Será nuestro secreto.

29 Julio 2025 Santa Marta Del Año: 210 días pasados y 155 por pasar.

   Santana, martes, sin novedad en casa, gracias a Dios. Te cuento de mis recuerdos:

 

   24 agosto 1984.- Lunes, cielo sin nubes. Los vecinos han madrugado. Sus risas llegan hasta aquí. Sobre todo, las risas de Juan. Juan es el animador oficial de la familia. Si vienen de fuera otras personas, Juan es imprescindible. Si van a alguna parte, Juan debe ir, es pieza clave.

   Fulgencio es comparsa. Antonio, siempre formal en su papel de cabeza. Creo que se complementan. Por eso, tienen que venir juntos al chalé cada verano. Los tres forman un grupo bien conjuntado.

   Anoche, bien tarde, los gritos, las risas y las tracas, no me dejaban dormir. ¿Se verían unos en la obligación, como anfitriones, de hacer reír? ¿Y los otros, como invitados, a responder?

   ¿Pensarían los unos que la ocasión era de acostarse tarde y los otros que de seguir levantados porque no dijeran? ¿Serían papeles montados así cerebralmente pero no sentimentalmente?

   Esta mañana he dicho a Pascuala: “Hay dos formas de gozar, una ruidosa y silenciosa otra”. Ella me ha respondido; “Exterior e interior”. Vienen a decir lo mismo, pero con matices. La de nuestros amigos es exterior o ruidosa.

   Lo importante es que sea sincera, que salga de dentro. Si es fingida la alegría. el ruido, la alharaca, todo queda en humo.

   Creo, por lo que he oído decir, que se marchan esta tarde. Luego, en el recuerdo llevarán esos momentos para contar. La vida seguirá, como dice la canción, ofrecerá su realidad cruda de nuevo y todo habrá quedado atrás, pura anécdota, como un chascarrillo que se oyó de paso.

 

   CONFESIÓN:

   Ángel, anoche, me intrigó:

   -“Te quiero decir una cosa”, me dijo cuando escuchábamos la lección de inglés.

   -Dime lo que sea, le contesté.

   -Ahora, siguió él. Este ahora se fue alargando. Quizás no sabía cómo decírmelo.

   -Bueno, luego te lo diré. Llegó a intrigarme.

   -Pero ¿es bueno o malo?, le dije.

   -Muy bueno, replicó. Quedé más tranquilo. Por fin, en la cocina, sentados en un banco, casi a oscuras, cerca el uno del otro, como en confesión, me dijo su secreto. Yo no lo esperaba ni poco ni mucho. Me hice el distraído, como restándole importancia.

   Solo le dije: “Eso es muy bueno, Ángel”, quedó tranquilo y yo me fui tranquilizando.

   -¿Le has quitado el sitio a Francisco Amós? seguí luego.

   -O él a mí, respondió pronto. Y antes de salir lo retuve aún para decirle:

     -“Eso que me has dicho, no se lo digas a nadie más. Será nuestro secreto. Madura la idea y cuando pasen unos años me lo repites o me dices que no era cierto”. Salió despacio. Antes de cruzar la puerta, volvió la cabeza y dijo: “Ya lo he pensado bien”.

 

   DE UNA BARBA:

   No sé si he dicho antes que me he dejado la barba. Desde que dejé el Colegio, en junio, llevo barba. Los primeros días no salía de casa. Me daba vergüenza presentarme así en ninguna parte. Temía que me vieran los amigos. La barba en los primeros días no parece barba, más bien poco aseo, descuido.

   En tal estado de incipiente crecimiento fui con Pascual Jesús a la Cruz Roja, a la revisión médica para sacar un carné de conducir motocicletas.

   El médico que nos atendía me dijo:    -“¿Se está dejando usted la barba?”. – “¿A usted qué le parece?”, le respondí riendo. - Pues que debe usted afeitarse; le sienta peor que a un Cristo dos pistolas al cinto. Lo del Cristo me hizo gracia y lo comenté en casa.

   Sentí deseos de claudicar, pero seguí la broma. Por la noche me tropecé con unos compañeros en la puerta de casa. ¿Es barba? dijeron incrédulos. Y es que, ya digo, en esos días ni parece barba ni parece nada, solo desidia.

   En Cartagena, me dijo Lina con asombro cuando me vio llegar a la piscina, donde se bañaba con su prima Ana: “¡Qué feo estás, papá!”. Fue sincera. Luego se rió y me dijo que no me la quitara.

   Mariano, por su parte, dijo que parecía un chatarrero. Y el padre de Marisol, que no me conocía, me vio subir de tal guisa por la escalera y como a persona sospechosa se atrevió a decirme: “Qué, maestro, ¿de la siega?"

   -Sí, le respondí, buena siega por la Mancha, buena siega. Mi sombrero de paja, gafas oscuras, un pañuelo al cuello y barba de ocho días eran elementos suficientes para despertar sospechas.

   La barba fue creciendo. Llegó un momento en que mi cara era toda una barba sin atender. Un oso peludo, o un loco de atar, debía parecer por aquellos días de julio, cuando fui a Santa Pola. Gozaba yo pensando en la cara que pondría José María cuando me viera.

   Hoy mi barba es otra cosa. En su momento buscamos modelos de barbas en libros y catálogos. Dimos con Larra, escritor y periodista del siglo XIX.  “Esta es mi barba”. me dije. Pascuala me la arregló. Cuando salí a la terraza, Miguel se tiraba al suelo de la risa observando la nueva forma que había tomado.

   Solo por ese rato de alegría de mi hijo, valió la pena dejármela. Hoy mi barba sigue en pie, más crecida, más cuidada y resuelta. Si quieres, más despreocupada de la gente y de sus opiniones.

   He observado y es curioso que la barba hace que los demás reaccionen de muchas maneras ante ella: los amigos te miran más serios; los menos amigos te hablan de usted; los mayores te ceden el paso; las mujeres te miran con mayor interés.

   Psicológicamente merece un estudio aparte la barba.

                                                                                      

Francisco Tomás Ortuño.

    

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