Exámenes.
27 Agosto 2025 Santa Mónica 239 – 126 Sol: 7´37 a 20´54 Luna: 11´49 a 22´38
Santana, miércoles, sin muchas novedades: Lina sigue por Barcelona, Raquel y Ana Isabel siguen con nosotros, Pascual se va y Miguel viene, Ángel Inocencio está con su mujer en Alemania, Pablo y Jaime en Valladolid, Isabel en Alicante, etc., etc.. Te cuento recuerdos del ayer próximo con las fechas en que sucedieron:
1 octubre 1984.- Lunes, otro mes fuera de combate, otro mes vencido, un minuto más en mi reloj particular. Lo trágico es que nunca se detiene, que no se toma un respiro. Hoy empezamos el curso ya en serio: clases de mañana y tarde.
La misa de ayer en El Salvador la dijo don Joaquín. Mucha gente conocida por allí. Hemos faltado de Jumilla. Las vueltas a lo de siempre tienen la virtud de hacernos olvidar el tiempo pasado fuera. Yo ayer creía no haber faltado.
El cambio de lugar es una anécdota que apenas deja huella en nosotros. Cuando pasen años y volvamos a la tierra de nuestra infancia, a la casa donde nacimos, tendremos la sensación de haber perdido años de nuestra vida.
¿Qué no será a los emigrantes, que salen lejos con otras gentes y otras lenguas y costumbres? Se darán cuenta cuando vuelvan de lo que quiero expresar. Es un tiempo muerto, vacío, que hay que restar, a lo más un sueño.
Yo aconsejaría vivir siempre donde nacemos y nos criamos. Es la mejor forma de alargar los años, de no desperdiciar horas, de vivir intensamente, en profundidad, la vida.
A Lina le gastaron sus hermanos una broma cuando montamos en el coche. No estaba Patoso, nuestro gato. Le dijeron que lo habían dado. Lina sintió que algo suyo le arrebataban y se puso a llorar. Su llanto era amargo y hondo, sentido como si hubiera perdido a sus padres.
Tuvieron que ir a buscarlo y volvieron con él. Renació la paz. Volvimos ya de noche. Los coches, en filas interminables, se cruzaban con nosotros deslumbrándonos.
Fin de mes y de semana, día de retorno familiares, muchos coches que van y vienen, muchas luces en la carretera, muchos adelantamientos, muchas prisas y muchos nervios.
Cada coche un manojo de nervios enlatado, apretado, pronto a saltar como un resorte, a dispararse. Muchas luces de frente en cada coche. Personas con problemas a flor de piel. Muchos coches y muchas luces como cometas.
No me gusta viajar de noche. Con tantos vehículos es fácil un fallo en alguno de ellos, un pinchazo, una luz que no funciona, una curva que se toma mal… No quiero viajar de noche. es una temeridad.
El viaje de ayer, con las luces encendidas desde que salimos, resultó perfecto gracias a Dios, pero pudo no serlo. Rezamos el Rosario dentro, con el que llenamos unos minutos de viaje.
Francisco Tomás Ortuño
2 octubre 1984.- Ayer estuvo en el Colegio un equipo de médicos. La revisión a los niños de primero se hizo como otros años en la biblioteca. Los críos, esperando su turno, estaban pálidos. Llegaron con su miedo incluso a desmayarse.
¿Qué pensarían que iban a hacerles? Temen, sobre todo, a los pinchazos. Si ven jeringuillas, se asustan. Y esto les ocurre igual a muchos que no son tan niños. Lina lleva unos días preocupada con la vacuna.
-“¿Cuándo nos toca a los de quinto?” -me pregunta.
- “Hoy no vais vosotros” -se anima su rostro.
Los sustos es mejor pasarlos pronto. La espera es lo peor en estos casos. Se llega, incluso, a las úlceras de estómago o cosas peores. Creo que tener a una persona esperando tiempo algo que teme es bastante para acabar con ella.
¿No tendremos una juventud pasota y rabiosamente rebelde porque su futuro es poco claro? ¿Procederá nuestro mal humor siempre del miedo como en el niño que espera su turno en la puerta de la biblioteca?
Lina no come apenas, no duerme bien unos días, y es que le dije que a las niñas de quinto les iban a poner una vacuna. ¿Qué piensa Lina estos días? Lina es propensa a enfermar de miedo. Los demás niños serán igual. Ahora duerme.
Si pudiera entrar en su cerebro, lo más seguro es que viera el miedo retratado en él. Lo mejor será que lo pase pronto, que lo alumbre, que lo arroje. Entonces volverá a reír de nuevo y a ser feliz.
¿Quién no ha sentido lo mismo con los exámenes o las oposiciones? Los que estudiamos hemos sufrido esta especie de martirio. En una Oposición recuerdo que el compañero de turno estaba pálido, daba vueltas al programa que tenía en sus manos y no decía una palabra.
¿Se encuentra mal? -le dijo un miembro del tribunal.
-No hubo respuesta.
-Tráigale un vaso con agua -dijo el mismo dirigiéndose al conserje.
Llenado que fue la bebió de un trago. Seguía blanco como el papel. Pasaron unos 10 minutos sin decir ni pío.
-Se le ha agotado su tiempo -dijo el Presidente de la mesa.
El examinando se levantó de la silla descompuesto y se dirigió a un armario que había a su derecha. Se le tuvo que ayudar para salir por la puerta.
Y es que los exámenes a algunos -¿o a todos? - los deprime o los enferma. No hay derecho a sufrir tanto, muchas veces para nada. El que tiene suerte sale y el débil o que ha dormido mal se queda en la cuneta.
Los exámenes no dicen la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. ¿Quién no conoce casos para contar? Yo presencié el siguiente y doy fe de que fue así;
Un señor espera su turno para examinarse ante un tribunal formado por tres hombres serios, mudos, impenetrables.
“Me sé todo el programa menos la lección 32, que trata de las correlaciones. No tendré tan mala suerte” -nos dijo a varios compañeros. Lo llaman en su momento, saca la bola para desarrollar su tema, y eso que piensas, lección 32.
Da media vuelta y se marcha por donde había venido. ¿No podía ser al revés? ¿Saberse una y tener la suerte de sacar esa bola? De verdad que en los Colegios con los niños, que van solo a aprender y no a opositar, los exámenes son crueles y agobiantes a más no poder.
Cuánto tiempo para darnos cuenta de que el niño vive mejor sin ellos. Un examen es suficiente para acabar con la salud de una persona. El niño se desmorona y enferma, ¿no lo vemos claro?
¿Hoy viene en los periódicos la noticia como medida del Gobierno: “¿Exámenes y deberes para casa, fuera”? “Es suficiente que el Profesor lleve una ficha de seguimiento para conocer a los niños y enseñarle lo que necesite según aptitudes”.
¡Fuera, pues, sustos, miedos y amenazas porque, señores, la escuela es un lugar para aprender, no una celda de tortura!
Francisco Tomás Ortuño
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