Plumíferos.
18 julio 2025 Sta. Sinforosa 199 – 166
Santana, viernes, las ocho, sin novedad en casa. Te cuento cosas de hace unos años:
18 agosto 1984: sábado. Hace unas horas, a la una de la madrugada, tomábamos café con turrones y pastas casa de Antonio Valero. Vinieron a dormir aquí María de Los Ángeles, María Elena y Javi por eso de los muchos invitados.
Hemos bajado al pueblo Ángel y yo por provisiones, y hemos vuelto cuatro. Los susodichos más Pascual Jesús y Paco Cervantes que han dormido casa de la yaya Isabel. Francisco Amós subirá más tarde con la moto. El piano le obliga a quedarse unas horas más.
A la vuelta observo con estupor que el abuelo no está en casa. Y es que Amós ha venido de Cartagena y se lo ha llevado a comer; luego volverán; esta tarde quizás, después de la fiesta de las carrozas. Ángel juega con Lina muy cerca de donde escribo a “La isla del diablo” que compramos.
Pascual Jesús y Paco Cervantes parten tortas de gazpachos en la cocina. Miguel corre por el monte con Javi y con Guillermo. La piscina, como una invitación muda, aguarda que sea la hora de bañarse.
He hablado con el tío Roque sobre mi comentado artículo “Jumilla a mitad de siglo”. Me confirma que ha sentado mal en la familia lo que escribí sobre Ovidio. La mejor política es perder con el adversario. La inteligencia está para algo: darles la razón y ver que dicen: “Bueno, no es para tanto, la verdad es que no ha sido tuya la culpa”.
Los “plumíferos” deben cuidar mucho lo que vierten sobre el papel, o medir sus palabras con exquisito tacto. Es decir, contentar a un público heterogéneo. Me refiero al profesional del periodismo, que debe ser imparcial, objetivo y esas cosas.
No hace mucho, el Gobierno regional de Murcia se vio vapuleado por unos periodistas. Costó el cargo entre otros al líder socialista, Presidente de la Comunidad Autónoma, Andrés Hernández Ros.
¡Cuántas amenazas habría, intentos de soborno, formas de silenciarlos! Me imagino que estos informadores estarían acosados para que se olvidaran de que existían estos gerifaltes y sus empresas político-sociales.
El primo de mi mujer, García Martínez, redactor jefe de la Verdad, se ocupó en su día de los sueldos de los políticos y expuso al respetable con pelos y señales los ingresos de todos y cada uno de los gobernantes de turno.
Me figuro que tendría, asimismo, ofertas y amenazas para que callara. El tema que me ocupa era tentador. Digo antes genéricamente “plumíferos” a los que viven de la pluma, pero, sin duda, hay diferencias sustanciales entre ellos.
Unos se limitan a escribir novelas, obras de teatro, cuentos o poesías. Para estos no existe ningún peligro en su integridad física: o venden o no venden; o se aceptan o no se aceptan sus obras; o consiguen o no consiguen premios en concursos literarios; pero ahí termina la historia.
Otros, más atrevidos, más valientes, buscan temas que fueron antes tabú, religiosos o políticos, y atacan frontalmente las ideas que se llevan los que sustentan el poder, creando virulentas polvaredas en la sociedad.
Y los que escriben diariamente en los periódicos, trayendo a los curiosos ciudadanos la noticia, los más expuestos a las iras de los que se sienten o se creen atacados.
El periodista puro debe limitarse a exponer hechos, no a opinar sobre los mismos. Esto es blanco y esto es negro, como el comentarista de un partido de fútbol. No las consecuencias a juicio personal, de que es así. La casa tal se ha hundido y basta: el rey ha recibido la visita de don fulano. Pero no meterse a opinar sobre su conveniencia.
Los más oídos son un tanto tendenciosos y con su pluma inclinan a la opinión pública a que piensen de esta o de otra manera. A estos la vida se les pone difícil. Hoy hay pocos escrúpulos en hacerlos desaparecer con artefactos o secuestros. Y ellos, los periodistas, conocen estos peligros y estos riesgos de la profesión.
Francisco Tomás Ortuño
POR OTRA PARTE: (De mi Taco)
A menudo, ante causas injustas y de sufrimiento, nos preguntamos “¿Cómo puede Dios permitirlo?” en vez de plantearnos “¿qué puedo hacer yo?”
Etty Hillessum, una joven judía neerlandesa que se negó a esconderse, en solidaridad con tantos judíos gaseados, mantuvo un diario durante la Segunda Guerra Mundial desde el campo de Auschwitz, donde fue ejecutada a los 27 años con toda la familia.
En sus escritos podemos leer cosas como estas: “Un pozo muy profundo hay dentro de mí y Dios está en ese pozo. A veces puedo alcanzarlo; más, a menudo, piedra y arena lo cubren; entonces Dios está sepultado. Es necesario que lo vuelva a desenterrar”.
Ella reconoce que a Dios hay que echarle una mano, ayudarle a emerger en nosotros. Y llega un momento en que, en plena tragedia de Auschwitz, deja la oración de súplica y estrena cada mañana con Dios ¿Qué puede hacer hoy por ti?
Resulta enternecedor pensar que una persona que malvive en un campo nazi tenga tal conciencia corredentora, que vea a Dios como un Ser que necesita ayuda. Quizás debamos tener más presente ¿cómo puedo ayudar a Dios?
Francisco Tomas Ortuño
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