Somarrana.

15 diciembre 2.025  San Valeriano;  349 días pasados y 16 sin pasar;  lluvias en la región; Sol: de 8´31 a 17´49; Luna: de 4´16 a 14´41; Luna Nueva: el 20 en Sagitario.

   Murcia, lunes, sin novedad aparente -un día más o menos que ayer, según por donde mires el año, Pascual-Toñi en Valladolid con su hijo Pablo, Ángel sigue por Alemania, y otras cosas sin importancia-.

      CONTINUACIÓN:

     Y con la Escuela tantos y tantos recuerdos allí vividos día a día durante cuatro años. Pero, insisto, ¿fui yo quien dirigió mis pasos?, ¿puedo creer que por mi me trasladé a Jumilla? Creo más bien que fue también por decreto mi cambio de destino, que algo o alguien lo dispuso, y yo tuve que obedecer y cumplir esa orden.

   Pudo haber sido un año antes y no lo fue; pude no presentarme entonces, pero lo hice; pude elegir otras localidades, pero pedí mi pueblo; toda una serie de circunstancias permitieron que yo, en su momento justo, me viera otra vez en mi casa, con mis padres y en la Escuela donde había aprendido a leer.

   ¿El destino?, ¿Dios? -ni un solo cabello se mueve sin mi consentimiento-. Yo no puedo ser tan orgulloso, yo no decidí mi traslado a casa con los míos después de haber pasado 4 años en Elche. ¡Qué presuntuoso sería si creyera que fui yo el que había decidido mi cambio!

   Alguien me dirigía. Lo veo claro. Lo he notado cerca, algunas veces tan cerca que he sentido en mis carnes su presencia. ¿Acaso tú no lo has notado? ¡Qué fatuos seríamos si creyéramos que las cosas ocurren por nosotros!

   No soy yo el causante de mi destino, ni de mis decisiones. “Tu papel ahora es dejar este lugar y ocupar aquel”. Lo he sentido conmigo en todos los momentos decisivos de mi vida.

   DOÑA MARIANA:

    En Elche de la Sierra conocí a Mariana. Era joven y guapa, recién ingresada en el Magisterio. No la recuerdo especialmente por estas cualidades, sino porque estaba con los parvulitos en el Colegio que estrenamos durante mi estancia en este pueblo manchego.

   Desde mi Clase, yo la veía a través de sus ventanas de cristal, como veía a los niños correteando y, en suma, como veía toda la Clase. Mariana solía estar sentada, de espaldas a los niños, de cara al enorme ventanal. Hacía prendas de vestir con lana y unas agujas largas, que manejaba con endiablada rapidez.

   Esto me hacía mirar, quizás más de lo debido, llevado por la curiosidad malsana de querer saber qué hacían los niños mientras tanto. Ellos corrían, se tiraban al suelo, o parloteaban entre sí.

   Cuando tuve ocasión se lo pregunté: “Mariana, ¿qué método utilizas en el aula con los parvulitos?” Debe ser especial tu clase, distinta de las otras, ¿cómo los enseñas a decir cosas, a dibujar, a comportarse con los demás…?

        Me dijo que la mayor parte del tiempo los dejaba libres de hacer lo que quisieran.

    -¿Y cómo se portan ellos?, quise saber.

    Entonces me confesó que todo cuanto pudieran romper, objetos de la mesa, etc., lo ponía fuera de su alcance, encima de los armarios. Que quitaba las llaves de las puertas, y se desentendía de los mismos. “El niño quiere libertad”, me dijo. “Y en esa libertad total los niños son creativos y juegan unos con otros, sin saberse observados”.

   Me dijo que a su hora los reunía para hablar con ellos, un tiempo reducido, con nociones breves para no cansarlos. El método que utilizaba Mariana me hizo pensar mucho unos días. Luego nos hicimos muy buenos amigos.

   Yo no dije a los otros compañeros que observaba desde mi ventana el aula de los niños más pequeños, pero confieso que fue durante algún tiempo mi ocupación favorita. Curiosidad que debí confesarme y no lo hice.

 

   En el pueblo había un Colegio privado de monjas, el de “María Auxiliadora”. Las niñas allí llevaban uniforme. El uniforme era como el distintivo de una clase social superior.  “Mi hija va a las monjas”, decían las madres en su conversación, como queriendo significar que eran de la clase alta de la sociedad.

   Los que no podían pagar, iban a la escuela pública. En el Colegio de pago las Profesoras eran Sor Inés, Sor Lucía, Sor Juana… todos los nombres eran cortos y agradables al oído. Mi hija va con Sor Ana, la mía con sor María.

   Estaba este Colegio de “María Auxiliadora” cerca del nuestro, pero a la salida no se juntaban. Las de uniforme iban por un lado y los demás por otro. Esta sociedad estaba establecida casi por ley en todas las provincias españolas y en todos los pueblos.

   Yo lo conocí y lo viví en mis propias carnes unos años antes en Jumilla, cuando estudiaba el bachillerato en el colegio San Francisco. Situación que se iría diluyendo como un azucarillo unos años después.

   Mariana me decía riendo que sus alumnos la llamaban unos “Somarrana” y otros “Doñaná”, Y es que como oían a los otros decir sor a la maestra, por mimetismo fónico, ella era sor y el nombre suyo era difícil de pronunciar para los infantitos de su clase.

   Y en cuanto al segundo, era más comprensible: acortaban el nombre con una acrobática y descomunal aféresis.

-                                                   Francisco Tomás Ortuño

         SODIO:

        Se trata de un mineral con importantes funciones para nuestro organismo. Es esencial por ejemplo para que nuestro músculos y nervios funcionen correctamente. La manera más habitual de consumir sodio es en forma de cloruro de sodio, es decir sal de mesa.

       Pero también está presente en otros muchos alimentos de forma natural, como en el marisco: el lenguado, las sardinas, las anchoas y la merluza.

      La Organización Mundial de la Salud -O M S- recomienda para una persona adulta, no sobrepasar los 10 gramos diarios de sodio, es decir unos 5 gramos de sal de mesa.

                                                  Francisco Tomás Ortuño 

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