Yo ansiaba otra cosa.
13 diciembre 2025 Santa Lucía Del año: 347 días pasados y 18 sin pasar
Murcia, el año se nos va, sábado, sin novedad, gracias a Dios. Os cuento hechos ciertos del pasado:
MI TÍO JESÚS:
A mi tío Jesús yo lo admiraba. Era alto, delgado, y usaba lentes gruesas. Su pelo era escaso y blanco. Si quieres, se parecía a Don Quijote. Al principio de llegar yo, paseábamos a menudo por la huerta o por la calle Mayor.
¡Cómo recuerdo el timbre de su voz, su andar pausado! ¡De vez en cuando se detenía para explicar algo, y aprovechaba para saludar a los amigos que pasaban! Creo que se sentía orgulloso de salir conmigo.
Conocía a los vecinos de su pueblo como a su propia familia: que si la familia Aguado, que si la Roldán… Era interesante mi tío: como sastre, conocía el oficio como pocos; lo que tocaba lo hacía bien. Fue músico: dirigió la banda de música de Elche durante años; como albañil, las escaleras de las mejores casas las había hecho él.
Lo que más me sorprendía de mi tío era sus dotes de escritor. Me lo dijo como en secreto, pero estaba escribiendo la historia de su pueblo. “No se podrá publicar hasta que yo haya muerto”, dijo. “Digo cosas de familias, que todavía viven, que no las verían bien”.
Lo cierto es que mi tío tenía muchas hojas escritas a mano, que yo le pasaba a máquina. Estas hojas las guardaba como un tesoro. Creo que estén por alguna parte, o que alguno de sus nietos las haya guardado, siquiera como recuerdo.
¡Cuántas cosas me vienen a la cabeza de mi tío Jesús! Era idealista cien por cien, quería las cosas bien hechas, y la justicia por encima de todo. Un día me dijo: “Si a mí me hicieran alcalde, o me levantaban una estatua o me echaban a los 4 días de ser elegido”.
Era, como digo, otro Don Quijote. “Buenas tardes”, saludó una tarde, yendo conmigo, al hijo de un amigo, joven de 20 años, y cuando él esperaba que respondiera con “Vaya usted con Dios, maestro”, o algo parecido, escuchó “¡Hola!”.
Esto lo puso de mal humor para el resto de nuestro paseo. ¡Cómo sufría él estos comienzos de la época nueva, de otro signo, en que el respeto a los mayores había dejado el pedestal en que estuvo muchos años!
Para él, nuestro tiempo actual sería sencillamente insufrible. Que un joven le dijera “¡Hola!” era una falta de consideración, como un insulto, que hería en lo más vivo su dignidad. ¡Cómo prefería el saludo cortés y atento de otros que hasta se descubrían diciendo “¡Buenas tardes, maestro”! Así era mi tío.
Tenía una tejera, que había dejado a su hijo Antonio. En la casa tenía un diccionario enciclopédico. ¡Quién pudiera saber todas las palabras del diccionario!, decía. Tenía espíritu del Renacimiento mi tío. Nada quería ignorar. Y esa aspiración le hizo tocar muchos campos y entender un poco de todo.
Me contaba que un día iba con un ingeniero y su ayudante por el campo, enviado por el Ayuntamiento, para ver un terreno donde construir unas naves. Escuchó perplejo que el ingeniero decía al otro: “De aquí al mojón habrá 300 metros”.
El otro se quedó mirando y exclamó: “No, hombre, no, yo digo que 250”. Y en esa lucha bizantina, se enfrascaron ingeniero y ayudante, cuando repararon en mí, que los acompañaba:
¿Y usted qué dice, usted qué cree? le preguntó el ingeniero como un cumplido. ¿Cuántos metros le echa a esta distancia? Parados, medían con la vista la distancia que les separaba del mojón de marras, cuando mi tío, sonriendo, aventuró:
“Para mí que hay más de 500 metros. Digamos unos 520. Se echaron a reír los dos técnicos con la apreciación de mi tío, y midieron con una cinta que llevaban. Cuando pasaron de los 300, se les puso cara de circunstancias.
Cuando se aproximaban a los 500, cara de conejo. Cuando vieron que la medida daba exactamente 525 metros, miraron con admiración a mi tío. ¡Cómo gozaba contando estas cosas! Como cuando estaba en una peluquería y alguien comentaba hechos recientes y mi tío contó un suceso ocurrido en tiempos del emperador Carlos V.
-Eso lo habrá leído usted, maestro, dijo el anterior, como queriendo quitarle mérito o hasta desprestigiarlo.
-Pues no, que estaba yo allí para verlo, dijo mi tío riendo.
Y es que estas personas de cultura vasta y de origen humilde, concitan la envidia de muchos que, por sus riquezas materiales, se creen también los dueños de la ciencia y del saber.
En otra ocasión, estando reunidos en el casino varios amigos, alguien dijo “carrera pedrestre” y él preguntó asombrado: “¿Carrera qué? -Carrera pedrestre, repitió´. Como volvió a insistir él, ya algo mosca repitió más fuerte: pedrestre, pedrestre, pedrestre, ¿lo has oído? La risa fue fenomenal. Cada vez que lo contaba volvía a reír con las mismas ganas.
Al final salía poco de casa. Y, por fin, lo pasó en su habitación. Pronto murió. Pero el recuerdo de mi tío, -hermano de mi abuela Tremedal, hijo de don José (Teniente de la Guardia Civil)-, perdurará en mí mientras viva.
¡Cómo debió de sufrir con su hijo Pepe, que siendo mozo se alistó para ir a Rusia voluntario con la División Azul o Ejército que envió Franco a la Segunda Guerra Mundial! Estuvieron unos mandos de paisano en el teatro y animaron a los jóvenes a apuntarse para ir a la guerra.
