Horas biológicas.

9 Agosto 1925  Santa Teresa Benedicta de la Cruz.


   Santana, sábado y sin novedad en el Alcázar, que dijo aquel en Toledo a Franco hace noventa años.

Yo te contaré recuerdos posteriores:


   1 septiembre 1984: doblamos la esquina con buenos augurios; parece que la instalación del transformador en el Roalico es un hecho. Para celebrarlo, Jesús -vecino de abajo- nos llevó a su discoteca.

   Por la hora, había poco público, pero pudimos ver de cerca, con luces incluidas, la “Discoteca Lady” por dentro. Siendo jumillanos, desconocemos ciertos rincones. Son las discotecas otro mundo para los que ya pasamos de los cincuenta.

   El local invita a beber, a fumar y a lo que salga, de día o de noche. Topos parecen las parejas que entran al local. Nosotros -éramos 8 personas- extraños o bichos raros para los que entran como a su propia casa.

   La vida ha cambiado. Los jóvenes viven en su mundo sin grandes dificultades; los mayores no aceptamos esa forma de vivir. Por eso, creo que hay dos mundos hoy: el de los jóvenes y el de los mayores. Ambos se desconocen, o no se comprenden.

   Pienso que los mayores envidian a los que no lo son tanto, por su vitalidad. Los jóvenes, sin embargo, no disfrutan a tope sus años mozos porque su porvenir es incierto. No hay fiesta grande para nadie. son luces las de la discoteca para deslumbrar, ilusiones de pacotilla, mentiras disfrazadas.

 

   Amós ha comido con nosotros. Un paseo para ver al padre. Su filosofía me agrada y él es feliz obrando como lo hace: “Gastar es una forma de dar”, dice. “Si veo que venden morcillas en el monte, pienso en lo que van a disfrutar esas personas si las venden”.

   Y compra sin cálculo. “Si me tomo una cerveza y doy cien pesetas de propina, creo que le hago un bien al que me sirve”. Amós no se priva de nada. No tanto por disfrutar de lo que compra como por dar a otros. Amós ha sido siempre bueno. Su filosofía lo demuestra.

  

   El abuelo está pachucho. Parece que se empeña en estar peor cada día. Quiere que se le cuide hasta el extremo, de que se le dé la comida a mano, como a los críos. Y es que los ancianos se vuelven críos y quieren que se esté con ellos siempre.

   Exige atenciones que no necesita. “Si le doy yo de comer, parece usted un inválido del asilo”, le digo. “Pues eso soy, un inválido”, responde.  “No tanto”. sigo yo. Decirle esto le consuela un poco. Ha pasado un mes bueno hasta ayer.

  - “¿Qué día es hoy?”.

  - “Viernes”.

  - “Entonces, vendrán por mi esta tarde”.

 -  “Vendrán el domingo, padre; y si quiere no se va”, le digo.

                                                                                                     

Francisco Tomás Ortuño

 

   2 septiembre 1984: domingo, día de sol para disfrutar de monte y de piscina. Pascuala, como el Flautista de Hamelin, salió temprano con Francisco Amós, Ángel, Juana María, Ana, y otros, a buscar caras por el monte.

   Una excursión que prepararon anoche, ya tarde, cuando cantaban en la puerta con postizas y guitarras. Que se diviertan. Suben coches a Santa Ana. Parece que fuera la Romería. Y es que el día promete mucho. Oigo a Juan Andrés y a Fina, que acaban de llegar. Vienen a pasar el día con el hermano.

 

   Son las nueve de la mañana, pero en mi vida son… a ver, a ver: de las siete de la mañana a las once de la noche hay 16 horas; la vida de una persona dura 80 años -á peu près-que diría un francés.

   Mis 50 años corresponden a las 5 del día: 80 es a 50 como 24 es a X. Clarísimo. Ergo desde las 7 que me levanté cuento 10 horas y resulta que son las 5. Pues sí, en mi vida particular son las cinco de la tarde.

   El sol calienta poco ya a las cinco de la tarde. La fuerza se pasó del mediodía. Son horas las que quedan de salir a pasear y de tomar tranquilamente el fresco. Horas de esperar con calma el momento de acostarse.

   En esta proporción de 16 horas del día y 80 años de vida, cada hora corresponde a cinco años. Mirándolo bien, yo he traspasado las cinco de la tarde. Ya son en mi reloj biológico las cinco y doce minutos. Seremos optimistas: aún me quedan 6:48 h.

   Puede ser interesante no perder de vista nuestra hora biológica, porque cada día es la viva representación de nuestra vida.

   Decir que son las diez de la mañana, es hablar de hora de trabajo; hablar de las 13 es hablar de fuerza, de madurez, de vigor. En mis 50 años me encuentro, como digo arriba, en las cinco y un piquillo.

   ¿Qué me sugiere esta hora? Pues que llevo un largo recorrido hecho. Que el tiempo de la juventud quedó atrás. Que el sol está a punto de esconderse. Que el trabajo físico dio lo que tenía que dar. Que es hora de balances y recuentos..

   Las cinco de la tarde, con todo, es bella todavía. Tiene un cierto calor que gratifica. Es hora singular para pensar en lo que hemos hecho y en lo que nos queda por hacer. Es hora importante, como las que restan, como todas las del día.

   Si hacemos números, resulta que una hora biológica equivale a 5 años cronológicos.  Sesenta minutos igual a 60 meses. O lo que es lo mismo, cada minuto equivale a un mes. Un año son pues 12 minutos. El padre con sus 83 ya cubrió con creces la etapa de su vida.

   Pasar de las once de la noche es estar fuera de la realidad, estar adormilado o dando cabezadas. Eso les ocurre a los que brincan de los ochenta, que no son ellos ya, que se mantienen, pero no actúan con una facultad responsable y lúcida como antes.

   Sabia filosofía la de contentarse con lo que nos ocurre, fuere lo que fuere. “Tendría que ser así”. No solo esto, sino esperar con ilusión la sorpresa de cada momento. “Lo que tenga que ser será”. Dos momentos felices de un mismo suceso.

   “Será como haya de ser” y “Tenía que ser así”. ¿Resignación? Creo que no. Es saberse gobernado desde arriba por una fuerza sabia y confiar siempre en ella. “¿Qué tengo reservado para hoy?”. Y así siempre: esperar y aceptar lo bueno y lo malo que nos ocurra.

                                                                                                 

Francisco Tomás Ortuño.

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