Esplendorosa pujanza.

2 diciembre 2.025   Santa Bibiana

   Murcia, martes y sin novedad, gracias a Dios. De mis recuerdos:

   24 de julio de 1980.- Jueves, víspera de Santiago. Nublado, con tendencia a despejar. Nueve de la mañana. Pronto vendrán Amós, Pepa, Ana y Lina. Pasaremos la mañana entre baños y poco más.

   Ayer escribí unas cartas a Santiago y al padre. ¿Quién sabe si mañana tendremos visita? ¿Y si nos juntáramos todos un rato en este camping? Puede ser, pero lo dudo. Santiago pondrá reparos, aunque en el fondo le gustaría venir.    

     Por la puerta de la tienda pasan niños, jóvenes y personas mayores. Van a los lavabos. Esta procesión de gente me hace pensar que hay grupos de personas por edades, que se entienden a la perfección.

   Agrupamientos distintos unos de otros. Vivimos en órbitas diferentes, en mundos distintos, en otra galaxia. Somos extraños. Voy a enumerar los grupos que observo:

   Niños hasta 7 años: molestos como las moscas, pero divertidos y tolerables.

   De 8 a 15 años: seres raros, antipáticos, enemigos de los mayores.

   De 16 a 25:  autosuficientes. Desprecian al resto de los grupos, perdonavidas por naturaleza.

   De 25 a 35: amables, serviciales, como de vuelta de todo.

   De 36 a 50 años: poderosos en todos los terrenos. Como dueños de la verdad. Paternales.

   A partir de los 50 se tornan temerosos y hasta envidiosos, por perder el estrellato, su fuerza física, por ser relegados al olvido.

   Y los mayores de 60: piezas de museo, en los que nadie repara. Sombras por el camping que deambulan como fantasmas.

                                              

Francisco Tomás Ortuño

 

     25 julio 1980.- Día de Santiago. Nueve de la mañana, con una niebla espesa que no deja ver la entrada del camping. Hemos tenido variedad estos días, meteorológicamente hablando: lluvia, viento, sol, y ahora niebla.

   Ayer oímos misa en Los Alcázares. Luego fuimos a los Narejos. Francisco Amós y Pascual Jesús han encajado bien su primera salida de casa, lo cual nos alegra y enorgullece a los padres. Observamos que nuestros hijos son normales y hombres en ciernes.

   Si nadie los malea, su desarrollo será perfecto. Entran en la edad difícil del cambio, en la pubertad, en ese túnel lleno de peligros en que deberán ser muy valientes para cruzar sin contaminarse.

   Difícil trance para los niños el de su adolescencia: sueños, amoríos, fabulaciones, tristezas, complejos, todo un mundo revuelto que es necesario superar. En este momento, los hijos necesitan más que nunca de los padres. De un amor profundo, de una amistad sin reservas.

   Cuando el padre llega a ser el confidente del hijo, se ha encontrado la solución a los grandes problemas del adolescente.

                                                 

Francisco Tomás Ortuño

      26 julio 1980.- Día irrepetible en la historia de los siglos. Día de sol radiante. Ayer contra pronóstico vinieron José María, Juana, Lina, Leo, José Mari Y Juan Francisco. Luego Pepa, Amos, Lina y Ana. Después Francisco Amós, Pascual Jesús, Paco Vicente Alfaro y su hermano Antonio.  21 a la mesa, jornada feliz.

   Por la noche, ya solos Pascuala y yo, fuimos al bar. La noche de luna llena era espléndida. La gente bebía o hablaba junto a la piscina, alrededor de mesas anárquicamente distribuidas. Noche encantadora.

   Para mí, había una sombra triste en medio de este marco de ensueño. Una nota punzante, hiriente, brutal: no ser como esos jóvenes que reían enfrente, no tener su edad, la edad que tanto tienen por delante.

   La vida es triste porque su final es triste. Creo que lo he dicho en otras ocasiones. Me obsesiona la idea: el final de la vida nos hace vivir con miedo cuando todo nos sonríe, nos hace estar tristes sin darnos cuenta.

   Es como una sombra que llevamos encima, que arrastramos, y nos obliga al tedio y al hastío. Solo en fugaces momentos de olvido sonreímos. Anoche, con la vida joven por doquier, con tanta felicidad, tremenda ironía, resaltaba en mi la triste realidad de mis años.

   Veía que la edad de las personas, la vida en su conjunto es como esos cohetes que pugnan por subir, vigorosos unos segundos para convertirse pronto en un esfuerzo inútil por sobrevivir. En las personas hay solo unos años, 20 o 30, de esplendorosa pujanza. Tras ellos se cae en picado hacia lo irremediable.

                                                      

Francisco Tomás Ortuño


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