La calle de la Feria.

14 Mayo 2025 San Matías  Año: 134 – 231;   Sol: de 7 a 21´23;   Luna:  de 23´40 a 8´20 del 15 

   Murcia, miércoles, sin novedad en la casa, aunque todo sea distinto cada día. ¿Nos damos cuenta de que no hay dos días iguales, ni dos momentos?    La vida se compone de miles y millones de instantes que tenemos que salvar en nuestro individual recorrido hasta el final de nuestra vida.


   Te cuento momentos pasados y ciertos que tuve que  pasar con ayuda de tu madre por aquellos años:

   16 de agosto 1985.- Anoche fuimos a la feria. La feria de Jumilla es grandiosa. Hace ya muchos años se instalaba en la calle Mayor, que aún hoy por tal motivo se la conoce por la calle de la Feria.

   Habría, me figuro, cuatro puestos de juguetes, donde los papás compraran las peponas y los lavabos de hojalata a sus hijas, los carros con sus mulas a los hijos, y los puestos de turrón para obsequiar a la señora.

   Contaba el abuelo que en uno de estos puestos todo se vendía a cuatro perricas. Serían, quizás, los comienzos de los grandes comercios actuales de nuestro pueblo.

   Más tarde, cuando los tiempos eran otros, la Feria se trasladó al jardín de Abajo. Los puestos de juguetes, turrones, y ruedas -caballos, cadenas, barcas, norias, y poco más- se colocaban por fuera del jardín.

   Ahora la Feria se abre hacia arriba y hacia abajo con bares y terrazas por doquier, con el jardín por todas partes, con el paseo de la estación y las anchuras enormes que quedan hasta terminar dicho paseo.

   La gente se reparte y transita con bastante fluidez. Pocos pueblos dispondrán de espacios feriales tan bien dispuestos y aprovechados como en Jumilla.

   La población en masa va al lugar común estos días, que es el jardín del Rey don Pedro. No solo la población de residentes sino muchos que vuelven a la patria chica de otras provincias, y muchos también que se desplazan de pueblos próximos y campos de nuestro término a gozar del espectáculo.

   A Lina lo que más te gustó fue montar en el Escorpión; a Miguel dar saltos en la cama elástica; Ángel iba en plan de persona formal con unos amigos. Montó, sin embargo, con Lina en los coches de choque y en otras ruedas.

  Juan Francisco, de José María, daba saltos con su primo Miguel, Pascuala, Juana y Antonia se refrescaban con agua de limón. José María y yo sacábamos monedas de a cien sin parar de los bolsillos para poder dar abasto a las manos que nos asediaban.

   Para hablar en la feria hay que gritar. A veces, ni eso es suficiente. Hay que acercar la boca a la oreja del receptor. Como en auxilio de ahogados, se aplica el boca a boca. Lo mejor es no hablar. Solo andar, librarse del tumulto lo mejor  posible y mirar caras.

   Solo eso es divertido: ojos abiertos para captar los rostros;  ojos abiertos para reconocer a personas que se fueron hace muchos años del pueblo;  ojos  para mirar por encima de ruidos y de ruedas.

 

   La casa de Valero ha sido invadida por amigos de Valencia. Es la cita de otros años. La casa se llena de gritos y de risas. Juan, pronto, dirige el coro de bromas para que se rían a placer. ¿Son diez, doce, quince personas?

   Las casas tienen un límite. Para sentirse cómodos hay que no rebasar el límite. Donde caben tres caben cuatro; pero quince más de la cuenta, son muchos.

   Ya otros años lo han hecho. Como estos números de circo que no te explicas cómo puede ser, así es esto: diez, veinte, treinta personas para cuatro habitaciones. Todos entran y todos caben. Y al día siguiente salen como si tal cosa.

   Milagro de la física. Lo que pasa en la casa de mi vecino es un prodigio y es que cuando se quiere algo los inconvenientes se anulan. En cinco minutos la invasión es total: la piscina, los pasillos de la casa, las terrazas.

   Como un fuego que se propaga vertiginosamente, las llamas devoran el edificio por completo. ¡ánimo, vecinos, que solo serán dos días!

                                                                                 

Francisco Tomás Ortuño

 

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