Mariápolis.

6 agosto 2025 Santos Justo y Pastor Del año: 218 días pasados y 147 por pasar.

   Santana, miércoles, las ocho y veinte, soleado y sin novedad, gracias a Dios. Estamos con Ángel, que viene de Alemania con su mujer y su hija Laura, ¿o vienen de Madrid, o de Cantabria, o de Valencia , o de… qué sé yo?. Ahora Laura va a Perú. Sí, has oído bien, al Machu Pichu. Los viajes hoy son un misterio: si te dicen que vienen o que van a la Luna te lo tienes que creer. Isabel  en Roma, su prima por Galicia, Jaime y Pablo también en Galicia…

   Yo te cuento de aquí y de hace unos pocos años:

 

   27 agosto 1984, Lunes lluvioso. Aunque suene a música celestial, es así. Hoy amaneció lloviendo. No ha sido una lluvia torrencial, pero hizo hablar del agua a los jumillanos,  por la falta que hace; y hasta salir después al monte por caracoles.

   Pascual Jesús con Lina y María Elena buscaban por el barranco que da al puerto. Miguel y yo nos quedamos más cerca. Cogimos unas docenas para alegría de los que no salieron de casa. Me refiero a mamá, que preparaba la comida.

   La poca lluvia nos aleja de la piscina. Nadie ha osado hablar del baño. Y es que con las cuatro gotas, el frío se deja sentir de forma escandalosa. El cielo sigue encapotado y amenaza con más lluvia.

 

   Mejor que no lo hiciera ayer, porque los invitados se lo pasaron a lo grande en la piscina: Francisco Rubio, María Teresa Polo, sus hijos Fernando, Josemi y Silvia. Llegaron algo tarde: baño, aperitivo, comida. Francisco y yo hasta fuimos a Coímbra. A la vuelta, nos bañamos de nuevo.

   Estuvimos todos en la iglesia de Santiago y oímos Misa. Bajada de la Virgen a San Agustín y de nuevo al chalé. Cena larga y despedida sobre las once de la noche. Creo que lo pasamos todos bien.

   La familia Rubio Polo procede de Aragón y somos vecinos en Murcia. Hace unos meses murió su hijo Carlos de accidente. Son personas los señores Rubio Polo, cristianas y muy amables. Siempre que pueden hablan del movimiento de la Iglesia al que pertenecen.

   Ayer dijeron que han estado en Salamanca, en la Maríápolis de este año. Quiere ser una ciudad Mariana o concentración de personas de todo el mundo. Duermen en tiendas de campaña, hoteles, o casas particulares.

   Tienen reuniones, trabajos en equipo, charlas, Misa, paseos. Creo que se va a la Maríápolis con una intención muy clara de vivir la fe unos días con otras personas o simplemente en busca de la paz que allí se respira.

   Como un mundo nuevo, distinto, debe ser una Mariápolis. Si los miembros de estas concentraciones aumentaran milagrosamente hasta alcanzar la totalidad del orbe, nos creeríamos transportados a un mundo paradisíaco, angelical.

   Pero, ¿esto es posible? Pienso que si no todos, más de los que nos figuramos estarían. Hay muchas personas buenas que no dan la cara. Si se fueran sumando todas las personas que no quieren el mal formarían un rebaño descomunal. ¿Por qué no se intenta? 

   El fin del movimiento Mariano no es otro que reunir a los que piensan así. Hace falta despertar y correr a la llamada, acudir brincando de alegría, dejando ocupaciones y poltronas que nos retienen. Es un intento serio de hacer balance y conocer el número con que se cuenta.

   Son buenísimos María Teresa y Francisco, incapaces de hacer mal a nadie. Son miembros del bando bueno. Cuando pueden nos invitan a ir con ellos a esas magnas asambleas. ¿No serán providenciales estas personas?

   Ocurre a veces que, no sabemos cómo, pasan ciertas cosas; pero después, vemos detrás la mano misteriosa de Dios. “¿Cómo ha sido?”. “¿Quién lo iba a decir?”. Francisco y María Teresa pueden muy bien ser medios que hacen cambiar el rumbo de una vida.

   Siempre que pueden, y hacen siempre por poder, hablan de su Mariápolis, con timidez a veces, otras con osadía. Es su insistencia una llamada, una invitación, recordarnos que hay algo pendiente: nuestra respuesta afirmativa.

