Mamá es fuerte, incansable.
18 Abril 2925 Viernes Santo
Murcia, viernes, con la novedad que Lina nos ha dejado hasta el lunes que volverá de Valencia. Que Pascual ha venido por Lina, creo que a descansar. Que Ángel vendrá mañana con mujer e hijas más o menos -en el más habrá sorpresas; en el menos, mi nieta Ana-. Que Francis prefiere Águilas a Murcia en Semana Santa.
CREO QUE SE LLAMA ROQUE:
Ha pasado treinta años en su quiosco vendiendo pipas y caramelos. Treinta años son muchos años, ¿no crees? Ahora se ha jubilado y lo han vendido. Me lo decía esta mañana.
Roque, si es que se llama así, no debe encontrarse después de tantos años metido en su diminuto cuartel desde las siete de la mañana a las diez la noche, domingos y no domingos, festivos y días laborables. Una vida sencilla la suya, esperando siempre.
Dos condiciones, pienso, para ser feliz: vida sencilla y esperar. Roque, entonces, debe de haber sido feliz y así lo confiesa ahora. “He visto crecer el pino que hay junto al kiosco y le he ayudado con riegos y productos a subir”.
Creo que habrá sido feliz este hombre a lo largo de sus dilatados 30 años de quiosco en el jardín del Caracol.
Roque, si es que se llama Roque, sin pensarlo, quizás, ha sido un gran filósofo. Ha sabido encontrar, en tan poco espacio, un mundo feliz, poco complicado, con la incertidumbre de sus ganancias cada mañana, sin convulsiones en su vida.
Francisco Tomás Ortuño.
17 julio 1985.- Miércoles, día espléndido, hemos puesto un murete de piedra; se han quemado matojos secos por la orilla del camino. Mamá quiere dejarlo todo como un jardín. Mamá es fuerte, incansable.
En las personas, aún sin saberlo, hay virtudes y defectos que viven más o menos solapados u ocultos y nos hacen obrar de una manera u otra. Los demás, si nos observan tiempo, llegan a topar con esos ocultos inquilinos y comprueban ciertos modos de actuar.
Por ejemplo, hay personas soberbias y ante los demás pasan por personas humildes. La soberbia va con esa persona pronta a manifestarse. Se ocultará mucho, se esconderá, se tapará a los demás, pero se lleva ahí.
Es la lucha de la inteligencia con esos seres que van con nosotros y que dicen mal de nosotros por lo que procuramos esconderlos, ocultarlos. Pero soberbia e inteligencia saben que la persona es feliz cuando actúa por ella.
Va marcada la persona con esa característica y goza siendo ella misma. No debe ante los demás aparentar su orgullo o su soberbia, pero es ella en parte y se realiza actuando con su soberbia. Antes o después estas personas que tienen arraigado con raíces profundas este vicio, actúan con soberbia. Una guerra civil constante en su persona.
Ante una soberbia fuerte, dominante, no puede hacer nada la voluntad ni la inteligencia -o muy poco-. Ante una lujuria enferma y desbordante, poco puede la razón. Ante una envidia insana, la mente se derrumba. La razón se obnubila y cede o desaparece para luego lamentar los hechos.
El soberbio nato no puede no ser soberbio. El envidioso lleva la raíz de su envidia por la médula de su ser y no le deja obrar sino en envidioso feroz. Lo mismo el avaro o el perezoso. ¿No puedes corregirte?, se le dice de niño. Pues no, así de claro.
Ha nacido así y así ha de aceptarse. ¿No hay matices en la piel? ¿No hay diferencias manifiestas en el rostro? Pues ¿que nos extraña que en lo espiritual ocurra otro tanto? ¿O es que hay un canon de belleza física al que nos podemos igualar por nuestro gusto?
Debo ser más alto, con las orejas de este tamaño o los ojos más pequeños. No puede ser. Hay que conformarse con lo que se trajo al mundo, con lo que nos dio naturaleza. Pues, así como ocurre con el cuerpo ocurre con el espíritu.
Somos ya cuando nacemos distintos a todos y de una forma singular, determinada, que no podemos cambiar. Un lunar en la cara lo disimulo, pero el lunar persiste; una soberbia la escondo pero al fin se revela, se manifiesta y nos hace ser nosotros mismos.
Por lo que digo antes, las personas deben aceptarse como son: por ellas mismas y por los demás, Es un conocimiento necesario para la convivencia. La lucha constante por nuestra manera de ser es absurda y a nada conduce.
Cuando nacemos traemos ya la suerte de ser altos o bajos, flacos o gordos, buenos o malos, airados o flemáticos, soberbios o humildes. Querer disimular lo que somos en realidad nos lleva a la comedia de la vida, al doble papel de las personas, a la máscara y al disimulo.
Sería más honesto decir cada uno: soy así y no puedo ser de otra manera os guste o no os guste. Es como decir: “Soy bizco y sin remedio”. La vida debe llevarnos a ser sencillos y humildes con nosotros, que es tanto como aceptarnos como somos sin preocupaciones ni miedos.
Francisco Tomás Ortuño
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