La llamada del sexo.
12 Abril 2025
Murcia, sábado, sin novedad en casa gracias a Dios. Te cuento del ayer:
7 julio 1985.- Domingo. Misa en Santa Ana. Gente forastera a mogollón. La Misa la ha dicho un fraile gordo, bajo, anciano. Una Misa sencilla, sin pretensiones. Delante de mí estaba doña Marina, ya anciana, con Eloísa y Maricruz, también mayores ellas, muy mayores.
Las personas tenemos un sentido experto para conocer edades. No sé si me explico: yo veo a una persona y por más que se tiña el pelo o se quite arrugas, me dice este sentido -que no sé dónde reside, dicho sea de paso- que es mayor. O veo a otra y enseguida la distingue como joven.
En las estaturas, lo mismo. Algo nos dice que una persona es baja, normal, o alta, con suma precisión. No hay que medir. Ese golpe de vista, ese sentido de la medida, nos dice normal, bajito o no da la talla.
Un cuerpo joven atrae; un cuerpo viejo repele. En Santa Ana había una joven de pie. Los hombres que estaban cerca la miraban. No sé si ella se daba cuenta. Indiferente seguía la Misa. Doña Marina, con toda su ciencia y su menjurje, repelía.
Su cabello cano, sus carnes flácidas y su boca marchita llamaban a la huida. Es así, hay un sentido en nosotros que nos dice sin titubeos la edad de la mujer.
Otro problema es el de la mujer frígida y la mujer fogosa. Entre las jóvenes hay sus grados: unas más otras menos, a la llamada del sexo: unas dos, otras 5, otras 10. Toda una escala en su fuerza de atracción. El hombre. igualmente las distingue.
No hace falta ser un lince para descubrir el grado de fuego que cada cual lleva: la mirada, los gestos, las palabras, las insinuaciones, lo dicen claro. El cuerpo es un modelo de democracia. Si duele el estómago, todo se resiente. Lo mismo un pie que una muela.
Es un todo que funciona de acuerdo con un plan establecido de antemano. Muchos elementos trabajando por la felicidad del compuesto. Si algo falla, el sincronismo se rompe y la máquina lo advierte. Tiene que ir todo bien para que el cuerpo funcione a la perfección.
La familia, si te fijas, es también como el cuerpo: otro ejemplo de vida comunitaria, donde si algo falla el conjunto se deteriora. Fíjate, ¿funciona siempre cómo debe? No. ¿Por qué? Porque hay algún impedimento para su perfecto engranaje.
En el cuerpo puede ser un diente; en la familia puede ser un miembro de esta. Que la familia no marcha se nota pronto por sus ruidos, su falta de alegría o su brusquedad, no sé, pero la familia es como un cuerpo o debe serlo, un todo que debe funcionar a una.
Hay por desgracia muchas familias tristes -triste familias- y amargadas, les falta algo: una pieza que renovar, una grasa que dar, una revisión que hacer. Las familias tienen sus gangrenas que van poco a poco minando su salud.
Si no se cura a tiempo puede llegar a la destrucción y a la muerte. Gangrenas pueden ser unos celos, una envidia, un rencor, una avaricia. Cuando aparece el mal deben todos acudir a remediarlo como ocurre con los males del cuerpo, por el bien de todos.
Si un elemento familiar, -un hijo, el padre-, sufre con el bien de su hermano o no lo soporta, la unidad familiar puede ir al traste. Si, entre todos deben poner remedio, diciendo las cosas por su nombre: a ti te ocurre esto y debes corregirte.
Hay veces, con todo, que es difícil descubrir el origen de una situación adversa. En el cuerpo hay piezas recambiables, como un hueso o un riñón. No así en la familia: si la infelicidad es producida por imponderables -llámese tiempo atmosférico, humores viscerales, temperamentos, etc., - poco puede hacerse.
No cabe el recambio, ni las buenas intenciones. Cuando una persona actúa en contra de la unidad grupal por sistema, no cabe sino aceptarla los demás como elemento conveniente, aun cuando sea perjudicial. Ya viene de lejos la disputa: Caín mató a su hermano Abel.
¿Qué pensaría Adán y Eva? ¿Cómo encajarían el golpe viendo a sus hijos matarse? O sea, que las luchas fratricidas han existido siempre. No veo mejor solución en estos casos que aceptar los hechos como inevitables y tratar de curar con amor. No hay maldad. Hay enfermedad. Debe haber caridad más que odio.
Francisco Tomás Ortuño.
Un sábado, el párroco fue a visitar a un feligrés que se encontraba enfermo. Llamó a la puerta de la casa una vez, otra vez y otra vez; así hasta 10 veces, pero no le abrieron. Antes de retirarse tomó su tarjeta y escribió en ella: no olvide leer, Apocalipsis 3:20, y la dejó debajo de la puerta.
El lunes siguiente, al contar la colecta del domingo, el párroco encontró la tarjeta que había dejado al feligrés enfermo junto a lo que él había escrito. El feligrés había añadido: Lea por favor, Génesis 3:10. Y el párroco se echó a reír. El feligrés tenía mucho sentido del humor.
¿Otro? En una cena de amigos, la madre dice a su hija de 6 años:
-¿Te gustaría bendecir la mesa?
La niña le responde: -No sé qué decir, mamá.
-Di sencillamente lo que has oído decir a mamá, sugiere la madre.
Entonces la niña, sintiéndose más segura, inclina su cabeza, junta sus manitas y dice: “Dios mío, en qué momento se me ocurrió invitar a tanta gente a la mesa”.
F. T. O.
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