Invitado molesto.
18 setbre. 2025 Santa Ariadna Año: 261 por 104 Sol: 7´59 a 20´18 Luna: 4´12 a 18´56
Murcia, jueves, mi nieta Sofía se estrenó ayer en la Universidad, “¡¡¡Suerte, nieta!!!”. Sin otras novedades, te cuento cosas del pasado:
8 octubre 1977.- No sé por qué lo pienso, ni si es nueva la idea. Pero considero al hombre como invitado molesto, y hasta peligroso, de la madre Tierra. “Huéspedes vengan, que de casa nos echen”, dirán airados los demás seres, viendo sus actitudes destructoras.
Sin el hombre, la naturaleza dormía pacífica en un mar de silencio. Con el hombre, todo se conmovió. La agricultura fue una provocación al orden natural; las guerras, todo un escándalo. La construcción, el ruido, los motores, la aviación, la radio… la ruptura del orden secular del cosmos.
Hace solo unos días que el hombre se vio en la tierra, y desde entonces el planeta no duerme. La preocupación por lo que este nuevo ser haga, le quita la tranquilidad. Ha visto que este aborto no puede estarse quieto.
Y, lo que es peor, que todo lo quiere cambiar o destruir, que es un ser contra Natura. La guerra entre ambos tiene que ser inevitable. Por de pronto, los dos se miran cautelosos, se miden las fuerzas por sí tuvieran que emplearlas.
Saben ambos que antes o después tendrán que hacerlo. La Naturaleza, antes tranquila y confiada, no duerme desde que apareció el hombre. Sus movimientos la intranquilizan. Sus intenciones no la dejan descansar.
Es como quien teme lo peor de un artefacto que aparece en su casa, de no sabe dónde ni quién lo ha traído, y sigue atento sus movimientos. El hombre, desde que se conoce, no ha parado de hacer; y, en su hacer, de intranquilizar a la Naturaleza.
Como niño travieso, no puede estarse quieto, y lo que antes era paz, ahora es zozobra y ruido. ¿Será que Dios ha puesto la inteligencia para destruir? Antes, durante miles de milenios, la tierra vivió tranquila en una serenidad cósmica total.
Un día apareció la vida vegetal y con la vida los problemas. La reproducción siguió su curso, pero se adaptó dócilmente a la Naturaleza. Fue un pequeño sobresalto en la vida de los mundos sin vida que existía. Fue un fruncir el entrecejo para mirar algo desacostumbrado.
Fue como levantar las orejas el perro ante un ligero ruido de unas hojas. Pero pronto, la vida vegetal, se hizo a la Naturaleza. Se acopló perfectamente a su ritmo, a su silencio y a su marcha. Formó parte de su nuevo mundo como invitado cariñoso y agradecido.
Todo siguió igual. Diría que hasta el Mundo se alegró. Fue el adorno que faltaba de unas flores a la casa. Jardín rodante por los infinitos, único mundo con flores y prados verdes, con árboles y musgo, único mundo vestido de colores para asombro de los otros, de color de tierra.
Y la vida, tras siglos y milenios de existencia pacífica, adaptada plenamente a su mundo, tuvo un desliz, un aborto. ¿Cómo fue? Nadie se lo explica, pero el animal se vio en la tierra.
La aparición de esta otra forma de vida en la tierra fue, sin duda, el hecho más trascendente de millones de años. La Tierra sintió algo nuevo sobre ella. La naturaleza se sobresaltó por lo novedoso del hecho. Ahora frunció de nuevo el entrecejo como otra vez hiciera.
Cuando vio que se movía libremente por sí, lo miró con curiosidad durante años y siglos. Lo siguió atenta, con curiosidad. La nueva vida se reprodujo, creció, se multiplicó. La nueva vida, nueva en todo, luchó, murió y volvió a nacer.
Pero se acopló a la vida que encontrara. Se adaptó a los ritmos de la Naturaleza. Sobre todo, la respetó. Fue una criatura extraña, pero, al fin, inofensiva. Una criatura sin consecuencias para la paz.
La Naturaleza volvió a cerrar los ojos. Volvió a su sueño ancestral de siglos y milenios. Hasta llegó en sus descansos a sentirse agradecida, porque estos seres caprichosos y nuevos solo se movían automáticamente por la casa. Flores y piezas divertidas, colores y juegos circenses.
La casa se adornaba caprichosamente, hasta lo inimaginable, de flores y de animales: en los ríos, en el aire, en la tierra y en el mar. Legión de seres por todas partes crecían a placer. Y el Mundo, casi agradecido, siguió su curso sin más complicaciones.
No esperaba que su mayor enemigo, su peor peligro, estaba a punto de nacer. No sabía que la Inteligencia iba a hacer su aparición, y con ella el peor enemigo conocido, que podría hasta destruirla: el hombre.
Francisco Tomás Ortuño.
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