Matón perdonavidas.
26 Abril 2025 San Isidoro
Murcia, sábado, “Entierro de la Sardina”, buen tiempo contra pronóstico y sin novedad en casa. Te cuento de hace años:
26 julio 1985.- Viernes caluroso. De casa traje un libro de mi infancia: Joyas Literarias, de Félix Martí Alpera. En este libro leíamos en la escuela. Cada una de sus páginas me trae recuerdos de mi niñez.
Mi compañero de pupitre, Pepe Soriano, y yo jugábamos a sacar fotos abriendo al azar el libro: Duque de Rivas, Pedro Antonio de Alarcón, Juan Meléndez Valdés, Gertrudis Gómez de Avellaneda… Cada rostro me resulta familiar ahora, como cada nombre y cada texto literario.
“El juego de un niño”, de José Enrique Rodó, lo he comentado en varias ocasiones; la poesía “La pedrada”, de Gabriel y Galán, la aprendí de memoria, como “El gaitero de Gijón”, de Campoamor, y otras poesías del libro.
En Jumilla he saludado a Celestino y a su hermana Margarita. Decir en su casa es decir en la casa de sus padres, en la calle Lerma. Se respira en ella la misma paz y el mismo sosiego de hace ya muchos años. El tiempo se detuvo allí.
¡Qué delicia volver a estos lugares y comprobar que las cosas siguen donde mismo! Solo eché de menos a los padres que nos acompañaban antes en tertulias intrascendentes. En su lugar había unas fotos presidiendo la estancia.
He dicho ya que los cambios producen malestar: mudanzas, retornos, idas y venidas -tantas idas y venidas -tantas vueltas y revueltas -quiero amigas que me digas ¿son de alguna utilidad? -, producen, sin duda, nerviosismo e inquietud.
Se agradece volver a una casa que permanece intacta durante décadas, como ocurre con los vinos de solera. Yo he disfrutado esta mañana conversando con mi amigo en el porche grande de la casa, sintiendo con nostalgia el paso del tiempo a través de los objetos que mudos permanecen donde mismo los conocí.
En el camino de vuelta, cerca de la ermita de la Asunción, he estado con Teófilo. Este señor enseñaba la teórica en la autoescuela Losada, cuando saqué mi carnet de conducir hace ya 15 años.
Cuando paso con el coche por su casa, verano tras verano, lo veo sentado en su puerta. Hoy, que he pasado sin coche, me he parado con él. Teófilo ya es viejo. De cerca, le veo arrugas en la cara, y lo veo fatigoso.
- “¿Cómo va la Academia?”, le he preguntado.
- “La dejé hace ya tiempo”, me ha respondido. “Pero va mal”. No comprendo por qué -continúo- cuando hoy cuestan más de 50.000 pesetas sacarse el carné.
- Teófilo piensa que lo mejor sería que los Ayuntamientos enseñarán gratis a los jóvenes conductores. “No hay derecho a que esta enseñanza sea tan cara”, concluye.
- Advierto en sus palabras como un vago resentimiento contra las autoescuelas, como de no quererlas por algún motivo personal. Nos despedimos. ¿Cuándo volveré a estar de nuevo con Teófilo?
- Sentado en su puerta seguirá viendo pasar coches, entre ellos el mío, algunos años tal vez. Cuando le eche de menos, pensaré que “ha cruzado la raya”. ¿Se acuerda, Teófilo, cuando nos enseñaba las señales de tráfico?”. La mirada de este hombre, ya anciano, se pierde más allá de mi persona.
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- Buscaba a Dionisio, mecánico, y he dado con el taller del Cheli, hijo de Joselito. No el torero sino el de la División Azul. Como sabemos, en la Segunda Guerra mundial -del 39 al 45- España no intervino; pero participó con jóvenes ilusionados de todas las regiones españolas.
- Uno de estos jóvenes de la División Azul fue Joselito. Mi primo Pepe de Elche de la Sierra, fue otro de ellos. A su vuelta, cada cual contó sus aventuras y desventuras, más calamidades que glorias, como mejor supo o le convino.
- Luego vivieron de las rentas muchos años hasta que por razones que todos sabemos los vientos se cambiaron. Muchos años, demasiados años de recuerdos. Recuerdos que lo más seguro recuerdan unas canciones, unas marchas y unos meses de vivir alejados de los suyos.
- Joselito fue muchos años policía, el Policía Municipal de Jumilla por antonomasia. Era el terror para los niños y para los que ya no eran tan niños. “¡Que viene Joselito!”.
- Seguro que en ocasiones se pegó con gente, amenazó a otros con la pistola y el bergajo. Joselito era el matón con aire de perdonavidas y de emprenderla a puñetazos con cualquiera. Cheli, su hijo, ha montado un taller de reparaciones para vivir.
Francisco Tomás Ortuño.
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