Preguntándose a qué vino.

 6 Septiembre 2.025 Ntra. Sra. de Guadalupe Del año: 249 días pasados y 116 sin pasar. Te lo dice uno que suma 92 a. 2 m. y 8 d. en esta vida preguntándose a qué vino.

   Murcia, sábado, sin novedad salutífera en casa g. a D. En la Feria han montado una Noria gigante para ver el mar sin gastar zapatos. Nosotros tres cenamos allí hasta un paparajote.

   Te cuento hechos fidedignos del pasado:

 

    8 de septiembre  1977.- Cogiendo manzanas, dijo mi mujer: “¡Qué hermoso es el campo!! Si nos damos cuenta, todo es hermoso en la vida”. Creo que mis hijos que la oyen vayan impregnando su alma de estos sentimientos de bondad.

   Hace poco me dijo: “No debemos pensar tanto en lo que no tenemos o anhelamos, como en lo que tenemos. Hasta en lo más pequeño”. Luego, anoche, leía yo en un artículo de Selecciones -en enero 1965- “Cuántas veces la felicidad se encuentra en lo más insignificante, en lo más pequeño, en lo más próximo, en lo que tenemos, y no en los grandes sueños de riqueza, de gloria, de fama”.

   Recordé sus palabras porque venían a decir exactamente lo mismo que mi mujer: “El hombre que se siente satisfecho es feliz. Es absurdo buscar el desequilibrio vital con aspiraciones absurdas o deseos insanos, que solo producen tensiones e infelicidad”.

 

   Sinceramente, pienso que la mujer es el motor, el artífice, que logra la armonía perfecta en la familia. Sí, es ella con su gusto, su tacto y su inteligencia, la que obra el milagro. Si alguna vez mis hijos, ya mayores, leen lo que escribo ahora, que lo sepan:

     Su madre, doña Pascuala Pastor Martínez, por obra y gracia de Dios y de la Virgen María, a quien tanta devoción profesa, fue una mujer admirable, esposa y madre por encima de todo, trabajadora, inteligente, callada y celosa del bien de los suyos.

   Su mayor dicha es hacer felices a los demás. De ella se ocupa menos. Todo esto que ella no dice, ni a lo mejor lo sabe, lo digo yo que estoy muy cerca y la observo sin que ella lo advierta.

                                                                                                      

Francisco Tomás Ortuño

 

            10 octubre 1984.- Los alumnos en prácticas estuvieron conmigo por la mañana y por la tarde. Jóvenes todos que esperan ser pronto maestros. Durante tres meses que están con nosotros conocen in situ la realidad que les aguarda: niños, escuela, enseñanza.

   Me recuerdan mis tiempos ya lejanos de Rillo: “Este es el señor maestro”, dijo mosén Federico a los niños que aguardaban en la puerta. Luego nos dejó solos y empezamos la clase.

 

   ALUMNOS PERIPATÉTICOS:

 

  Los alumnos peripatéticos, también conocidos como de la Escuela Peripatética, eran los discípulos de Aristóteles, uno de los filósofos más destacados de la Antigua Grecia.

   El término peripatético proviene del griego peripatéticos que significa los que caminan alrededor. Esto se debe a que Aristóteles solía enseñar mientras caminaba por el campus del Liceo, en Atenas. Aristóteles enseñó la observación empírica como herramienta para adquirir conocimientos.

   En el legado de los peripatéticos resalta la importancia del razonamiento lógico, la observación empírica y la ética, en la búsqueda del conocimiento y en el desarrollo humano.        Su significado ha evolucionado y hoy en día la palabra peripatético se utiliza para describir a alguien que cambia, a personas viajeras o nómadas en su estilo de vida.

   También se utiliza para describir a quienes están en constante movimiento intelectual explorando y aprendiendo diversas disciplinas o campos de conocimiento En este sentido el término se refiere a la búsqueda continúa y activa del conocimiento y la experiencia a través de la exploración y el movimiento.          


Francisco   Tomás   Ortuño

       

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