Complemento alimenticio.

28 Noviembre 2.025  Santa Teodora  332 – 33

   Murcia, sábado y sin novedad en casa, gracias a Dios. Anoche iluminaron “el Ärbol de Navidad”, situado en la Plaza Redonda, con asistencia de miles de murcianos por ver a Richar Guer, artista de cine americano, invitado por el Alcalde Ballesta, para encenderlo y poner la primera “piedra ” de un estadio para jugar enfermos de cáncer.

    CONTINUACIÓN de mis recuerdos de juventud:

   La Escuela de niños y la Escuela de niñas estaban juntas. Solo un tabique las separaba. Así que,  sin querer o queriendo, el Maestro y la Maestra se veían siempre: bien durante el recreo, bien a la entrada y salida de las clases.

   Aurora, la Maestra, era de Teruel, joven como yo.  Yo trabajaba con los niños y por las noches con adultos. Recuerdo que a falta de luz, encendíamos carburadores, con su olor característico, que me parece oler todavía.  

   Entre las cosas que recuerdo con más curiosidad es lo que me sucedió con el padre de un niño llamado Evelio.

   Yo hice amistad con el Cabo de la Guardia Civil. Por nuestra común afición al juego de ajedrez, nos veíamos a menudo en la Casa Cuartel a jugar una partida. El Cabo era una autoridad en el pueblo.

   Me chocaba que los guardias pidieran permiso para entrar donde estábamos jugando nosotros y que se cuadraran delante del Cabo hasta que este los autorizara a bajar la mano de la gorra.

   Cuando en el bar se tuteaban y gastaban bromas, en el Cuartel la disciplina era distinta. Yo no conocía estas formalidades que se gastaban en este Cuerpo y casi me hacían reír como si de un juego se tratara.

   Estas cosas, que a mí me hacían gracia, las contaba a mi amigo Evencio. “¡No te fíes!”, me decía, “los guardias civiles no tienen amigos, llévate cuidado”,  me había advertido repetidas veces. cuando supo que yo entraba en el Cuartel como Perico por su casa.

   A este Cabo le sucedió en el cargo, estando yo allí todavía, un Sargento. Este, con su mayor graduación y la familia que llevaba, cortó de raíz mis visitas al Cuartel. Ni sé por qué trasladaron al primero ni a dónde fue.

   Pero aquella relación que tuve algún tiempo se vio truncada, sin darme nadie explicaciones. Normal en aquellas fechas que ni ellos, quizás, supieran otra cosa que obedecer órdenes superiores.

   El Sargento era mayor, más bajo que el Cabo y más distante. Con él me ocurrió lo que paso a contar a continuación, que tanto hizo reír a mi amigo Evencio. Tenía este Sargento, llamado don Mateo, ¿por qué recuerdo su nombre?

   Tenía don Mateo un hijo, que iba conmigo a la Escuela, como otro niño más de los 30 y tantos que se juntaban. Este niño, como de 7 años, era vivaracho y listo, pero gandul como él solo. Lo que se llama un niño mimado. Su capricho era ley y tenía que salirse con la suya.

   Dios me libre de pensar que yo la tomara con él, ni me pasara por la cabeza. Recuerdo que en la Escuela, quizás por ser la primera o porque entonces yo tenía 20 años, el sentido de la responsabilidad y de la justicia eran norma marcadísima en mi conducta. Mi única aspiración era enseñar a los niños y transmitirles virtudes ejemplares. Ninguna otra cosa me movía.

   Por estas fechas se daba en la Escuela, a media mañana, el llamado “Complemento alimenticio” consistente en un vaso de leche.  Se hacía la leche con polvo americano, que se recibía por sacos.

   Era este vaso de leche una fiesta para los niños, al mismo tiempo que un alimento para su desarrollo. El vaso de leche se completaba en otros sitios con queso, que iba en botes de 5 kg y se dividía en porciones.

      Como Evelio no acababa sus deberes o trabajos, decidí dejarlo sin recreo y, consiguientemente, sin el vaso de leche, hasta que no acabara el trabajo. Como lo mismo se repitió tres días seguidos, recibí en la Escuela a un Guardias con una nota del Sargento:

   “Ruego a usted -decía la nota- me informe de los motivos por los que deja a mi hijo sin “Complemento Alimenticio” para dar cuenta a la superioridad”. Aquella nota escueta me hizo madurar años.

   Yo que solo me fijaba en los niños, vi que la Escuela era un escaparate a donde miraban las familias. No podía andar unilateralmente sin dar cuenta de mis actos. Debía comunicar a los padres lo que hacía.

   ¡Cómo se aprende de la experiencia! Sentí vergüenza de mi ingenuidad. Creo que en aquel momento me hice mayor, me hice adulto, espiritualmente hablando. Comprendí, en una palabra, que la Escuela no era un juego de niños, sino el trabajo social de un hombre responsable que formaba hombres para el futuro.

   Con la vergüenza sentí también el orgullo de ocupar un puesto tan importante. Les dije a los guardias que luego contestaría a su nota.  CONTINUARÁ 

                                                      

Francisco Tomás Ortuño.

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