Olores.

 7 Abril 2025  San Juan Bautista de la Salle 

   Murcia, martes, sin novedad. Te cuento de atrás, que es más seguro:


   23 noviembre 1984.- San Vicente. De nuevo San viernes.

     Se huele a café. Se huele demasiado a café. En la esquina hay un tostadero, y su olor se expande a los vecinos te guste o no te guste, te agrade o no te agrade. Te siente bien o te siente mal, cada mañana has de tragarte tu buena dosis de olor.

    En la sociedad se mira poco por los demás. Cada cual va a lo suyo. No se pregunta si molesta o no, El sabor a café lo tenemos en el paladar. Más que olor es que se masca el café. Debe llegar en oleadas densas a las casas. Menos mal que el olor a café se soporta bien.  

   En Molina es peor. Allí se huele a ajos. Hay una zona, a la entrada de esta bella ciudad, que huele mucho a ajos. La gente que viva cerca estará inmunizada contra estos olores fuertes y penetrantes. Nosotros, cada vez que pasamos por allí, nos tapamos las narices.

  Yendo a Cartagena, siempre por donde mismo, se huele a retrete. Este olor es insufrible. ¿Es que estarán allí cambiando en todo tiempo la basura? Pestilente de verdad. El coche se nos llena de partículas olorosas de fosa séptica. “Abrid ventanas que se vayan”, repetimos a una.

   La gente va a lo suyo. La vida de relación es dura y difícil. Y hablando de olores, ¿qué me dices de algunas personas que huelen a perros muertos? Esto ya es más de lo que uno es capaz de soportar.  Si debes compartir tu asiento en un viaje largo con una de estas personas, ¿qué haces?  

   O que hablas con personas que no cierran la boca, y te echan el vaho cual lombardas en tu boca. Cuando huele mal el aliento, es que salen gases de un estómago sucio, que es como de una fosa séptica.  El sudor debe tener también sus días. Cuando lo tiene malo, no hay quien lo aguante.

   La vida de relación es difícil. Si dejas los olores, coge los ruidos: la moto que pasa como una exhalación por tu lado haciendo un ruido de ametralladora; el coche que toca cerca el claxon y te haces saltar del susto; los estridentes ruidos de sierras, que chirrían cerca de donde vives; las sillas de tu vecino de arriba; el ladrido de los perros…

   Si no quieren los ruidos, ¿qué me dices de los perros ensuciándose en las calles -como personas, eh, que tú lo sabes como yo-, escupitajos en las aceras, que debes ir sorteando para no pisar y tienes que ir mirando…. la cosa tiene gracia.  Sin duda, la vida de relación es difícil.

                                                                                                            

Francisco Tomás Ortuño



   24 de noviembre 1984.- Sábado. Se llamaba Salvador. Iba en segundo curso. Tiene 12 años y vive en la Arboleja. Jugando en el recreo, se dio con los dientes en un barrote del jardín. Lo entraron al botiquín pero advertimos enseguida que el caso requería otra clase de atenciones.

    Lo llevamos al ambulatorio y el dentista le mandó los primeros cuidados para evitar males mayores. Salvador, con sus pocos años a cuesta, miraba asustado. ¿Qué sentirá en esos casos un niño? Difícil recordar nosotros experiencias semejantes que quedaron atrás.

   Salvador sangraba por la boca. El algodón que le pusieron se llenaba pronto de saliva sanguinolenta. El maxilar superior era una carnicería. Según el médico, tenía dos dientes rotos y otros dos incrustados en las encías.  

   Con la cara algo hinchada por el golpe, Salvador se quejaba con soponcios, no con gritos estridentes. Como era de esperar, era susto lo que reflejan sus ojos. Le dimos diazepam para que se tranquilizara y lo llevaron a casa a unos kilómetros en coche por la hermosa huerta que unen o separan a Murcia de la Arboleja.

 “Dende Murcia a la Arboleja” se titula un libro de poemas panochos. El autor conocería bien ese camino para cantarlo en sus versos. En la casa de Salvador nos recibió su abuela, una mujer de unos 60 años. Encajó el golpe con cierta tranquilidad.

   Para saber lo que es la huerta de Murcia, nada como ir a la Arboleja. Qué delicia será vivir allí entre huertos repletos de naranjos. Las viviendas son más chalés que casas de labradores. Quién iba a pensar hace unos años que en las puertas de unas casas de campo habría  una cochera.

   Las mulas, los arados y los carros se sustituyeron por coches y televisores.

                                                                                                  

Francisco Tomás Ortuño.

 

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