Abramos las ventanas que entre el sol.

27 Noviembre 2.025  San Facundo  331 – 34  Sol: de 8´14 a 17´50  Luna: mañ, C.Crecte.

     Murcia, jueves y sin novedad en casa. Sigo con mis recuerdos:

     Recuerdo esta primera noche en Rillo, porque estas impresiones eran para mí como las de un niño que viene a la vida. Trataba de no hacer ruido, de no toser siquiera. Me creía observado y al mismo tiempo me sentía más solo que nunca.

   Mi cabeza trataba de poner en orden mis ideas. ¿Qué pueblo era éste que no tenía un Ayuntamiento como el que yo pensaba encontrar? Con grandes escaleras, grandes despachos y ordenanzas recibiendo a la gente.

   ¿Qué pueblo era éste donde el alcalde iba a la huerta con su legón y sus abarcas? No terminaba de ver claro. Mi cabeza estaba confusa, desconcertada. Rendido por el cansancio, tuve que dormir profundamente durante muchas horas seguidas.

   A la mañana siguiente, temprano, fui de nuevo a ver a don Federico. Al fin y al cabo, era mi único conocido. Con una llave enorme en la mano, nos dirigimos a la Escuela. En la puerta había unos niños esperando. Me miraron curiosos. Yo, por mi parte, los saludé sonriendo.

     -Este es el señor Maestro -dijo el Cura por toda presentación. Y abrió la Escuela sin entrar. Allí se despidió: “Tengo que decir Misa, así que, señor Maestro, aquí le dejo con los niños y, ya sabe, si necesita alguna cosa me lo dice”.

   -Gracias, le contesté. Y de esta forma, me encontré solo ante el peligro. Con unos niños que habían de ser en adelante mis mejores amigos.

   La Escuela era una habitación rectangular, no muy grande, con unos bancos apilados en un rincón, con una mesa y una silla enfrente para el maestro, y unas ventanas con cristales sucios.

   -Abramos las ventanas que entre el sol -dije pronto a los niños. Con un trapo que vimos limpiamos los cristales, pusimos los pupitres en orden y empezamos la clase.

    Mi primer problema pendiente era encontrar una casa donde alojarme para comer y dormir, porque nadie parecía reparar en que yo necesitaba cobijarme. Como era mi problema, cuando salí de la Escuela me dirigí de nuevo al Ayuntamiento.

   Tras ímprobas y laboriosas gestiones, conseguí que me atendieran. Una señora gorda, muy gorda y bajita, llamada Rafaela, que debía de ser la pregonera, salió a la calle y tocando una pita en las esquinas, gritaba:

   “De orden del señor Alcalde, que pase por el Ayuntamiento quien pueda tener en su casa al Maestro”. Luego supe que lo mismo hacía cuando algo se había perdido, o se vendían patatas en el mercado.

   Me parecía estar soñando. ¿Era cierto lo que ocurría? Me buscaban alojamiento. ¿Dónde estaba la residencia, pensión u hostal que yo esperaba encontrar? La huerta se veía por todas partes fuera de las primeras casas.

   Me daban ganas de gritar: “¿No tienen dónde alojarme?”. Hubiera salido corriendo. Pero me fui tranquilizando. Al pregón acudieron algunas señoras a justificarse, como si tuvieran que hacerlo.

   “Yo no puedo, porque mis hijos trabajan fuera”. “Yo me lo quedaría, pero mi marido no quiere “, y así. Una se quedó mirándome como si yo estuviera en venta. Lo recuerdo como una anécdota de mi vida. Yo en el centro de la sala y la mujer mirándome de arriba abajo.

    Me dio la vuelta en redondo sin dejar de observarme como el que quiere comprarse un traje y lo examina antes de decidirse. Yo la miraba a ella, aunque los ojos no se cruzaran. “¿Qué querrá ver?”, me preguntaba yo para mis adentros.

   Cuando fui detenidamente visto, minuciosamente observado por todas partes, dijo que no. No supe por qué, aunque me hubiera gustado saberlo.

   Por fin, ¡oh, cielos!, por fin llegó una señora y se quedó conmigo. Me explico: cuando desconfiaba ya de encontrar alojamiento, la señora Emilia, tras unos minutos largos de dudas y reflexiones, aceptó la oferta.

   -“Tengo varios hijos, pero haré lo que pueda. puede venir a casa, y donde estamos seis estaremos siete”. Así fue como entré a formar parte de una familia buena en la que estuve dos años viviendo como uno más de los hijos.

   El problema de casa se había resuelto, aunque no sin apuros. Formaban la familia el matrimonio -el tío Adolfo y la tía Emilia, ya mayores- y cinco  hijos -Julio, Adolfo, Blas y Emilia-. Por las noches les ponía cuentas y problemas a los hijos.

   Con el padre, bajo, risueño siempre, mañico por los cuatro costados, me llevaba muy bien. Parece que los viera a todas horas como si fuera ayer mismo. Me dejaron una habitación arriba donde tenía mi ropa, donde estudiaba, donde dormía.

   Una habitación sencilla, con lo indispensable: una cama, una mesa, una silla y poco más. En esta habitación pasé muchas horas con mis libros, escuchando vientos y viendo Nieves en los montes cercanos.  Continuará.

                                                  

Francisco Tomás Ortuño

 

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