Enfrente a la paridera.

1 Diciembre 2.025 San Eloy y San Casiano 335 – 30 Luna: 15´10 a 5´10 del día 2. Luna llena: el 5.

    Murcia, lunes, sin novedad por aquí, a Dios gracias. Sigo con mis recuerdos:

    La casa no tenía retrete. Había que salir a la calle, cruzar la carretera y entrar enfrente a la paridera, con ovejas por doquier. Si era por el día solo con algunos corderos que esperaban a sus madres. Si de noche, apartando el ganado para no ser atropellado.

   No sé si en las demás casas ocurría lo mismo. Creo que pocas diferencias habría. A lo más que no habría que salir de casa para llegar al corral. Por lo demás todo sería lo mismo. Los lavabos eran un grifo y una jofaina en algún lugar común para todos.

   Pero, de verdad, que no conociendo otra cosa, no se pasaba mal con tan elementales servicios, hoy distintos. Decía luego un amigo mío, que tenía un perro siempre atado y lleno de garrapatas, pastor alemán, más digno de mejor vida. Cuando le decían que el perro sufriría con su poca suerte perruna: “Como no conoce otra cosa, no la echa de menos”. Yo podía decir otro tanto: “Ojos que no ven, corazón que no siente”. A mi edad de entonces, la vida se veía distinta que se ve más tarde, con otra perspectiva de color de rosa.

   Se actúa en Don Quijote, se piensa en Don Quijote, y no se ve la realidad como se ve luego. Y es que la realidad se ve como se ve interiormente. Las cosas son del color con que se miran.

   Fue el primer año de estar en Rillo, cuando mandé un artículo al periódico “Lucha” con motivo de las fiestas patronales. ¡Qué ilusión me hizo ver mi nombre en él!  “En un lugar de Teruel, de cuyo nombre querré acordarme siempre, se han celebrado, con pompa inimitable, las fiestas en honor a Santa Bárbara”.

   Era la segunda vez que veía mi nombre impreso en los periódicos con un trabajo mío. La primera con una poesía en una revista de Semana Santa. La segunda esta, en un diario aragonés.

   ¡Qué emoción se experimenta entonces! Se piensa uno que todos van a leerlo y que te van a admirar. Es la edad del quijotismo, la edad de vivir en las nubes, la edad de vivir de otro modo.

                                               

Francisco Tomás Ortuño


   23 julio 1980.- Miércoles, 9:30 h en punto de la mañana. En la tienda, donde acabo de tomar el desayuno. El día promete ser bueno de campeonato: de sol, de playa, de piscina, de camping total.

   Es curioso ver cómo la gente empieza cada día. Para todos es como si fuera el único en la historia del tiempo. Se deja con el sueño, el cansancio del día anterior, y empieza nuevo cada actividad.

   ¿No será que el organismo acumula productos de desecho que nos vuelven agrios pensamientos y que el sueño elimina para dejarnos nuevos otra vez? Yo así lo entiendo. No sé qué puede ser ese residuo, pero, sin duda, cada amanecer es otro.

                                                   

Francisco Tomás Ortuño


   7 julio 1980.- El viernes pasado montamos la tienda de campaña en la puerta de la cochera. Dormimos en ella Lina, Ana, Miguel Ángel y yo. Al día siguiente durmieron Pascual Jesús, Francisco Amós y Juan Pérez Navarro, un amigo.

   La tienda cumple a la perfección. Ayer la desmontamos. Queremos llevarla luego a la playa, a una zona de camping. Ayer, domingo, vinieron por Lina y Ana sus padres. Con ellos vinieron unos amigos de Cartagena, Bartolomé, Antonia, y dos hijos pequeños.

   Subimos al Collado, a la Fuente de la Jarra y a Coímbra. Comimos gazpachos y arroz con conejo. Merendamos luego en la terraza carne a la brasa. Un día feliz en la historia de nuestro clan familiar.

                                                   

Francisco Tomás Ortuño

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