público:
Pronto destacó en este campo y era llamado a dar conferencias en distintos medios y centros culturales. Había que enseñar el arte de hablar en las escuelas, de hablar en público, de exponer puntos de vista particulares a los demás, de sentirse cómodos ante un auditorio.
Sabemos que las discusiones suelen ganarlas los que mejor hablan, los que mejor están preparados para estas lides. Los políticos son maestros en el arte de la oratoria. Tienen que saber decir bien. De lo contrario no convencen, y eso lo saben ellos.
En el decir está la mayor fuerza de sus razonamientos. Hasta lo falso con buenas palabras se disfraza de tal forma que parece verdad. Si dos personas discuten sobre un mismo tema y cada uno defiende un punto de vista opuesto, ganará siempre el que con más rotundidad se exprese.
No le demos vueltas, hay que enseñar a hablar, hay que llevar la oratoria a las escuelas. El que no sabe expresar sus ideas a los demás o siente pavor delante de las personas, no podrá jamás defender una causa con éxito.
¿Cómo va a ser lo mismo defender la divinidad de Cristo, pongo por caso, con calor y fuego que callar ante un adversario mediocre que quiere convencer a los que escuchan que Jesús no era hijo de Dios? Hay que hablar, hay que discutir, hay que convencer. La clase de don Antonio Vicente me encanta.
Francisco Tomás Ortuño.
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