Mi tío lloraba recordándolo. Se apuntaron unos 20 mozos ilusionados para partir con armas a tierras del este. Con otros que recogían de otros pueblos, montó su hijo el día señalado para partir él solo de Elche, que los demás se volvieron atrás y no se fueron.
Él solo partió a una guerra sin saber quién era el enemigo ni por qué se peleaba. La llamada División Azul, que fue solo el compromiso del Gobierno español para no entrar en la contienda. Lo pasó pero que muy mal.
Tan mal que por los campos helados de Siberia solo comían raíces que encontraban medio secas y bebían sus propios orines por no tener nada que beber. Pepe volvió envejecido y cambiado. Se mostraba taciturno y sombrío con los suyos. Quizás que lo único positivo que consiguió con su marcha fue que lo hicieran Policía local en su pueblo.
Siendo guardia, se escapó de la cárcel un preso y anduvo el pueblo revuelto y asustado. Por las noches, se cerraban las puertas temprano y se miraba por las ventanas, a ver pasar, como fantasmas, los coches policiales, a los mismos policías de un lado para otro en busca del fugitivo.
Mi tío, que ya no se levantaba de la cama, llamaba a cuantos pasaban cerca de su habitación, para que le contaran las últimas noticias. Estaba yo con él en un momento en que entró de deprisa Pepe con ropa y correaje de Guardia, buscando quizás algo que hubiera olvidado.
Mi tío, con los ojos bien abiertos, le preguntó: “Cuéntame, Pepe, ¿lo han cogido ya? Y Pepe, por toda explicación, se le quedó mirando unos segundos o décimas para decirle: “Padre, ¿no ve que son secretos profesionales?”. Y salió otra vez de la habitación nervioso y raudo cual entrara, dejándonos sumidos en profundas dudas y reflexiones.
Quedamos callados, silenciosos, un momento, hasta que mi tío Jesús comentó, como hablando consigo mismo: “¿A quién creerá que voy yo a contarlo?”. Pepe desde que volvió de Rusia estaba raro.
Pocos recuerdos más me traje de este pueblo albaceteño. Cuatro años que pasaron volando, como todos, dejando un polvillo tenue en nosotros como una pátina que envejece, sin sentir.
Aparte la escuela y los niños poco me interesaba. Era mi vida otra espera. Mi vida ha sido siempre una espera de algo. He vivido poco el presente. He soñado con el porvenir sin reparar apenas en los atractivos de lo presente.
Rillo, lugar de paso. Elche de la Sierra, lugar de paso también. ¿No te quedas a las fiestas?, me preguntaban. Yo no conocí las fiestas de Elche. Sus gentes, jóvenes y mayores, disfrutaban con sus encierros y sus bailes. Yo pasaba de todo.
Luego me lo contaban y yo escuchaba, si es que escuchaba. Pero estaba en otra parte. ¿Dónde? No lo sé. Pensarían que añoraba mi tierra, mis amigos. Pero yo seguía con mis libros. Pensarían también que recordaba ilusiones.
Pero no sabían que la verdadera razón era otra: que soñaba con algo que estaba en otra parte. Y, sin embargo, yo vivía con normalidad. Iba al colegio, daba clases particulares, paseaba con los compañeros, hablaba con la familia…
Recuerdo que por entonces mandaban queso a la escuela en botes cilíndricos para dar a los niños de complemento alimenticio con la leche en polvo. ¿Cómo puedo olvidar aquellos ratos con los compañeros?
¿Cómo olvidar a Andrés González Chillerón, de Barrax, que pretendía a Rosita? ¿Cómo olvidar a Purita Navarro, la encantadora Purita, de Abarán, a la que escribir una poesía: “Tan pura como la Virgen misma, -y como el mismo cielo. -Oh, tremenda locura, -que en todo tu pureza se adivina”.
¿Cómo olvidar aquellos ratos con las compañeras en el colegio y hasta muchas noches en su casa? Charo, Lola, la tobarreña ,que luego casó con Andrés, otro compañero? ¿Maruja, la delicada Maruja, que nos ponía la escoba al revés para que nos fuéramos cuando era tarde?
Es natural que en 4 años hubo ratos para todo. Pero en el fondo, lo confieso, yo esperaba otra cosa, yo ansiaba algo que no llegaba, y vivía más en el porvenir que en el presente. Y mira que Emilita me hizo vivir con ilusión los últimos tiempos de mi estancia allí.
Era yo un volcán que necesitaba compañía, y en Emilita encontré esa amistad que necesitaba. “Antes de que yo te viera- muchísimos años antes, -incluso yo pienso que antes -Emi, de que yo naciera. -más que digo antes que fuera -idea divina crear -la tierra el cielo y el mar -igual que te quiero hoy día -te quería, te quería, - así mi amor es sin par “. Le llegué a escribir este acróstico.
Yo contaba entonces 25 años y era natural. Cada edad tiene sus exigencias y la mía era la de soñar con el amor y arder en el suplicio de querer. Yo ya he dicho en alguna parte que la vida cambia sustancialmente de intereses cada 15 años.
La persona hasta los 15 no es la misma que de los 15 a los 30, como a partir de los 30 se cambia de nuevo. Justo en estos años de los 15 a los 30 el amor es dominante. Antes apenas existe o está dormido y luego se apaga o pierde intensidad. Pero en esos lustros el amor es un volcán.
Como olvidar tantos y tantos momentos felices pasados en estos años de maestro en Elche de la Sierra, y con todo, yo ansiaba otra cosa. Mi vida estaba en otra parte, en el futuro, en los exámenes tal vez de Universidad.
Francisco Tomás Ortuño .
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