De caza.
30 Noviembre 2.025 San Andrés Primera Semana de Adviento Del año: 133 días que se fueron por 32 que no llegaron, incluida la Navidad.
Murcia, domingo, sin novedad en casa, gracias a Dios. Sigo con mis recuerdos:
Al salir de la Escuela fui a ver a mi amigo Evencio. Le descargué mi conciencia. ¡Cómo se reía oyendo mi historia!
- ¿No te lo dije?, repetía, ¿no te lo dije?
Me hizo reflexionar don Mateo, y de verdad que le agradecí su amonestación. ¿Quién era yo para tomarme la justicia por mi mano? ¿Cómo no lo hice saber de otro modo, sin recurrir a la dichosa leche, que tomaban como alimento los niños?
Cuando salimos de Misa el domingo siguiente, me hice el encontradizo con los padres de Evelio y hablé con ellos. Les dije los motivos por los que su hijo se quedaba sin recreo, y les aseguré que en adelante no se quedaría más sin leche.
Nos despedimos amablemente, pero también con cierta frialdad, que no presumía intimidades en lo sucesivo. El cuerpo de la Benemérita era por aquellos años mucho cuerpo para intimar con él o tomarse ciertas libertades.
Un amigo me contó más tarde que a él lo llamaron aparte, en ocasión parecida, para decirle: “Señor maestro, ojo con lo que cuenta en el bar. La próxima vez se lo diremos de otra forma”.
¡Eran tiempos de llevar cuidado con lo que se hacía o se decía, porque ojos y oídos había siempre cerca! Mis dos años en Rillo, primeros en la larga lista de servicios que siguieron, transcurrieron sin muchos sobresaltos, fuera de estos hechos esporádicos.
Todo se reducía a la Escuela, a mis libros, a la casa, y a pasear con la Maestra. La del primer año se llamaba doña Cesari y era algo mayor que yo. La del segundo, doña Aurora, de mi edad. En una ocasión, con mi afición a los versos, le escribí:
¿Has visto, Aurora,
qué hermosa es la fugaz aurora
que nace con el día?
Pues si es así esa aurora
que nace con el día,
¿qué hermosa no serás tú, Aurora,
que no dejas de ser Aurora
noche ni día?
Jamás pensé en casarme con ninguna. No entraba en mis cálculos la idea. Yo solo veía en ellas a mis compañeras y como tales las trataba para hablar de nuestro común quehacer. Un día le dije a Aurora; “Para que en el pueblo no vean mal que paseamos solos, podemos decir que estamos en relaciones, ¿qué te parece?
¡Qué ingenuidad la mía! La mujer es más práctica. Lo que yo veía cómo simple pasatiempo, para ella era quizás otra cosa. Me dijo que cómo se me ocurría decirle eso, que si es que no eran formales nuestros paseos y sentimientos.
Para quedar mejor con todos, tuve que decirle, a ella primero y después a los demás, que nuestras relaciones eran tan formales como lo más sagrado de este mundo. Y así pasamos como novios oficiales para todos menos para mí.
Yo seguía pensando que el tal romance duraría lo que yo durara en Rillo. Un juego delicado y peligroso que superé con nota. No pude saber si mi juego lo compartía también mi compañera, pero sin palabras hicimos más llevadera nuestra estancia en aquel villorrio de Teruel.
Estas pseudo-relaciones no acabaron aquí. La historia se prolongó unos años por lo que ocurrió después. Estando yo en Elche de la Sierra, mi destino siguiente, pueblo de Albacete, donde permanecí 4 años, una noche me visitó un señor que se presentó como el novio de Aurora.
¿Qué querrá de mí?, pensé cuando supe que venía ex profeso de Teruel para hablar conmigo. ¿Vendrá a pedirme explicaciones? Al fin, se confesó: “La quiero y me voy a casar con ella; como no ha tenido otro novio más que tú, quería que me dijeras qué hubo entre vosotros”. Se puso a llorar como un niño pequeño.
“Nuestra novia” decía cuando se refería a Aurora. Cuando le repetí que “su” novia había sido como una hermana para mí, se fue tranquilizando. Quedamos tan amigos y desapareció al día siguiente. No he vuelto a saber más de él ni de ella por supuesto.
Mi amigo Paco del comercio, que llamaban, bajo y robusto, me invitó a cazar un domingo. ¡Cómo lo recuerdo! Temprano partimos en su coche. Mi amigo, provisto de buenas botas y escopeta, subía y bajaba lomas, ribazos y pendientes del terreno.
Mientras que yo, menos hecho a semejante fiesta cibernética, me entretenía con un rifle de perdigones, buscando blancos fáciles y próximos. De vez en cuando oía el ruido tremendo de un disparo que retumbaba en el monte como una tormenta.
Como un punto, lo veía correr en la lejanía, ora subiendo, ora bajando rampas. Y de pronto el zumbido repetido de su descarga. Así pasamos unas horas por el monte, que tanta ilusión hacía a mi amigo como cazador empedernido.
Como premio a su labor, trajo una codorniz y una liebre en el morral. Cuando dijo de regresar, yo había gastado una caja de perdigones con mi carabina de feria. “La liebre nos la comeremos esta tarde en casa”, dijo cuando montamos de nuevo en el coche.
Lo gracioso fue que luego en su casa, cuando preparaba la pieza para servirla en la mesa, salió de no sé dónde el Guardia preguntando: “¿Son ustedes los que esta mañana cazaban en el monte?”. “Sí, le respondimos orgullosos; y esta pieza es una de la caza”.
El hombre, rascándose la cabeza, preguntó por fin: “Y ¿cuál era el que sólo apuntaba y nunca disparaba?”. Comprendí su confusión y me reí. Y es que él, que estaría viendo de lejos la caza, observaría estupefacto que yo con mi rifle disparaba sin cesar pero no oía el ruido del disparo.
Cuando le aclaré sus dudas, nos pusimos a cenar, con él incluido en el corro, dando buena cuenta de la liebre, que estaba apetitosa y bien sazonada al ajillo. Continuará
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