Reloj interno.

31 Julio 2025 San Ignacio de Loyola Año: 212 días idos por 153 días sin ir.

   Santana, jueves, las nueve, en el comedor, junto a la terraza y sin novedad en casa, gracias a Dios. Día azul, azul, azul, de sol, de sol, de sol, tranquilo, tranquilo, tranquilo, sin chicharras, ¿se habrán ido a la playa? Santana bendita, en el cielo estás escrita, que te veo.


   Te digo cosas de atrás que recuerdo:

   30 marzo 2009: Murcia, lunes, las diez. Leo lo que escribí ayer sobre las horas. No deja de ser importante saber que el cuerpo se rige por un reloj que no se tiene en cuenta. “¡A levantarse!”, y dejamos la cama con sueño. “¡A dormir!”, y no tenemos sueño.

  “¡Voy a remolque de lo que toca hacer!, dice el pobre por si lo oyeran. “¡Quiero descansar!”, implora, pero no lo escuchan. La cabeza se ajusta a un organigrama que sigue sin pensar en su yo que lleva dentro y se rige por otra hora.

   Alguna vez se verá que es necesario seguir el paso de nuestro yo interior, que es más rentable en el trabajo y en la salud. Llevar otro paso puede ser tan nocivo como trabajar sin ganas o dormir despiertos.

   -Que cada cual trabaje cuando quiera. Desde ese día la empresa se multiplicará.

   -¿Y cómo se haría para que todos trabajaran cuando les viniera en gana?

   -Tú lo has dicho: cuando le viniera en gana. Trabajo a la medida o trabajo según cada reloj, más que trabajos fijos -de las ocho de la mañana a dos del mediodía-.

   ¿Serían compromisos laborales?

   -Exacto. Trabajos por semanas. Yo me levanto a las doce y trabajo mejor que lo hago a las ocho. Sí trabaja mejor por la noche, rendirá más que si trabaja de día. Trabajo a la medida. Sí, a elegir horario.

   .¿Y la escuela?

   -Lo mismo. Escuelas de puertas abiertas, con maestros adaptados a sus relojes. Tras los compromisos de trabajo, cada cual recibiría un trabajo por hacer un compromiso semanal o mensual, y él ya vería el mejor momento de realizarlo. Siempre con la seguridad de hacerlo, porque estaría de acuerdo con sus horas efectivas.

   -¿Puedo objetar algo?

   -Sí, claro, ¿qué quieres objetar?    

   -Si un trabajo, en la construcción, por ejemplo, ¿hay que hacerlo en equipo?

   -Para solucionar ese problema habría fichas personales de los trabajadores, en las que figuraran edad, talla, aficiones, enfermedades y reloj interno.

   Reloj interno. ¿Quién no sabe cuándo es su hora de ir a la cama y cuando debe estar despierto? Pues de acuerdo con esa ficha, a trabajar juntos los que tengan la misma hora de rendir. En los colegios igual: horarios diferentes según esos relojes.

   Para niños que están despiertos de 9 a 12; para niños de 7 a 22:00 h de la noche; para niños de 5:00 h de la madrugada a 8 de la mañana. Los maestros serán los que sigan estos ritmos naturales de sueño y vigilia.

   -¿Y en las oficinas de ayuntamientos y otros organismos?

   -No lo compliques, que es igual de simple. ¿Tú cogerías para una selección de fútbol a un jugador cojo? Todo estaría resuelto con las fichas personales. El caso era adaptar los trabajos a las personas que fueran a ocuparlos. Ganaría el trabajo y ganaría el trabajador.  Rendiría más y sería feliz el que hiciera lo que quería hacer a la hora que el cuerpo le produjera placer.

   -No me parece mal la idea. En realidad, sería seguir a la naturalea. Lo natural es siempre lo mejor, pero nos empeñamos en no verlo, en apartar la vista de lo que quiere decirnos. ¿No sería absurdo querer coger una cosecha de uva en febrero? 

   ¿Podemos hacer nosotros otra cosa que seguir sus pasos y hacer lo que nos manda? ¿Por qué nosotros, que somos tan naturales como la tierra y como el sol, vamos a cambiar su naturaleza?

   Creo que se ríe, cuando queremos enmendar la plana. Te crees tan sabio que quieres cambiar mis planes y así nos va que nos llevamos cada patinazo que no veas, pero seguimos otra vez, que no hay mayor ciego que el que no quiere ver.

                                                                                                       

Francisco Tomás Ortuño


   22 agosto 1985.- El disco rojo aparece en el horizonte. ¿Qué ¿nos deparará el nuevo día? Un abejorro aletea en los cristales. ¿Será algún presagio? No soy supersticioso, pero sé que hay hechos que escapan a la lógica. ¡Mira que si el abejorro fuera uno de ellos!

   Fulanita habla demasiado. Hablar mucho puede ser una forma de disfrazar la propia ignorancia. Lo vengo observando en algunas personas. Cuando uno habla, no deja de hablar a los demás. Y de esta forma solo dice lo que sabe, lo que repite en distintos cenáculos.

   Suele ocurrir que esta persona deslumbre a algunos oyentes poco avezados a estas sutilezas del espíritu. “¡Qué bien habla, ¡cuánto sabe!”, dicen luego. El hablar sin desmayo, sin dejar hablar, puede ser indicio de poca seguridad, de miedo, o temor a que el oyente suscite cuestiones que no se domina.

   La persona segura de sí es sencilla, habla poco, observa y apostilla un comentario. Si le preguntan, se expresa con claridad y concisión. Hay mucha diferencia entre unos y otros, fácil, por otra parte, de apreciar y distinguir, a poco que nos fijemos.

   Pero es que en la mujer la mucha palabrería repele, hasta la hace zafia. Hasta la más zafia debe callar para pasar por mujer interesante. Sabemos que una secretaria que quiere cautivar al jefe no habla, solo aprueba.

   Sabemos que la mujer no es interesante nunca por hablar mucho. Los hombres que tienen la suerte de tener por compañera a la mujer como esa secretaria, que no discute, que se arroba mirando al marido y aprueba lo que dice, lo sabe bien.

                                                                                                    

Francisco Tomás Ortuño

 

   ¿LO SABÍAS?:

   Los expertos empezaron a decir que hay que criar a los hijos felices, atendiendo a sus deseos y peticiones.

   Y dijimos que estaba bien.

   Luego dijeron que no se debía castigar a los hijos cuando se portaran mal, pues podríamos lastimar su autoestima.

   Y dijimos que estaba bien.

   Después se dijo que los padres no podían permitir que sus hijos carecieran de los aparatos que otros niños tenían, pues se podían frustrar.

   Y dijimos que estaba bien.

   Al mismo tiempo, la industria sembró las pantallas de películas en las que aparecían padres ridículos, sin autoridad, y dijimos que eran divertidas y que estaban bien.

   Ahora nos preguntamos por qué los niños se ríen de las normas y salen siempre adelante con sus caprichos. La respuesta parece obvia: lo que se siembra es lo que se recoge.

                                                                                                     

Francisco Tomás Ortuño .

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