                                                                                                       

Francisco Tomás Ortuño


   28 julio 1987.- Pocos cambios meteorológicamente hablando; ventosillo y algo fresco.

Dicen de este año que el calor será en agosto y en septiembre. O sea, que el verano se desplaza un mes.

   ¿Qué pasaría si en adelante hiciera frío hasta agosto? Convulsión social a la vista: cursos desplazados, vacaciones aplazadas, consultas de médicos alteradas… no sé, pero cambios sí que traería el cambio.

  - He oído en la radio “Voyage, voyage”, que está de moda este año. ¿Qué pone de moda una canción, Luna? ¿Que sea pegadiza tal vez? lo cierto es que la canción de turno se escucha con agrado, tiene garra.

   -Mas, pasan pronto; y es lógico que sea así; se oyen tanto que terminan por empalagar. Son como los dulces: un poco, bien; pero dulces a todas horas empachan. Si vas en coche, “Voyage, voyage”; si enciendes la radio, “Voyage, voyage”; si vas por la calle, “Voyage, voyage”; ya es demasié. Me figuro que esta Feria nos dormiremos escuchando el dichoso “Voyage, voyage” todas las noches.

 

   Llegamos de la plaza, como todos los martes. Hemos visto las mismas caras de siempre, a los paisanitos de siempre. La yaya se ha bajado a su casa. “Como en la casa de uno, en ninguna parte”, ha dicho cuando ha bajado del coche.

   Lo mismo decía el abuelo cuando tenía que vivir con los hijos. El pobre abuelo al final no podía quedarse en su casa y lo sentía con toda su alma. La yaya va y vuelve pero el abuelo no podía valerse solo y tenía que resignarse a romper sus lazos con la casa de siempre, a cortar su cordón umbilical.

   Recuerdo que una de estas veces que fuimos en el coche a dar una vuelta por la casa con el abuelo, miraba cada rincón con arrobo, tocaba cada cosa que podía, y lloraba al sentir la dura realidad de la forzosa separación como quien deja a un ser querido.

   Francisco Amós diría que no debemos apegarnos tanto a las cosas terrenas. Es verdad, pero es inevitable en ocasiones y circunstancias. Quizás en estos casos, como hice notar en otra parte, no se llora tanto al muerto como a la muerte, tal vez el abuelo, sin darse cuenta, lloraba más que a la casa a su juventud perdida.

 

   ¿No nos pasa ya a nosotros un poco y pisamos los cincuenta abriles, que aún prometen mucho? Yo he visto cambios abrumadores en mi persona, físicos y espirituales. “Te estás haciendo viejo” me ha espetado Emilio Santos esta mañana.

   No es agradable que le digan eso a uno, pero Emilio ha sido sincero. Yo observo cambios alarmantes en mi cuerpo No hay que ser un lince para verlos: dolores musculares, muelas picadas, menos agilidad… En cuanto al espíritu, mi manera de ver las cosas, cambian también: menos ilusión por emprender una tarea, más irritabilidad por naderías, cansancios inexplicables…

   Vamos a poner ilusión, toda la que podamos, en nuestra vida, Luna, si quiera para servir de ejemplo a los que viven con nosotros. Pero ¿está en nosotros poner un adarme de ilusión en nuestra vida? ¿Tomarán los hijos de nosotros la alegría de vivir? That is the question.

   Los hijos, los jóvenes en general, independientemente de nosotros, tienen alegría de juventud, fuego interior, ilusiones por estrenar, fuerza joven, savia nueva. Los mayores nos hacemos la ilusión de que servimos de ejemplo a los hijos, pero lanzada la semilla todo está hecho por nuestra parte.

   Son ellos ahora los que germinan y crecen a su tiempo y según leyes que ni ellos mismos conocen.

   Arriba escucho “Voyage, voyage”otra vez. Ángel pinta ventanas. Lina está con él. Mamá lija los palos de la terraza. Pascual Jesús cava la tierra. Miguel, ¿qué hace Miguel? El ruido del compresor es de hidroeléctrica, que va a tirar la línea nueva por encima de estas casas.

                                                                                                   

Francisco Tomás Ortuño.

 

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