Castigo ejemplar.

7 diciembre 2025  San Ambrosio 341 – 24

      Murcia, domingo, sin novedad en la salud, gracias a Dios. Te cuento:

     ELCHE DE LA SIERRA:

    En Elche de la Sierra, pueblo de Albacete, pasé 4 años: de 1956 al 59 ambos inclusive. ¡Cómo el destino va disponiendo las cosas! Yo conocía este pueblo de mi infancia, cuando fui con mi madre a saber de su familia, después de la contienda nacional.

   Yo recordaba la plaza del pueblo, la bodega de la casa, donde mi tío Jesús guardaba instrumentos de música, y recordaba a malas penas, pero la recordaba, una rejilla que había en la puerta. Vagos recuerdos de cosas que vi cuando estuve antes, contando solo 6 años.

   Te explico; el abuelo de mi madre era Sargento de la Guardia Civil, don José, que procedía del norte y fue destinado al Cuartel de Jumilla. Tenía un hijo, Jesús, y una hija, Mª del Rosario, que se casó con mi abuelo José María y nació mi madre.  Era el año 1.901.

   Jesús, hijo de don José, hermano de mi abuela, vivía en Elche de la Sierra, provincia de Albacete, donde se casó y tuvo tres hijos: Antonio, Zoila y Pepe. Yo fui con mi madre a ver a su familia: su tío Jesús y sus primos Antonio, Zoila y Pepe.

   Cuando supe que en el Concurso de Traslados me habían adjudicado el pueblo de mis tíos, lo primero que hicimos fue comunicárselo: “Aquel niño que estuvo con vosotros, va ahora de Maestro”. Yo tenía ahora 23 años.

   A mis tíos les faltó tiempo para contestar, diciendo que se alegraban y que me esperaban en su casa. Mi aterrizaje fue apoteósico. Como en Lorca, cuando mi servicio militar, la familia me esperaba en el coche para llevar mi maletas.

   Me adjudicaron una habitación y dispusieron de mi como mejor supieron y pudieron. En esta casa vivían mi tío Jesús, mi tía Perpetua, Zoila, Nicolás, con dos hijos pequeños, y Pepe, un hermano de Zoila. Muchos para añadir otro más a la lista.

   Lo que más me preocupaba a mí entonces era mi Escuela. Estaba esta, antes de pasar al grupo escolar que inauguramos después, en una calle estrecha cerca de la Iglesia. Era una escuela grande y destartalada. No parecía escuela. más bien un camarón de casa o pajar de campo.

   A la entrada había un tabique, paralelo a la puerta, que impedía ver el interior. La puerta era de postigo, de llave enormemente grande. El retrete, a la entrada de la calle, a dos leguas de la mesa del maestro, que se hallaba al fondo, era singular.

   ¡Cómo lo he recordado más tarde y cuánto entonces si tenía que utilizarlo! Había un agujero grande y abajo, Santo Cielo, un patio con gallinas. Parece que esto que digo sea un cuento de ciencia ficción, pero es verdad.

   Cuando las heces llegaban abajo, como a cuatro metros de profundidad, las gallinas que merodeaban cerca, se encargaban de acabar con ellas, como un maná. Así a cada instante. ¿Sería su único alimento?  No supe quién era el dueño de ese corral, ni menos a dónde irían a parar las gallinas. Pero doy fe de que esto lo estuve presenciando durante nueve meses..

   Los niños como todos los niños entre 6 y 12 años a lo sumo. No había niñas. Eran niños de ocupar muy pronto los padres a sus hijos en oficios, o en la tierra, guardando ganado o limpiando plantas.

   De esta escuela guardo singular recuerdo con lo que me pasó con un niño llamado Pepito. No terminaba nunca sus trabajos. Era como aquel Evelio que tuve en Rillo. La poca experiencia me hizo tropezar dos veces en la misma piedra.

   Lo dejé encerrado una tarde cuando salieron los demás niños. Como yo aquel día me fuera a pasear con los amigos, o quizás por la falta de costumbre en aplicar castigos, se me olvidó volver por la escuela.

   Y al día siguiente, temprano, fue a verme su padre, preocupado y pidiendo disculpas por haberle abierto la puerta a medianoche. “Fui por la escuela, vi luz dentro, llamé a mi hijo y me dijo llorando que estaba castigado”.

   Entonces le dije que abriera la puerta corriendo el pestillo y que se viniera a casa. Sé que no estaba bien, pero como era tan tarde, usted comprenderá. Apagué la luz y cerré la puerta de nuevo como pude.

   Yo que escuchaba con cierto temor a que hubiera reaccionado de otro modo, lo tranquilicé como Dios me hizo entender, de sus aprensiones, y dije para terminar viendo el sesgo que había tomado la conversación:

   “Hizo bien llevándose a su hijo. Quise aplicarle un castigo ejemplar para que estudie en lo sucesivo”. Así, poco más o menos, terminó la cuestión, yéndose el padre agradecido y pidiendo perdón por su atrevimiento. Continuará.

                                                       

Francisco Tomás Ortuño.

 

   ¿Quiénes son los abuelos?

   Una señora y un señor que como no tienen niños propios le gustan mucho los niños de los demás.

   Los abuelos son gente que no tienen cosa alguna que hacer; solo estar ocupados cuando nosotros vamos a visitarlos.

   Son personas con las que es muy divertido ir de compras y no te dicen: ¡Date prisa!

   Responden a las preguntas como ¿por qué Dios no está casado? o ¿por qué los perros siguen a los gatos?

   Todo el mundo ha de buscar unos abuelos y abuelas. Son las únicas personas que nos dicen a cada momento que están contentas de estar con nosotros.

   Alguna abuela vive en el aeropuerto y cuando la necesitamos vamos allá y la buscamos y cuando queremos que vuelva a su casa hay que devolverlas al aeropuerto.

   Los abuelos son aquellos que nos enseñan catecismo, aunque no se lo pidamos. Responden a ¿dónde está el Cielo y Los Ángeles?.

   Los abuelos y abuelas tendrían que vivir siempre. 

                                                     

Francisco Tomás Ortuño

 

  - ¿Digamé?

 - ¿Es la carnicería?

  -No, ha llamado a la zapatería.

   -Disculpa, me equivoqué de número.

   -No se preocupe, tráigalos y sin problemas, nosotros nos encargaremos por el número.

 

     - ¿Qué desea?

   - ¿Tiene magdalenas?

   - Muy buenas?

   - Ah, perdone por no saludar; Muy buenas tardes, ¿tiene magdalenas?

 

   Adivinanza:  -Papá, ¿a que no adivina dónde estoy?

- Discúlpame, hijo, ahora mismo no puedo hablar, llámame luego.

-Eso no va a ser posible, solo tengo derecho a una llamada.

 

  - Me voy un mes de viaje.

  - Qué bien, no te olvides de escribir.

  - Espero que no.

  - ¿No puedes repetir curso para saber escribir bien?

                                          

Francisco Tomás Ortuño

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