Zapatos por alpargatas.

  24 Junio 2925  San Juan

        Murcia, martes veraniego, seguimos sin novedad en casa, gracias a Dios. Te cuento;

 

       5 marzo 2009: Acabó en boda.

      Jueves, en Murcia, día triste el de ayer. Amós y yo fuimos a ver a Santiago a Alicante, y “este no es mi Juan que me lo han cambiado”. Y yo puedo decir lo mismo: Santiago era otro.

   Ver a un hermano en un carrito de ruedas, tomarlo en brazos para sentarlo en el sofá, no mirar de frente y dormirse, no es para bailar de gusto. Este que retrato es nuestro Santiago de hoy, o lo que queda de él.

 

   Amós y yo dejamos el tren y andando fuimos al paseo marítimo que tan bien conocemos de otras veces: muchas barcas en el mar y muchos restaurantes enfrente, ofreciendo platos para comer.

   Por la hora, pensamos aceptar la invitación de uno de ellos. Nos sentamos en una terraza y nos llevaron dos fuentes con patatas fritas, huevos, carnes, y cerveza. Nos forramos, que diría un castizo.

   Y seguimos hasta la playa. Aquí recordamos otros tiempos, cuando íbamos la familia a bañarnos por agosto. Entonces estaban La Alianza y La Alhambra, con baños calientes.

   El olor de aquellos balnearios sigue fresco en mi memoria. Cierro los ojos y lo veo como entonces. En la puerta de estos baños vendían collares y pulseras hechos con caracolas.

   Una vez le compré un collar de éstos a mi novia. Se lo llevé ilusionado y ella lo guardó, también ilusionada, en un armario de su casa. Pero estas caracolas, por lo visto, se descomponen y lo que se descompone huele mal.

   Mi suegra empezó a notar pronto un tufillo que no le agradó. Cuando subió la intensidad se puso en guardia, hasta que lo encontró.

   ¿Qué apesta por aquí como si fueran ratas muertas? Cuando vio lo que era, faltó poco para tirar el collar al retrete, ¿Quién te regalo este collar de perlas?, dijo a su hija con retintín.

   -Mi novio, dijo ella más contenta que unas pascuas. Estaba orgullosa de que yo la hubiera obsequiado con el collar en un viaje a Alicante.

   -¿Y dónde lo pusiste?, siguió la madre irónica.

   -En el armario, en el bolsillo de mi vestido rosa. Prudente, Pascuala no me dijo más, por lo que desconozco como terminó la historia. Pero pienso que no fue mantenerlo en el armario ni en la casa.

 

   Siguiendo con el hilo de la visita llegamos a Pradilla, 10 en autobús. Sobre las 2:00 h Carmen quitaba la mesa y Antonio nos abrió la puerta. Santiago dormía en el sofá. Esta imagen no podrá borrárseme de la cabeza.

   Pobre imagen que no quisiera haber visto. Carmen trató de despertarlo con golpes suaves en el hombro. “Son tus hermanos”, decía, pero no se hacía vivo, quizás por los efectos de sus medicamentos.

   No te molestes, cuñada, le dije, y déjalo en paz que duerma. Antonio lo llevó al comedor en un carrito de ruedas y allí en brazos lo sentó en el sofá. Carmen, como si tuviera ella alguna culpa de su estado, pobrecilla, quería que dijera algo pero era inútil.

   Amós y yo hablamos por hablar un rato. Antonio se marchó y nosotros lo hicimos enseguida tras despedirnos quién sabe si para siempre de nuestro querido hermano Santiago.

   Santiago, por aquellos años de guerra y de posguerra no pudo hacer otra cosa que trabajar en los alpargates con mi abuelo. Tendría diez años. Escuela, con don José María Tévar, y hacer suelas de cáñamo en un banco de alpargatero.

   Chamaril, hormas, soga, armará, punzón, y poco más quedarían en su recuerdo. Seguro que si oye aun, si abre los ojos como volviendo a su juventud, se acuerda;  su mundo que lo dejó marcado para toda su vida.

   El resto fue postizo. No hizo otra cosa que lo marcara tanto. Hizo el Servicio Militar en Paterna y se casó después con Carmen, hija de Benito “el de las quintas”.

   Benito, en el Ayuntamiento, se encargaba de las quintas o destino de los militares. No sé si él podía influir en el destino o cambiar Valencia por Lorca o Melilla por Alicante.

   Lo siento es que las madres por esas fechas iban a visitarlo de noche para no ser vistas con buenos pollos y jamones por los favores que hiciera o pudiera hacer Benito el de las quintas.

   Benito estaba bien visto en Jumilla, Era alto, corpulento, y andaba pausado y serio, lo que lo revestía de gran popularidad y estima, Así que su hija Carmen era, como quien dice, un buen partido para el afortunado que se casará con ella.

   En esa edad, el amor es ciego y la chispa salta donde y cuando menos te catas. Santiago era bueno, alegre y dicharachero, y ellos sabrán dónde y en qué momento el dios Cupido los unió. Lo demás fue rápido y acabó en boda.

   ¡Cómo la recuerdo en el Casino entre gente encopetada del Ayuntamiento y muchos que se vieran favorecidos en la elección de destino para sus hijos en lo del Servicio Militar!

   Vivieron en la calle de las Cruces, en una casa que era del abuelo Amós. Allí puso el oficio y allí pasó unos años con oficialas -Agustina, Manuela, Isabel, Juana la Tagareta, y otras más que hacían alpargatas para vender.

   Esa es la historia de Santiago. Como la gente dejó de usar alpargatas por zapatos, el oficio de Santiago no se podía mantener, y cuando su primo le dijo un día que había dejado el campo y que vivía bien en Alicante llevando un tranvía Santiago hizo lo mismo.

   Era joven y tenía una familia que mantener. Compró su piso en calle Pradilla, 10, donde aún vive, y allí se fue con su mujer y cuatro hijos pequeños -Antonio, Lina, Juanita, Santiago-. Un sueldo mísero, que él se acompañaba con el cobro de recibos.

   Sobrevivió cuando desaparecieron los tranvías. El Ayuntamiento lo fue colocando en distintos servicios hasta su jubilación, y poco más.

                                                                          


Francisco Tomás Ortuño.

   

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