Exomatismos.
15 septbre 2.025 Ntra. Sra. de los Dolores 258 – 107
Murcia, lunes, sin novedad en casa gracias a Dios. Te cuento de aquellos años floridos:
29 septiembre 1977.- Ayer un padre vino a quejarse. Es una queja que, por desgracia, se repite. “El maestro le ha pegado a mi hijo”. “Mi hijo lleva una señal en la pierna; ¿es que no hay otra manera de castigar?”.
Los padres tienen razón. Yo soy padre y no quisiera que a mis hijos les pegaran en el colegio. Dice bien poco del maestro de turno. El maestro que recurre al palo para mantener el orden en clase, ni es maestro, ni educa, ni nada de nada.
El maestro debe reportarse. Trata con niños y no debe descargar su irritabilidad con los pequeños. El maestro debe frenar sus impulsos violentos. Ay, qué difícil gobernar los ritmos, los cambios, los humores.
Qué difícil ser en todo momento dueño de si y obrar como en los buenos días. Pero debe procurarlo. El padre del niño tiene igualmente sus días, sus altibajos biológicos, que llevan a enfrentarse con violencia muchas veces.
Un juez inteligente, objetivo, no sabría dar la razón a ninguno de ellos. Vería de por medio como una sombra burlona, como un duendecillo travieso, la figura del diablo en forma de cambio biológico que estaba jugando una mala pasada.
Francisco Tomás Ortuño.
1 de octubre 1977.- Ayer estuve en Murcia, en la Delegación. Estuve con José María Tomás Tornero, buen amigo. Me contó por qué hizo la carrera de Derecho, por qué se hizo Maestro y por qué estaba en la Delegación de Educación y Ciencia.
Me habló de su afición por las lenguas modernas -en lo que coincidimos-, me dijo que en su juventud aprendió la lista de los Reyes godos -como yo-, y que aprendió también los nombres de los Estados Unidos de América.
Pasó, sin duda, un rato agradable José María contándome estas cosas tan entrañables de su vida. Luego subimos al convento. Llevamos terminados los cuadros que Pascuala ha restaurado: Juan Mancebón y el Padre Félix.
A la vuelta llegamos al chalet. Lo encontramos en estado avanzado. Los marcos de las ventanas están puestos. Con ellos, aunque sin puertas, hay sensación de intimidad, de casa cerrada. A este paso, creo que en diciembre tendremos ya el chalé terminado.
Francisco Tomás Ortuño
19 de octubre 1984.- Nuestro amigo Jesús nos ha dejado. Su reloj se detuvo ayer para siempre. Un golpe sin gracia, desafortunado, lo apartó de nosotros. Hemos ido a su entierro Pascuala, don Pedro el inspector, Tomás Ruiz Cánovas y un servidor. Lo de servidor porque iba conduciendo el coche.
Mucha gente en la iglesia: maestros, amigos y familiares del finado, como suele decirse. En los entierros, es curioso, la gente se lo pasa bien. La familia del muerto llora entre amigos, que les contemplan llorar.
El difunto, en su caja, no se entera de nada. Los demás, distraídos, cuentan por lo general chascarrillos. Es el contraste con la realidad que se palpa a dos pasos y no se quiere ver.
Dicen que en las muertes violentas, el alma revolotea abrazada a su cuerpo por algún tiempo. Será como cogerla desprevenida y no hacerse a la idea de que tiene que dejar su morada, como resistirse a partir creyendo que no es su tiempo.
Hay casos de exomatismos en que uno se ve a sí mismo desde fuera. Será curioso luego retornar y recordar el hecho. ¿Quién la impulsa a salir? ¿Es una llamada a la huida que no admite oposición? ¿Es, quizás, un desconectarse automático, instantáneo, como un movimiento reflejo?
Me imagino que el alma va con uno confiada, adaptada, tranquila. Cuando hay alguna enfermedad debe ponerse en guardia, nerviosa y hasta adoptar los gestos del viajero que próximo a su destino busca las maletas con la vista. Algo así debe ser.
Mas, en el caso de un accidente, el alma debe llevarse un susto de muerte. “¿Qué ha ocurrido?”. ¿Esto que es? De pronto ¡fuera!, mientras que el cuerpo lucha por sobrevivir. No es de extrañar que el alma se abrace al cuerpo, se resista a dejarlo. dormida, desprevenida
Es más, debe de ser una necesidad inevitable. Cuando está ocupada, distraída, ¿qué puede hacer sino aturdirse y cogerse para no caer? Debe de ser un momento espantoso, de convulsión en la casa -el cuerpo-, como un movimiento sísmico.
“¡Zas!”, un golpe y fuera. Fácil de decir, que por nadie pase. Una hecatombe. Yo quisiera que mi despedida fuera como la de la yaya Lina. Su alma estaría tiempo diciendo: “¡Venga que ya estoy lista!”. ¡Ahora! Y después: otro poco más, ¿quieres? Como quien lo piensa mucho en el andén y tiene 20 despedidas.
Francisco Tomás Ortuño
Humor:
- Camarero, hay un gusano en mi plato.
- No, señor, eso es la salchicha.
- Camarero, una tortilla.
- Sí señor, ¿francesa o española?
- ¿Y qué más me da? no voy a hablar con ella.
-
- Camarero, mi plato está mojado.
- No señor ,no es que esté mojado, es la sopa.
-
- Camarero, está metiendo su corbata en mi sopa.
- No se preocupe, señor, no encoge.
-
- Camarero, ¿esto es cordero o pollo? no lo puedo distinguir por el sabor.
- Entonces, ¿por qué se queja?
Francisco Tomás Ortuño.
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