Ha dicho Andrés.
9 diciembre 2025 Santa Leocadia Año: 343 – 22; Sol: 8´26 a 17´48
Murcia, martes, sin novedad en casa, gracias a Dios. Sigo contándote cosas pasadas:
ANDRÉS:
Este maestro, don Andrés Jiménez, concitó las iras de los padres y el odio de los compañeros, aunque el apoyo incondicional de sus alumnos. Sus métodos de enseñanza eran discutibles: hacía en la arena del patio un cuadrilátero y pedía a dos niños que lucharan hasta vencer uno de ellos.
Era llevar la lucha grecorromana a la escuela. Era resucitar la fuerza física. Según él, la habilidad y el gozo del triunfo en nuestro tiempo. Luego, enseñaba a tirar con arco, cosa que a los niños les encantaba, y a los padres preocupaba por el peligro que pudiera tener.
Era controvertido este Andrés. No pasaba desapercibido. Para unos, un mito; para otros, un loco. “Ha dicho Andrés”. “Va a lisiar a los alumnos”. “No debemos consentirlo”. Un día salió de clase con los niños, no en fila como era la costumbre, sino por grupos de cinco, de dos, de cuatro, en derredor suyo.
“¿A dónde se los llevará?”, se preguntaba la gente. Hubo quien lo siguió, y luego lo dijo, o lo contaron los mismos niños en sus casas. En un talud o terraplén de varios metros, en unas obras, les hizo tirarse de cabeza. Al principio se resistían, luego solo algunos, al final se tiraban todos.
- “¿Qué pretendes, Andrés, con estos sistemas?”, le pregunté un día.
-“Los niños deben aprender cosas que no se enseñan en la escuela. Y una de ellas es a ser valientes y duros en la vida”, me contestó.
No era como los demás maestros. Era polémico Andrés. Para mí, buen maestro, fuera de lo común. A otros he olvidado, a este lo recordaré siempre.
JOSÉ MARÍA:
José María y yo comíamos casa de Rosario. Comíamos, desayunábamos y cenábamos. Rosario era viuda con tres hijos pequeños y sus padres ya ancianos. Creo que con lo que le dábamos nosotros vivía la familia.
José María, joven también, era alicantino. “Esto es la mínima expresión de una toronja”, me decía a veces, riendo, enseñándome la naranja que le habían puesto de postre. Pero la pobre Rosario no podría hacer milagros. Pobrecilla.
Pepe, Antonio y Mercedes eran sus tres hijos, de 6 a 10 años, a los que tenía que sacar adelante. Milagros y Amando eran sus padres, él en un sillón, sin poder andar. Un día supimos que su verdadero nombre era Marcelino.
¡Qué crueles somos a veces! Cuando nos reuníamos los amigos en la casa y contábamos algo, cantaban fuerte: “Marcelino, pan y vino” con la entonación de la película que estaba de moda. ¡Cómo sufriría Rosario con estas canciones tan punzantes y directas! O ¿quién sabe si le ayudaban a sobrellevar su soledad y penuria?
CARRETILLA:
Un 13 de enero, festividad de Santa Lucía, noche de hogueras en el pueblo, cuando estábamos cenando mi compañero y yo, abrieron la puerta con sigilo, y echaron dentro una carretilla encendida. Cuando quisimos salir no pudimos, porque por fuera sujetaban el picaporte.
La carretilla, con sus paradas, iba loca de un lado para otro, y nosotros nos subimos esquivándola encima de la mesa. ¡Que trajín! Cuando estalló, el ruido se escuchó en toda la vecindad. Rosario cuando pudo entró descompuesta. “¡Esto no se hace!”, decía.
Amando gritaba: “¡Qué pasa, Rosario!”. Andrés, que fue quien lanzó la carretilla, se había marchado ocultándose en las sombras. Cuando pasó el susto y todo volvió a la normalidad, José María y yo pensamos que volvería a celebrar su gracia con nosotros.
Y, sin pensarlo dos veces, llenamos un cubo con agua y subimos al balcón que daba a la calle. Allí esperamos unos minutos hasta que, efectivamente, volvió Andrés, se asomó con cautela a ver en qué había quedado su fechoría.
Cuando nosotros dijimos ¡ahora! y le arrojamos el cubo encima, como los gatos, salió bufando y no volvimos a verle.
DOÑA BRÍGIDA:
Una de las maestras nuevas era doña Brígida. Algo sargento en sus maneras y ademanes, pero buena maestra según todas las opiniones. Con doña Presentación, antes sola en el más amplio sentido del vocablo, chocaba de vez en cuando.
Las dos mayores, las dos de temperamento fuerte, es lógico que no estuvieran siempre de acuerdo. Doña Brígida empezó a salir con don Juan José, médico, y al principio llamaban la atención y hasta daban que hablar.
Ya se sabe, en los pueblos pequeños todo se comenta, pero una vez que se repite lo mismo hasta la saciedad, termina por olvidarse. Esto ocurría con doña Brígida, la nueva maestra.
DON JUAN JOSÉ:
Don Juan José era un hombre mayor, de estos hombres que por su rareza llaman la atención, hasta que al fin se dice: cosas de don Juan José. Yo recuerdo verlo en la iglesia acercarse a comulgar con las manos llenas de papeles.
En tiempos de calor llevaba un abrigo gris. Siempre lo conocí con el abrigo gris, fuera enero, marzo o junio. Como era más bien bajito, parecía un tonel. Los bolsillos los llevaba atestados de objetos. Era algo así como una casa ambulante.
Pero ya los paisanos, acostumbrados, ni lo miraban. Que iba a comulgar con un montón de cartas en sus manos, ni caso. Que paseaba con su galán gris en agosto, ni caso. No sé cómo conocería a doña Brígida, pero todas las tardes paseaban por la calle Mayor.
Al principio, la gente se asomaba a las puertas o descorría los visillos de las ventanas para verlos pasar, pero luego, ni eso. Si ella se paraba en un escaparate, él seguía sin reparar en que no iba solo. Luego, si no la veía a su lado, seguía hasta su casa.
Al día siguiente, la escena se repetía. No llegaron a casarse. A doña Brígida un día le dio una mala enfermedad que acabó con ella. Don Juan José siguió como antes, yendo por la mañana al ambulatorio y visitando enfermos.
No puedo saber hasta qué punto le afectaría la muerte de su compañera de paseos vespertinos. A lo mejor, ni se enteró. Continúa.
Francisco Tomás Ortuño
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