y que duerma bien.

 26 Noviembre 2025  San Silvestre y “cumple” -53- de mi hijo Miguel. FELIZ CUMPLEAÑOS Y QUE CUMPLAS MUCHOS MÁS CON MARÍA JOSÉ TE DESEAMOS TODOS.

     Murcia, miércoles, sin novedad por aquí, gracias a Dios. DEDICO ESTOS RECUERDOS A MIS NIETOS GABRIEL, ISABEL Y PABLO, que viven, como yo entonces, los comienzos de su vida profesional.

 

     -1954 -1955-. Mis años 20 marcan en mi vida otro mundo diferente, de tal forma que bien pudiera decir antes y después de esa fecha para catalogar mis hechos personales y profesionales.

      Cogí la maleta por primera vez para ir a Rillo como Maestro. Fue, sin pensar entonces en ello, empezar otra vida, otro modo de ser. Aquel niño de Escuela o aquel joven de Instituto, de exámenes y oposiciones, dejaban paso al Maestro de un pueblecito de Teruel.

     Un Maestro para mí, era una persona adulta, responsable, que tenía que atender obligaciones con niños, con padres, con autoridades y demás. Un Maestro tenía que actuar como tal en todos los momentos y circunstancias.

     Recuerdo que estás consideraciones me las hacía ya entonces y trataba de cumplirlas aun a costa de sacrificios. Yo no podía -pensaba- ir a juergas con amigos, a bailes de barrio, ni a bares a jugar a las cartas.

     Yo tenía la obligación de ser el Maestro en todo lugar y a todas horas, en el que vieran retratado el ejemplo vivo del bien obrar. Y eso a los veinte años era mucho sacrificio.

     Mosén Federico, hombre ya maduro, de sotana deslucida, me acompañaba en los paseos, o el sargento de la Benemérita, con el que jugaba partidas de ajedrez en el cuartelillo, o Evencio, el contable de las minas de lignito. Personas que me ayudaban a llevar mis ratos de no hacer nada.

     Dos años de vivir intensamente la Escuela, de estar en casa con mis libros, de dialogar con la familia que me acogió… Y en medio de estos dos años, mi Servicio Militar... Pero llevemos un orden. Te cuento:

 

     Mi primer destino como Maestro fue Rillo, pueblo pequeño a 50 km de Teruel, la capital. Yo de casa, fuera de los viajes a Alicante con la familia, no había salido. Y ahora, de golpe, me lanzaba en solitario a una provincia lejos de Murcia. Quizás fuera lo mejor. Como dijo Manjón: “Para aprender a nadar lo mejor es lanzarse al agua".

     Cuando llegué a aquel pueblo pregunté por el Ayuntamiento. ¿Pero había Ayuntamiento? Primera sorpresa. Al revés que Don Quijote, cuando esperaba encontrar en las ventas palacios y guardias en la puerta para anunciarme: “¡Es el Maestro!”. resulta que encontré una casa de poca presencia y menos rimbombancia.

    - ¿Puedo hablar con el señor Alcalde?, dije a alguien que me abrió la puerta que chirriaba.

     -Se fue temprano a la huerta, me contestó.

     Yo estaba del viaje cansado, y ahora desconcertado.

     -¿A la huerta ha dicho?

     -Si, el tío Perico fue a la huerta. ¿Quería usted algo?

    Cuando iba a decirle que yo era el Maestro, miró por encima de mi hombro y señaló a alguien que se acercaba.

     -Por aquí viene, continuó.

     Miré hacia atrás y vi a un señor cansino como yo, con abarcas, y un legón haciendo de cayado. Nos presentamos. Se le veía amable y servicial. Traté de sonreír pero no lo conseguía.

     -Vea usted al señor cura. El tiene las llaves de la Escuela. Esta fue mi entrada triunfal en este pueblo turolense, al que iba destinado como Maestro.

     Pregunté por el Cura y lo encontré en casa. Mosén Federico me miraba a través de sus gafas de gruesos cristales.

     Era su rostro colorado, rubicundo, y su voz aguardentosa. Su sotana raída lucía un buche fenomenal, que le hacían andar con no pocas dificultades. Me invitó a comer. Aquella noche quedamos en ir a la Escuela al día siguiente.

     Dormí en una casa de labradores ricos, a donde me llevó el cura. No hablé con nadie. Me indicaron una habitación arriba, una cama alta con pieles de ovejas encima, y que duerma bien.  Continuará.

                                                 

Francisco Tomás Ortuño.

 


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