Médicos humanos.
10 Mayo 2025: Con Misa del nuevo Papa León XIV en el Vaticano.
Murcia, sábado, sin novedad por aquí. Te cuento de atrás:
11 agosto 1985.-¡Qué delicia de retiro! ¡Cómo puede ponderarse lo suficiente este lugar! Anoche, hasta muy tarde, estuvimos con los vecinos tomando café, pastas y turrones.
Loli hablaba de su Peña de Valencia; Juan hacía gracias a los pequeños; Mari repartió caramelos. Javi vino a dormir con Miguel. Javi y Miguel son amigos de pasarlo bien hasta sin decirse nada.
La buena amistad se mide en la necesidad de hablar, ¿habías reparado en ello? Si subimos en el ascensor con un vecino, o resulta embarazoso ir callados, o soltamos palabras sin venir a cuento.
En la amistad de Miguel y Javi salen, entran, juegan o leen juntos, sin necesidad de tener que hablar. En la casa se les oía dialogar como mayores hasta bien tarde.
Temprano he subido a la Cruz. Decir la Cruz es mucho decir, porque de ella no queda más que el palo vertical. Hacía una mañana agradable, fresquita, con niebla. Con el bastón -del abuelo Amós- y un libro, llegué a la cúspide, donde estuve descansando.
Desde allí se divisa un panorama delicioso: por el sur, la carretera que va a Cieza y a los Parrales; por el norte; el prado, el pueblo y el castillo; en medio, nuestros los chalés y espacios abiertos, lejanos, cómo será la vista de los pájaros.
El camión del agua llegó por fin a los Valeros. Un poco más y no hacía falta. Y más aquí en Jumilla, donde a partir de la Feria el frío se deja sentir un día sí y otro también. Los críos ven como se llena la piscina.
Martínez, el dueño del camión, este año se ha descuidado más de la cuenta. Por nuestra parte hemos echado cal a la piscina, unos terrones en una bolsa y el agua se blanquea, pero queda limpia.
Los primeros avisos de suciedad se han dejado sentir esta mañana con islotes de ova. Esperemos que la cal la vuelva a su pureza cristalina de los primeros días. El año pasado se prescindió de cloros y sal fumanes. Solo con cal se conservó bien el agua.
MARAÑÓN
He releído la vida de Marañón. Me entusiasman estos hombres ilustres, sin vanidad. De tantas cualidades positivas, yo destacaría su tremenda humanidad sin ostentaciones.
Un hombre cultísimo, académico, médico, historiador y sencillo no es muy frecuente encontrar. Me lo imagino pasando desapercibido entre la gente, ocultando su talento con humildad franciscana.
He visto fotos suyas con Machado, con Ortega, con Azorín, con Fleming, lo que quiere decir que alternó con lo más ilustre de su tiempo en España; que el oro por mucho que se oculte resplandece. Don Gregorio, muerto en el sesenta, dejó para siempre un ejemplo a seguir
Estas cualidades congénitas nunca llegarán a igualarlo por mucho que se lo proponga otro. ¿Qué tienen estos genios que no tienen los demás? ¿Hay muchos Marañones por el mundo?
Pienso que don Gregorio nació con unas potencialidades que desarrolló al máximo. Todos no poseen estas cualidades congénitas. Y, por tanto, nunca llegarán a igualarlo por mucho que se lo propongan.
Otros, los menos, no aciertan -por circunstancias en contra- a maximizar sus posibilidades. Un Marañón es un cúmulo de aciertos en el desarrollo de su súperclase.
Un día viajaba por el extranjero con su esposa -doña Lola- y al dirigirse a ellos una eminencia de la medicina que estaba siendo objeto de reconocimientos oficiales y homenajes le dijo a don Gregorio en un aparte:
He leído unos artículos de su padre, que me han interesado muchísimo. Dígale de mi parte que él se merece más que yo estos aplausos y felicitaciones. Transmítale mi admiración y mi abrazo de compañero
Don Gregorio no sabía cómo decirle que era él el autor de tales artículos. Se turbó y entrecortado se lo dijo como pudo. Ttenía entonces 23 años y manifiesta su mujer que en aquel momento se dio cuenta con quién se había casado.
Visitaba a los enfermos y los trataba con tal cariño y entusiasmo que era una suerte estar enfermo por estar con él. El dinero no llegó a preocuparle jamás. A muchos pagaba de su bolsillo los gastos de su curación. Gran maestro, gran psicólogo, gran hombre, nuestro compatriota.
He dicho en alguna parte que el médico debe ser, ante todo, humano. Ser médico es amar al prójimo, sufrir con él la enfermedad. Ser médico es ser amigo de todos en el momento que más lo necesitan.
El profesional de la medicina que reconoce al paciente por teléfono y le manda unos potingues por correo, descuida la faceta más humana y más importante de la medicina. La presencia es tan necesaria como las mismas medicinas que se prescriben. Marañón fue un modelo de sencillez y de amor para cuántos tuvieron la suerte de estar con él.
Hace unos días vino a vernos Amparo Azuar. Su padre, don Pedro Azuar, fue otro gran médico en Jumilla. Se le recuerda con agradecida simpatía. Iba a las casas como a la suya propia.
Entraba a la habitación del paciente como el vecino que pregunta por el curso de la enfermedad. Le tomaba el pulso, le tocaba la frente, le contaba algo gracioso mientras tanto y se marchaba como había entrado.
De esta manera, andando siempre, hacia su recorrido y visitaba uno por uno a sus enfermos. Don Pedro Azuar era sencillo, campechano, afable y sobre todo humano. Médicos de cabecera, de llegar al enfermo, de dialogar con él. No médicos de rellenar recetas.
Yo espero que pronto la sociedad se inunde de médicos. Nunca sobrarán. Deberán estar cerca de quien pueda acudir a ellos, que es como decir en todas partes. Médicos buenos, médicos humanos, como don Pedro Azuar, como Marañón, para crear en nosotros un clima de tranquilidad, de seguridad, de paz y de sosiego.
Cuando nos daremos cuenta de que los médicos son tan necesarios como el sustento de cada día.
Francisco Tomás Ortuño
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