Gracias, pero no se acepta.
24 Octubre 2025 San Antonio María Claret
Murcia, viernes y sin novedad en casa. Te cuento recuerdos de antaño:
Dos diciembre 1977.- .Otro mes, otra esquina doblada. Otro día clave, otro momento para la historia. Otra nada para el recuerdo. Ayer subí a Santana, en el chalet ponen los pisos. Ayer pagué a Manuel otras 50.000 pesetas.
Ayer hablé con el padre sobre un posible préstamo para ultimar las obras. Ayer fuimos Pascuala y yo al taller de Paco González, el carpintero. Ayer pagué al fotógrafo las fotos escolares y liquidé a Juan Almeida los seguros del colegio.
Ayer, los alumnos de CECA -Centro de Capacitación Agraria- no tuvieron Clase, porque se trasladaron de domicilio. Ayer muchas cosas más sin importancia, pero que llenaron un día. Cosas que tuvieron que ocurrir, intrascendentes quizás, pero necesarias.
Ayer hablamos en casa de que Pascual Jesús sea luego profesor. Él se reía. ”¿Te gustaría ser luego Profesor?”. “Bueno”. ¿Y Francisco Amós? ¿Y Ángel Inocencio? Miguel es todavía pequeño. Lina más aún.
Con los hijos y las profesiones hay que definirse pronto. Luego diremos que todo ocurre según leyes naturales, pero quizás esas leyes estén determinadas por nosotros. “Tenía que ocurrir”, decimos. Pero una serie de acciones nuestras las han formalizado.
Con las carreras de los hijos debemos pronto orientar los pasos si queremos que haya luego más posibilidades de que sea lo que nos gusta. Yo entré en el Mundo de las letras, concretamente en el Cuerpo de Magisterio.
En cambio, yo quería ser médico o ingeniero. A mí las matemáticas me gustaban y no se me daban nada mal. Yo hacía los problemas entre los compañeros de curso. Luego Antonio Martínez fue médico; Martín Ortega, abogado; Juan Miguel, ingeniero.
Pero mi padre, aconsejado por su amigo don José Yagüe me ordenó que echara por este camino. Fijemos pronto la mirada a donde quisiéramos llegar, y todos nuestros pasos, nuestros esfuerzos, nuestras ilusiones, que vayan dirigidos en ese sentido.
El destino natural siempre, pero nosotros sibilinamente habremos preparado el cauce por donde discurran los acontecimientos.
Francisco Tomás Ortuño
3 diciembre 1977.- Ayer le escribí una carta a los maestros de Jumilla. A todos: a los del Colegio Comarcal; a los de San Francisco; a los de Soler Bans; a los de la Agrupación San Juan; a los de la Escuela Hogar.
La copio al pie de la letra: “A la consideración del Profesorado de Jumilla: En el año escolar hay dos o tres fechas señaladas, que todos conocemos, en las que los niños llevan chocolate o botes de melocotón a la escuela.
Siguiendo una costumbre de otra época triste para el maestro, en que la situación económica era distinta, en que se pasaba hambre y había que ayudarnos, en que se necesitaba de limosnas para subsistir.
Hoy, gracias a Dios, los tiempos han cambiado, y la dignidad nuestra no debe seguir con la costumbre ancestral de esta especie de limosna por nuestra por parte, de familias que necesitan de ellas más que nosotros.
El ¡Basta! debe salir ya de nuestra parte y decir a las familias: “Gracias, pero no se acepta”. Si estás de acuerdo, vamos a adelantarnos fechas de Navidad y escribir unas hojas a las familias, llevadas por los propios niños, donde se diga:
“Por acuerdo del profesorado de Jumilla, no se aceptan regalos en la escuela. Por favor, no mande nada con su hijo, que le será devuelto. Se le agradece igualmente. Un saludo cordial”.
Creo que será un gesto que muchos agradecerán. Y, sobre todo, que nuestro cuerpo ganará en dignidad. Atentamente, vuestro compañero”. Espero respuesta.
Ayer mismo comprendí que mi escrito ha hecho daño a algunos. “No se trata de limosna, sino de atención de la familia al maestro”, han respondido. Me consta que no es así. Hay mucho de compromiso en el regalo de Navidad.
“Que no diga mi vecina”, “Que no la tome el maestro con mi hijo” … El regalo es forzado, un puro compromiso, no se hace voluntariamente. El maestro deja pasar fechas, y mantiene con su silencio la penosa situación.
Creo que con el sueldo de este mes -algunos más de 100.000 pesetas-, pueden comprarse la botella de champán y barras de turrón, sin esperar a que esa pobre madre, que no lo va a probar, se lo compre.
Pienso que es hora de cortar con esta obligación que el tiempo y las circunstancias han creado.
Francisco Tomás Ortuño.
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