El maestro Raúl.

17 de noviembre 2025  Santa Isabel de Hungría 321 – 44

     Murcia, lunes y sin novedad, gracias a Dios. Os cuento de atrás;

    UN CUENTO   Dedicado a mis nietas Isabel, Alba, Sofía…, nietos Gabriel, Pablo, Jaime…) y a sus padres Francisco Amós, Pascual Jesús, Ángel Inocencio, Miguel y Lina. El abuelo Francisco Tomás Ortuño 92 a. 4 m. 17 d.

   Cuando Raúl se vio delante de los niños por primera vez sonrió satisfecho, como habiendo coronado una gran montaña tras ímprobos esfuerzos.

   Raúl había sido buen estudiante, y desde muy pronto se decidió por la carrera de Magisterio. Lo tuvo claro: cuando sus compañeros decían que iban a hacer Medicina, Farmacia o Derecho, él decía que Magisterio.

   Él quería ser Maestro y enseñar a los niños.  En su casa lo aceptaron con el orgullo de una vocación segura. “Mi hijo quiere ser Maestro”, “Mi hermano va a estudiar Magisterio”.

   Para todos, Raúl acabaría la carrera, ganaría unas Oposiciones y regentaría una Escuela. Pero lo que no sabían es que Raúl pensaba en la carrera de otro modo.

   Enseñar lo hacían todos. A él lo enseñaron a leer, a escribir, a contar… Recordaba a don Plácido en una Escuela reducida de su barrio. Y recordaba a sus compañeros: Luis, Antonio. Pedro, Juan…

   Pero no sabía quién ni cómo le metió en la cabeza, o por qué razón, que enseñar era otra cosa. Cuando para todos Raúl sería uno más en el gremio de los enseñantes, él sonreía enigmático. Su verdadera idea no acababa en eso. Su intención principal, honda, profunda, era que quería enseñar otras cosas.

   Por eso, cuando aprobó sus Oposiciones, que le permitían ocupar una plaza en propiedad, cuando se vio en una Escuela, en su Escuela, por primera vez delante de unos niños, sonrió de forma misteriosa. Había alcanzado un sueño largamente acariciado.

   Raúl estaba convencido de que la labor fundamental de la Escuela no era tan solo enseñar como educar. “¿De qué sirve estar bien instruido, si la perversión brota por los poros de su cuerpo?” Hay que educar primero.

   Y con esta idea se lanzó a la gran aventura de su vida. “Ser Maestro para educar a los niños en la integridad. Formar niños íntegros”. Y en esa integridad cabían todas las virtudes humanas.

   “Cuando los niños sean íntegros, los hombres serán cabales, justos, honrados. Miraba a su alrededor y veía con pena que existía la envidia, la soberbia, la avaricia, el egoísmo, la guerra.

   Y pensaba que al niño en la Escuela, en sus primeros años, había que inculcarle ideas de amor, de altruismo, de generosidad. “Hay que hacer niños íntegros”, se repetía, “donde no quepa la mentira, el odio, la maldad. La Escuela debe preparar para la vida, así debemos empezar haciendo buenos a estos niños”.

 

   Raúl empezó su Clase diciendo: “Queridos niños, empezamos el Curso en busca  de la integridad. Entre todos la conseguiremos. No es fácil, pero con esfuerzo la lograremos”.

   Y por la noche, satisfecho, pensó: “Mañana, guerra a la mentira”. “Meta remota: Amarse los unos a los otros”. Y se durmió satisfecho.

   ¿Te imaginas un mundo sin violencia?, pensaba Raúl en sus noches de insomnio. ¿Cómo nace la violencia? Y se dormía con la sonrisa en el rostro creyendo tener la solución en sus manos.

   Cuando despertaba sentía la necesidad de poner manos a la obra con los niños de su Escuela. ”Enseñar a leer es importante, pero enseñar a vivir sin violencia, pensaba Raúl , era lo principal”.

   La asignatura fundamental como personas razonables no era saber, sino ser. Ahí estaba la base de todo el saber, lo esencial. Aprender a ser.

   Se podrá saber más o menos, se podrá llenar el tarro de la memoria hasta derramarse o se podía dejar a mitad por diversas circunstancias, pero aprender a vivir en sociedad era lo más importante, lo más necesario a cualquier ciudadano del mundo.

   Era un sueño largamente meditado. No podía precisar Raúl cuándo ni cómo nació la idea en su cabeza. Pero la luz de pronto la tuvo un día, que le hizo cambiar. Y no pudo pensar otra cosa que ponerla en práctica. “Ser más que saber” era el resumen de su pensamiento.

   Y la ilusión de ponerla en pràctica con niños propios, con ñiños que se le adjudicaron para obrar su pensamiento, había llegado.

 

   Desterró de la enseñanza todo signo de violencia y de egoísmo. Quererse era la nota dominante. Ayudarse, darse, conceder, permitir, Fuera gestos duros, prohibiciones, negativas. Como agua cristalina que brota del manantial, el ambiente había de ser alegre, franco, sereno, optimista.

   Nunca distorsionar sino dejar discurrir la vida con ambiente natural, individual de cada niño, evitando las impurezas del camino. Más que prohibiciones, prevenciones, más que sermones, ejemplos.

 

   Cuando Raúl tuvo ocasión de exponer sus ideas pedagógicas a compañeros en un Congreso, las expuso. Había Autoridades y profesionales importantes de otros ramos de la vida social.

   Se jugaba mucho Raúl en aquella comparecencia ante los demás. Puso calor y energía en sus palabras. Llegó a emocionarse en ocasiones. Se le seguía con una atención desusada anteriormente.

   Trataba de algo tan importante y nuevo como era la educación de los niños en el campo de las ideas, trataba del futuro de la sociedad, de otro modo de comportamiento.

   Raúl como soltando unas ideas que le quemaban por dentro, habló y habló. Y convenció. “Más que saber, lo que importa es ser”. “La Escuela debe instruir, pero poco haría si se queda en transmitir conocimientos. La Escuela debe enseñar valores para desterrar del mundo la violencia”.

   Y al final se escuchó la más atronadora ovación de la historia.

                                    

Francisco Tomás Ortuño   Maestro, Director escolar, Licenciado, Doctor, Escritor (autor de más de 50 libros)

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cine de Medianoche.

El expolio de la bodega.

No quiero irme.