El señorito.

8 diciembre 2025 La Inmaculada Concepción

   Murcia, lunes y sin novedad, gracias a Dios. Te sigo contando de atrás;

   Don José Rodríguez era, cuando yo fui, el único Maestro que había en Elche. Con las niñas estaba doña Presentación. Don José y doña Presentación eran por antonomasia, durante muchos años, los maestros del pueblo.

   Los niños con él y las niñas con ella. La figura del Maestro era casi sagrada. como la del Cura. ¿Quién ponía en duda los métodos aplicados en sus respectivas escuelas? o ¿Quién osaba contradecir en la iglesia a donde Daniel?

   Tres o cuatro pilares -otro era el Sargento de la Benemérita- inconmovibles, sobre los que giraba el resto de la sociedad. Pueblo atrasado en sus costumbres, tal vez por encontrarse entre sierras y mal comunicado.

   Pronto le hice un soneto que comenzaba así: “Elche. pueblo escondido en una sierra, al abrigo de vientos destructores, que sabe más de amor que de rencores, que vive más con Dios que con la tierra” Y terminaba:  “Mas deja que te diga como amigo, que fuera de esa atmósfera que digo, también juega el demonio por lo bajo”.

   Don José Rodríguez, aparte de Maestro, era señorito. Tenía 48 años cuando le conocí y nos hicimos amigos. Le gustaba la poesía, y algunas tardes, paseando llegábamos a un campo o cortijo que tenía en las afueras.

   No quieras saber las atenciones que recibíamos allí. “¡Que ha llegado el señorito!”, “¿Qué van a merendar?”. Tenía una granja con 2.000 gallinas ponedoras y 200 ovejas que daban leche.

   Don José, pues, era un rico terrateniente que no necesitaba de la Escuela para vivir. Tenía en la finca una piscina y hasta nos bañamos en ella. A mis 20 años, don José me parecía muy mayor, casi un anciano. Por eso, lo del baño me chocaba.

   Y otras cosas, como cuando me hablaba de su novia. Algunas tardes íbamos paseando los amigos por la Bolea, lugar de paseo más común, carretera hacia Hellín, y de pronto venía con nosotros, porque había visto a su cuñado.

   A mí, estas situaciones, a su edad, me parecían ridículas. Que don José, a sus 48 años, se bañara conmigo en la piscina, me chocaba; pero que huyera del hermano de su prometida era algo que se pasaba de la normalidad.

   El final de este romance es que una noche fueron a la iglesia y, de acuerdo con el cura, se casaron. En su viaje de novios, según todas las crónicas, tuvieron un accidente del que salieron ilesos de milagro. Pero la suegra se murió del susto o del disgusto, cuando supo que su hija se había casado sin contar con ella.

   En este pueblo las clases sociales se miraban mucho. Mezclar la sangre azul de la familia de Sagrario con la de don José, por mucho dinero que tuviera, no estaba bien visto.  Había familias en Elche que sacaba el coche para ir a Misa viviendo tan solo a unos metros de la Iglesia. El subir la familia con el portero abriendo y cerrando la portezuela del coche, y el bajar en la puerta de la Iglesia con el mismo protocolo, era un rito que distinguía.

   Una de estas curiosidades era el sacerdote o párroco de la Iglesia Santa Quitería. Se llamaba don Daniel y andaba estirado como un huso. Sí te dirigías a él en la calle, no te miraba ni dejaba de andar, aunque te atendiera.

   Sus respuestas había que recogerlas de camino, si es que las había. Las mujeres, los niños y muchos hombres, le besaban la mano por la calle. Sus sermones dominicales los daba subido en un púlpito.

   En una ocasión, con la iglesia abarrotada de fieles, alguien se levantó de su asiento y salió a la calle. No sé si fue porque se indispuso o porque fuerzas mayores le obligaron. Lo cierto es que el cura desde su atalaya llamó a un Guardia que había cerca y le pidió que le diera después el nombre del que había abandonado el templo en su homilía.

   En mi primera Escuela solo estuve un año. Cuando llegué al pueblo estaban construyendo un Colegio grande que estrené al año siguiente. ¡Qué diferencia de aquella escuela desangelada, con paredes desconchadas y bancos rotos!

   A estas aulas bien iluminadas y mesas a estrenar. De dos Maestros y una Maestra pasamos de golpe a cuatro Maestros y cuatro Maestras. Los niños, en lugar de estar amontonados, se repartían cómodamente por edades y saberes en las nuevas.  

 

   Andrés Jiménez era uno de los Maestros nuevos. Era joven y algo raro. Un día me invitó a pasar la noche en su casa haciendo murales para un Concurso. Vivía con unos familiares también, como yo. A las cuatro de la madrugada, según tenía por costumbre, salimos a dar un paseo por la huerta.

   Total, que no nos acostamos y fuimos, por lo menos yo, a otro día a la escuela con tal sueño que me dormía hablando a los niños. Ya no repetí la experiencia. Continuará.

                                             

Francisco Tomás Ortuño

 

Los cardenales:

El término cardenal deriva del latín cardo, que se traduce como bisagra. Lo cual sugiere el apoyo que son para su máximo dirigente: el Papa.

 

   Su papel fundamental está estrechamente ligado no solo a la elección del Pontífice, sino a la colaboración con él en su función como Pastor de la Iglesia Universal, tal y como explica el Código de Derecho Canónico.

   En la iglesia primitiva, el Papa tenía como colaboradores algunos sacerdotes a cargo del cuidado de las iglesias más antiguas de Roma, Diáconos, que administraban El Palacio de Letrán junto con los siete departamentos de Roma.

   De aquí proceden los orígenes de los Cardenales y de sus tres órdenes: Cardenales obispos, Cardenales sacerdotes, y Cardenales diáconos. Pero el Papá Nicolás II en 1.059 determinó que la elección del sucesor de Pedro se reservara solo a los cardenales obispos romanos.

   En 1.179 el Papa Alejandro III extendió este derecho a todos los cardenales y es en el siglo XII cuando comienzan a ser cardenales incluso prelados que residían fuera de Roma.

                                                 

Francisco Tomás Ortuño

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